Un ángel pasó por Madrid

Por: Carlos Salas.

Hay algunos que piensan que el cine español nació con la democracia. Que todo lo que hubo antes fue una oscura nebulosa, donde solo destellaron cuatro o cinco películas. Sin duda, quien tiene esta idea demuestra un profundo desconocimiento de la historia de nuestro cine. Tan profundo, al menos, como el de aquellos que creen que fueron los griegos los más antiguos padres de la cultura, omitiendo a egipcios, sumerios o chinos, entre otros.

Pero centrémonos en el cine. Concretamente, en el de los años cincuenta. Y es que fue aquella década, junto a la de los cuarenta, la más gloriosa de la historia del séptimo arte. La lista de obras maestras realizadas en aquellos años resulta apabullante, coincidiendo con el momento de máximo esplendor creativo de cineastas como Hitchcock, Wilder, Mankiewicz, Kazan o Bergman ─por citar solo algunos ─, así como con el milagro de ciertos tesoros aislados: La noche del cazador, La palabra, El globo rojo… 

Pues España no iba a ser menos. Ni los últimos coletazos de la posguerra, con su miseria y desigualdades sociales, ni la falta de libertad, con su obsesa censura por delante, fueron obstáculos para que en aquella década se filmasen algunas de las mejores películas de nuestro cine. Surcos, Muerte de un ciclista, Calle mayor, El pisito o Bienvenido, Mister Marshall ─dejamos aparte varias joyas de Buñuel al tratarse de producciones mejicanas─ son solo algunas de ellas. Pero es la filmografía de un cineasta de extraño nombre y lejano origen la que ahora demanda toda la luz de nuestro foco. 

Ladislao Vajda llegó a España en 1942. Durante aquella década y los inicios de la siguiente, dirigió casi una veintena de películas, siendo algunas de ellas coproducciones con Italia y Portugal. Pero fue con Marcelino, pan y vino (1955) cuando le llegó el definitivo reconocimiento del público. No cabe duda de que tanto la película como el director lo merecían. Eso sí, son tres títulos posteriores los que nos llevan a escribir su nombre, con letras mayúsculas y de oro, en la historia del cine español: Mi tío Jacinto (1956), Un ángel pasó por Brooklyn (1957) y El cebo (1958). Fueron todas ellas películas de Chamartín Producciones, llevadas a cabo en colaboración con otras productoras extranjeras: italianas, en los dos primeros casos, y suiza, en el tercero.

Mi tío Jacinto se sitúa en la tradición de la picaresca española. La protagonizan Pablito Calvo ─probablemente, el mejor niño actor, ya no solo del cine español, sino del cine universal− y Antonio Vico, quien interpreta aquí el papel más notable de su extensa carrera −él también, como Pablito, había formado parte del elenco de Marcelino, pan y vino−. El Madrid bullicioso, caótico y pobre del casco antiguo, con sus callejuelas pobladas de comerciantes, timadores, mendigos y animales, es retratado con una crudeza y una sensibilidad sobresalientes. La película es perfecta desde el primer plano hasta el último. Y su secuencia final, que resulta tan desoladora como emotiva, constituye uno de los mejores desenlaces jamás vistos en la gran pantalla. Una película digna del mejor De Sica. 

Un ángel pasó por Brooklyn es una fábula maravillosa. En ella vuelve a ser parte esencial Pablito Calvo, esta vez acompañado por ese genio de la interpretación llamado Peter Ustinov. El neoyorquino barrio de Brooklyn y, dentro de él, el particular microcosmos de una suerte de corrala habitada por napolitanos –en realidad, aquel trocito de Nueva York fue levantado con maestría en los madrileños Estudios Chamartín−, sirven de escenario para este relato profundamente hermoso, donde lo peor y lo mejor de la condición humana se dan cita. Los ecos del neorrealismo vuelven a oírse con nitidez, pero es aún más directo el hálito del mejor Capra. 

El cebo resulta la culminación de una etapa brillante. Curiosamente, aquí ya no hay rastro de sus habituales actores españoles, con la única excepción de María Rosa Salgado. De hecho, si no fuese porque en los créditos aparece buena parte del equipo técnico fiel a Vajda, creeríamos estar ante una película plenamente centroeuropea. Ahora son los bosques y los pueblecitos pintorescos de la Suiza germánica los que dibujan el paisaje de este inquietante cuento, en el que el lobo feroz viste abrigo negro y reparte bombones. La herencia del expresionismo alemán, presente ya en algunos planos de sus anteriores películas, resulta en esta ocasión más palpable que nunca, en lo que se revela como el retrato de un monstruo de carne y hueso al nivel del mejor Lang. 

En efecto, De Sica, Capra y Lang están presentes en el mejor Vajda. Un cineasta portentoso, capaz de inspirarse en esos otros genios para hacer crecer su propia genialidad. De esta forma, junto a Buñuel y Berlanga, termina por erigirse como el más destacado creador cinematográfico de nuestro país. Y sí, lo hizo veinte años antes de que llegase la democracia, cuando Almodóvar tan solo era un niño con los mismos años que Pablito Calvo.

Un comentario en “Un ángel pasó por Madrid

  1. En efecto, hay muchos ignorantes que se tragan lo del ¨páramo cultural¨ ¨de la postguerra. Pero hay muchos más que, por cobardes y poco honestos, tergiversan la realidad de aquellos años que perfectamente conocen.
    En los años cuarenta y cincuenta hubo magníficos directores, actores y guionistas. Entre estos figuras enormes como Mihura, Neville o D´Ors.
    No es creible que todos ellos pudieran realizar un cine más que bueno entre ¨miseria, desigualdad, falta de libertad y obsesa censura.
    No busque tan lejos. Censura, autocensura, arbitrismo y aborregamiento perfectamente acrítico son conceptos que describen a la perfección lo que sufrimos en esta España de hoy.

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