¿Seguridad o libertad? Algunas palabras sobre la censura de estos tiempos

Por: Javier León. Antropólogo, editor, escritor.

“No debemos afligirnos, sino hallar fuerza en aquello que perdura”. William Wordsworth

Aún no sabemos si estamos ante el final de los tiempos, ante el advenimiento de una nueva era o ante el final de un ciclo económico de dimensiones aún desconocidas. ¿Quizás estamos asistiendo en directo al final de la sociedad opulenta, en palabras de Galbraith? Los hechos narrados en la última década podrían entenderse o interpretarse como poco halagüeños. Crisis climática, materialismo agotado, posmaterialismo sin antecedentes o visionarios capaces de exponer una guía clara, un mundo agotado, paralizado ante la inminente crisis energética a la vuelta de la esquina y la revolución robótica llegando a pasos agigantados de la mano de la inteligencia artificial. Ni siquiera Inglehart podría pronosticar el desenlace de este cambio de paradigma, de este cambio cultural inevitable que parece estar acaeciendo de forma extraña, como no podría ser de otra manera. El individualismo, tan alejado de los dioses y centrado en el yo más prosaico, está asistiendo a sus últimas y profanas consecuencias. 

Sin duda, estamos viviendo un tiempo extraordinario, un momento histórico único que está sometiéndose a una prueba de resistencia de incalculables resultados gracias a la crisis de la pandemia del coronavirus. Nuestra generación está experimentando, quizás de forma más suave a otras experiencias pasadas, lo más parecido a lo que generaciones anteriores experimentaron en situaciones críticas de máxima gravedad. Lo que nunca había ocurrido hasta ahora, y quizás esta sea la novedad, es que, por primera vez en la historia de la humanidad, toda ella se ha encerrado en sus casas, se ha aprisionado de forma voluntaria y ha aceptado dócilmente las premisas del enclaustramiento prácticamente sin protesta alguna. Hemos creado la cárcel perfecta, el panóptico ideal gracias a la pandemia del miedo. Jeremy Bentham no lo hubiera podido imaginar de mejor forma. Un tanto por ciento bastante elevado de los habitantes del planeta ha decidido parar, encerrarse y no salir a la calle, al mundo. Una prisión perfecta construida sobre la base de una posible infección mundial, sobre el miedo y sobre la autocensura. 

Como ocurre en todos los procesos de nuestra vida, siempre hay voces críticas, díscolas, que ven las cosas de forma diferente. Durante estas décadas de libertad y apertura, siempre habíamos visto una cierta consideración por los que no pensaban o razonaban como la mayoría. En la era de internet, resultaba complejo quemar en la hoguera pública aquellas voces herejes que no razonaran como la hegemonía imperante. Los díscolos siempre formaban parte de esa hegemonía, y se les permitía hasta cierto punto, un espacio de protesta permanente. El mar menor de su ruidonunca perturbaba lo hegemónico. Ni Antonio Gramsci en sus mejores momentos de lucidez pudo imaginar algo igual. La herejía absorbida por la propia hegemonía. 

Sin embargo, algo ha cambiado con la crisis que estamos padeciendo. La hegemonía ha decidido acallar, aprovechando las mesuras extraordinarias adoptadas, a todo aquel que rompiera una lanza a favor de otras formas de ver y entender la crisis. En estos días, una amiga doctora me invitaba a ver un video sobre una entrevista que le habían hecho en un conocido canal de YouTube. Cuando pinché en el video, este había sido censurado. La doctora en cuestión tiene su propia opinión sobre el coronavirus, y era diferente en sus argumentos con respecto al confinamiento. Pero su opinión, y de paso también todo el canal, habían desaparecido de repente. Creo que hasta donde recordamos, nunca habíamos visto una censura de tal calibre. Periodistas acallados, científicos perseguidos, ideólogos tomados por insulsos. 

La población en general ha soportado el confinamiento con mayor o menor dignidad. Nunca habíamos vivido una situación parecida, y hemos obedecido, por prudencia más que por deseo, todas las indicaciones recibidas desde los estamentos de poder. Hemos sido, en general, una sociedad ejemplar en cuanto al sentimiento de responsabilidad de acatar las exigencias del “Estado de Alarma”. Pero en todo este proceso, y casi sin darnos cuenta, algo estamos perdiendo además de la libertad de movimiento: la libertad de expresión, la libertad de opinar libremente.

¿Cómo es posible que en los tiempos que corren están clausurando canales, videos o comentarios por el simple hecho de opinar diferente? ¿Desde cuándo en la era digital se ha llegado a tal censura? La verdad es que algo inaudito está ocurriendo y no del todo agradable, más allá de la desgracia de familias rotas por la tragedia y separadas por la catástrofe, de las empresas quebradas y de un agujero económico de tamaña cuantía que costará décadas olvidar. Algo que, además de confinar nuestra dignidad material, está confinando nuestra dignidad de opinar libremente. ¿Hasta dónde llegará este tipo de censura y asalto indiscriminado a la libertad, no solo a la libertad de movimiento, sino a la libertad de expresión?

Seré breve en la reflexión, no por miedo a la censura ni a la autocensura, sino porque hay algo que se nos está empezando a escapar de las manos. Hay algo que aún no logramos entender y algo que nadie nos explica, a no ser, como decía al principio, que estemos siendo testigos de un final apocalíptico de los tiempos tal y como hasta ahora lo conocíamos. Ahora que opinar diferente se llama teatro o bulo y  la disidencia se llama simplemente desinformación, estamos asistiendo a la normalización de la muerte en vivo de la discordia, la discrepancia y la oposición. Pronto, de seguir así, el pensamiento único de un Gran Hermano virtual se apoderada de nuestras vidas, y solo podremos elegir aquello que ese Gran Hermano crea conveniente para nuestra existencia. Algo mayor a nosotros elegirá por nosotros ya que estamos delegando nuestro juicio crítico a la era de la homogeneización informativa. ¿Acaso el opinar diferente también se ha convertido en un virus? ¿Quién discierne lo que es aceptado como verdad y no como bulo? ¿Cuál es la delgada línea roja que separa una de otra? Si la verdad perdura, ¿por qué temer a los bulos? Si el mundo cambia y se transforma gracias a la divergencia, ¿qué nos espera como cultura a partir de ahora?

2 comentarios sobre “¿Seguridad o libertad? Algunas palabras sobre la censura de estos tiempos

  1. Invito a los lectores a tomar nota de esta y tantas otras censuras y compartir lo que está pasando, hagámoslo público en la medida de nuestras fuerzas. Solo poniéndo en evidencia a los inquisidores podremos mitigar sus fechorías.

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