Séptima semana en los diarios de Ayanta

4 de Mayo

Gran día. Hoy he ido a la peluquería. 

Con burka eso sí, pero he ido.

C., la simpática peluquera de mi barrio, acaba de abrir después de dos meses de vacaciones obligatorias y anda indignada con las medidas impuestas por sanidad.

Me las enumera removiendo un mejunje con olor a amoniaco en una bacinilla. Sus gestos traslucen un cierto nerviosismo, rayano en la histeria.  

No le permiten ofrecer batas a los clientes. Ni secarles el pelo con toalla. Tampoco puede maquillarse, y mucho menos llevar abalorios.

-No se vaya a quedar el puto virus, con perdón, columpiándose en los aretes de mis orejas. ¿Entiendes?-

Y para colmo, su cuidada melena, motivo de orgullo profesional, debe esconderla bajo un triste gorro de ducha.

La pobre C. anda hecha un cristo. 

-Cosa que no puede ser buena para las clientas- observa con razón. 

Me ofrece gel hidroalcohólico, le digo que no, gracias. Me anima a meter mi bolso en una bolsa de basura que ata cuidadosamente para evitar que salten los bacilos a la manera de los piojos, el bicho más temido de este negocio. Pertrechada de un fumigador desinfecta la butaca en la que debo sentarme. Me acomodo con las manos en alto, sin tocar nada, pero los vapores antisépticos me producen un ataque de asma. Corro hacia el exterior. Toso. Estornudo. Vuelvo a toser agazapada en una esquina de la calle mientras los paseantes me fulminan con la mirada. 

-¡Perdón! ¡Perdón!Tranquilos que no es el corona, es sólo el ébola- me entran ganas de gritarles.

Vuelvo a entrar. 

C. me tiñe, me lava. Me seca con un rollo de papel. Armándose de paciencia elimina uno a uno los confetis blancos que se me han quedado pegados en el pelo mojado. Descubro que ha manchado mi camiseta favorita con la tintura indeleble que pringaba mi cabeza. Intenta limpiármela con un algodón impregnado de disolvente y la salpicadura se convierte en churrete y finalmente en lamparón. Se desespera. Para quitarle hierro al asunto le comento que, la próxima vez, me traeré un quimono de casa. Le pido una revista, me informa de que también las han abolido.

-¿Por contagiosas?

-No. Por cotillas.

Pasamos a la cabina. Me tumba. Su teléfono no cesa de sonar mientras tira con rabia del vello de mis ingles, tan largo como los de un marinero neozelandés después de atravesar los mares del sur. Ahogo mis gritos de dolor para no interrumpir las dramáticas conversaciones ajenas.

Una señora se ha cortado la coleta con las tijeras de la cocina. Otra se ha hecho mechas por su cuenta y ha quedado como una cebra. Otro se ha pasado la maquinilla de afeitar en el cráneo y lleva tres noches sin dormir debido al escozor. 

-Ponte after shave y vente dentro de tres semanas, antes no tengo hueco- le contesta arrancando sin mirar una banda depilatoria de mi pantorrilla. 

Observo a C., la simpática peluquera de mi barrio, con cierta inquietud. Los guantes se le han quedado pegados a la cera, la mascarilla se le ha subido hasta los ojos y el gorro lo lleva entre los dientes. 

-Lista, cariño- concluye.

Ha olvidado depilar mi pierna izquierda. No se lo hago notar, no quiero darle otro disgusto. Me dispongo a pagar con mi pata peluda, mi mancha en la camiseta y mi bolso metido en una bolsa de basura.

Pero cuando voy a teclear el pin, lo he olvidado.

Demasiado tiempo sin usarlo.

-Te pago en metálico ¿vale?

-No, querida, a partir de hoy el dinero lo han prohibido.

5 de Mayo

Mi padre tiene una casa en un pueblo. 

Una casa que es fortín, ciudadela y universo.

Su universo. 

Un dédalo de habitaciones con tatamis y futones, un baño turco y otro japonés, un futbolín en el recibidor, una tigre de yeso en la buhardilla, un arpa birmana frente a la chimenea, un ataúd abierto en su despacho, un jardín con gigantescas cabezas de budas entre los juncos. Una pagoda para la ceremonia del té. 

Y una bandera pirata en la terraza. 

Sostienen sus cimientos ciento veinte mil libros.

Es una casa de muros de piedra sin paredes a la vista. 

Sólo libros y más libros. 

Entre los numerosos proyectos descabellados que pueblan la mente de mi padre, igual de excéntricos que su hogar, hay uno que veo cada vez más necesario. 

Pertenece a sus últimas voluntades. 

Quiere que al morir le enterremos bajo una gran pirámide, construida con los miles de volúmenes que ha acumulado a lo largo de su existencia.

Sostiene que con la lluvia, el viento y el sol fraguarán en una masa indistinguible de textos que le elevarán al olimpo de los escritores.

En los últimos años, durante las interminables sobremesas de verano, matábamos las moscas y el tiempo haciendo planos del faraónico proyecto. 

Porque para él, todo está en los libros. La vida y la muerte.

Sin embargo para el ministro de cultura, compinchado con el de sanidad, nada está en los libros. Ni la vida ni la muerte.

El dislate de la semana es que han abierto las librerías, con un retraso de casi un mes en relación a los países vecinos, pero han prohibido que los toquemos. Consideran peligroso la inocua actividad de pasear entre las estanterías, leer las contracubiertas, ojear las primeras páginas, oler las ilustraciones.

Ver sin tocar. 

Toda una metáfora de nuestros días. 

Ante la ofensa perpetua de quienes nos gobiernan tengo ganas de enterrarme viva con mi padre, bajo la sombra protectora de la pirámide, en un sepulcro que es un templo. 

Y leer lo que otros nos contaron. 

Acariciar las palabras. Letra a letra. Las redondas, las chatas y las picudas. Con todos sus puntos y sus comas. Mordisquearlas, chuparlas, lamerlas, absorberlas, beberlas. Comérmelas todas. 

Y morir, al fin, enferma de amor. 

6 de Mayo

Me ha llamado mi amiga M. para contarme una historia que sabía me iba a entusiasmar. Resulta que unos conocidos suyos, tres italianos con unas situaciones familiares difíciles, se han subido a un coche, han atravesado España y Francia, y han llegado a Milán. 

Así, sin más. 

Nadie les ha parado en su huida. 

Ni la policía, ni las cámaras, ni los drones. 

Increíble. 

Les imagino abrazados el uno a su vieja madre y los otros dos a sus hijos, y me entran ganas de llorar. Bien por ellos. Me alegro de que hayan conseguido burlar el control sentimental al que estamos sometidos. 

Apoyo la desobediencia por causas justificadas. Y los motivos del corazón, lo son. Siempre lo han sido. 

Animada por el éxito ajeno le digo por teléfono a mi hija Caterina que, si la cosa con la tía B. se pone fea, yo me voy a Roma. Como sea. 

-Nos vamos a Roma- subraya convencida.

Lo malo es que ninguna de las dos sabemos conducir. 

Lo bueno es que caigo en la cuenta de que soy más libre de lo que pensaba. He cometido el error de creer lo que me han querido enseñar en la tele el periodista trajeado de gris marengo y sus cómplices. Y no digo que esa realidad no exista, digo que también hay otras que ni siquiera veo, porque las pocas veces que he sacado el hocico de mi madriguera, me he quedado cegada por la luz de un sol que ya no toca mi piel.

Salgo decidida a hacer algo ilícito. Lo que sea. Me asomo a la cancela de P., vecina y amiga. Mira a un lado y al otro. Me deja pasar. Arrastramos dos sillas a un lugar del patio fuera de la vista vecinal. No vayan a denunciarnos desde sus balcones. Nos sentamos a dos metros de distancia. Cuchicheamos muertas de risa. Aparece su hijo adolescente. Me planta dos besos, uno por cada mes de confinamiento. Como si nada hubiera pasado en estos dos meses. Me quedo sorprendida y agradecida por el gesto inocente, juvenil. 

P. y yo despotricamos un rato. Después me voy.

Vuelvo a casa con la sensación de ser una terrorista. 

Le cuento a A. por teléfono todo lo que he hecho y pensado. 

Me dice que soy una irresponsable. 

Llevo sesenta días encerrada sola. Sesenta días preocupándome por todos. Sesenta días con la vista fija en una pantalla partida. Sesenta días yendo a trabajar con miedo. Sesenta días comportándome como un bien social. Sesenta días sin dormir, sin comer, sin tocar.

Y sesenta días con unas fantasías cada vez más sospechosas. Sueño que pido, y me conceden, la nacionalidad sueca para pirarme de aquí y no volver hasta el año que viene. 

Rezo, menuda maldad, para que el virus ataque a toda la clase política, levemente, levemente, y se queden un rato calladitos en sus domicilios. 

Imagino un disfraz perfecto de jabalí para cruzar los alpes a cuatro patas y plantarme en el pico nevado de mi hijo.   

Es verdad, soy una irresponsable.

7 de Mayo

Me he convertido en una delincuente.

Todo lo que pienso y deseo es ilegal.

8 de Mayo

Paseo con A. por las callejuelas atestadas de gentes con guantes y mascarillas que simulan ser unos deportistas. Me cuenta que ha tenido una bronca descomunal con B., su hija adolescente. Ha dicho cosas de las que está muy arrepentida, en un arrebato sin precedentes en su historial familiar. Cuando la discusión amaina, se pone a cocinar. Enfurecida prepara unas alcachofas. Las mete en el horno.

Y el horno explota. Como una bomba.

Se esparcen miles de cristales por la cocina. 

Padre, madre e hijos observan atónitos el panorama. 

Ya no hay motivos para pelearse.

Aquello es la casa de los espíritus confinados. 

¿Cuándo volveremos a ser personas?

9 de Mayo

Al anochecer llaman al timbre. Me asusto. Es un sonido inusual. Incluso antiguo, tal y como se han puesto las cosas.

-¡Voy!¡Voy!- grito mientras me pinto los labios a toda prisa para no desaprovechar la ocasión de recibir a un ser humano.

Abro la puerta con una sonrisa a lo Doris Day cuando cocinaba tartas de cerezas en su chalet color salmón.

Y no creo a lo que ven mis ojos.

Es Caterina, mi hija. Ha regresado por sorpresa, después de dos meses bloqueada en Trijueque.

Me desmorono.

La estrecho en mis brazos como quien se aferra a un tronco salvador flotando en medio del océano al cabo de un naufragio.

Es el primer abrazo desde que comenzara esta pesadilla. Percibo la consistencia prieta de su cuerpo, la calidez templada de su piel, la textura carnosa de sus labios. 

En mis mejillas, en mi frente, en la punta de la nariz. 

Me besa toda la cara como cuando era pequeña. Un gesto olvidado que me devuelve a la vida. Que obra el milagro tan esperado durante estas semanas de soledad. 

Dejo de ser puro espíritu, recupero mi cuerpo. 

Vuelvo a ser yo.

Sin amor, no soy nada. 

Soy nadie.

Cierro la puerta con las lágrimas de Escarlata cuando se la llevó el viento. 

Porque, después de todo, mañana será otro día.

10 de Mayo

Qué razón tenía yo ayer. En efecto: hoy es otro día. 

Y mañana será pasado mañana, y pasado pasado mañana será otro pasado, pasado, pasado mañana igual al primero. Un futuro que ya no corre en línea recta, sino rueda en redondo. 

El tiempo convertido en recuerdo y nostalgia. 

En dolor y ausencia. 

Han prorrogado el Estado de Alarma dos semanas más. 

Y Madrid se quedará en la Fase 0 dos semanas más.

A mí ya me da igual. Creo que sufro lo que los psicólogos llaman el “síndrome de la cabaña”. No me apetece salir de casa. 

Y no porque tenga miedo de enfermar, sino porque no tengo ganas de pasear, de hablar, de reír. 

A mi padre le veo por Instagram, a mi hijo le veo por Facetime, a mis amigos los veo por Zoom, a mis compañeros los veo por Twitter, a mis oyentes los veo por Facebook. 

A los políticos los veo por Movistar. 

Y al hombre que siempre me gustó, ni le veo. Sólo escucho su voz en el altavoz de WhatsApp

Vivo en directo una vida en diferido.

Y de vez en cuando me hago un selfie para corroborar que sigo aquí. 

Temo que, cualquier día, me engulla la wifi.

Y no quede rastro de mí.

Tan sólo este diario.

Continuará…

4 comentarios sobre “Séptima semana en los diarios de Ayanta

  1. Qué espectáculo debe de ser la pierna izquierda de Ayanta; como el brazo de aquella santa.
    El diario es un lujo de síntesis literaria, véase el día 7.

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  2. Hola yo digo que buen programa con tan buenos tertulianos me encanta cuando tienes esos diálogos con tu Padre hablas de todos los temas y con un desparpajo que te hace un ser con un carisma sin igual ,en mis tiempos teníamos tal respeto q no éramos libres. , pero la verdad q soy privilegiada porque nunca nos condicionó nuestra vida y nos enseñó el camino de la Paz

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  3. Leerte es un verdadero lujo a mi alcance. Escucharte por las noches es un ejercició de relajación nocturna y no digamos cuando hablas con tu padre, por cierto,que día de la s emana es? estoy perdida con los dias y las noches . Qué bueno el reencuentro con tu hija, que suerte, a mi todavía nadie me ha tocado el timbre. Sigue así con tu diario, ese es mi sonido preferido. Espero con ansia todos los miércoles .

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