¿Soy un extraterrestre?

Por: Fernando Sánchez Dragó.

Empiezo a pensarlo. Quizá sea un delirio generado por los dos meses de confinamiento. Me encerré el 10 de marzo, antes que nadie. Fui uno de los primeros en hacerlo. Desde entonces no me he movido de casa. Asomarme al balcón, sí, para ver a una chica que por las tardes (no todas… ¡Lástima!), cuando el sol pega en el suyo, que está en la fachada de enfrente, lo toma en bikini. Lo de ser o no ser un alienígena lo digo porque mi estado de salud mental y emocional tras el largo período de cautiverio no tiene nada que ver con el de la mayoría de mis supuestos semejantes, que al parecer, por lo que escucho, leo, veo y me cuentan, no lo son tanto. Vivo felizmente sumergido en un estado de plenitud, serenidad y casi me atrevería a decir que de felicidad (excepto por la lejanía de la mujer que amo).

Trabajo más que nunca y gano menos que nunca, pero qué le vamos a hacer. He fundado desde mi celda un semanario digital (laretaguardia.com) que lleva ya siete números con una media superior a los cincuenta mil lectores. La hacemos por Skype, correo y teléfono, entre dos personas: la Señorita Nouvelle Vague, que se oculta bajo la discreción de ese heterónimo, y este servidor de nadie. Un trabajazo. He hecho además algo que nunca pensé que haría: abrir una cuenta en Twitter que hace tres días había cosechado ya cuarenta y un mil seguidores. ¡Yo, que tanto había cargado la suerte en contra de las redes sociales! Rinnovarsi o perire, dicen los italianos. La verdad es que no me corre prisa hacer lo segundo por muchos virus de ojos rasgados y aguijón venenoso que me acosen. Siempre quise ser monje de clausura y siempre la vida me llevó por otros derroteros.

Ahora, por fin, constreñido por las circunstancias y por el pánico a la libertad que caracteriza a este gobierno, se cumple aquel sueño infantil, que nunca me ha abandonado. No soy persona ‒nunca lo he sido‒ dada a callejear ni a hacer deporte, ni a frecuentar bares, ni a participar en festejos, reuniones o espectáculos de masas. Me gusta ir de a uno por la vida o, todo lo más, de dos en dos. Echo de menos, en consecuencia, ver a mi novia, la actividad sexual, el sushi, el sashimi, el peligro y llevar a mi hijo de siete años por ahí para que aprenda lo que es la vida. Pero son carencias que, por ahora, no me mueven a tirarme por la ventana. ¿Ansiedad, estrés, depresión, melancolía, insomnio, aburrimiento? ¡Quita, quita! Sursum corda. Mi receta es taurina: parar, templar y mandar. Por cierto: ¿cuándo podré ir a los toros?    

Publicado en La Razón el día 10 de mayo de 2020.

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