‘Agitación. Sobre el mal de la impaciencia’, de Jorge Freire: la lucidez del aburrimiento

Por: Clara Boluda Vías.

Ahora que ―al fin un consenso― España se ha convertido en una inmensa esterilla de yoga, nos viene a la cabeza aquella postura de Pascal, no tan aeróbica como ceniza: todos los males del mundo derivan de la incapacidad de quedarnos quietos en una habitación. La sospecha siempre estuvo ahí, pero ahora ha alcanzado inapelable rango empírico gracias a la fenomenal probeta que supone la cuarentena del coronavirus: estamos todos en casa y en absoluto quietos.

Nunca se le ha exigido tanto al perímetro más íntimo de lo cotidiano, a nuestros propios hogares. La vivienda, lugar por antonomasia de descanso y recogimiento, se ha convertido en torrencial campo de estímulos y actividades insólitas: gimnasia, horticultura, videoconferencias etílicas, clases de todo tipo, recitales online, visitas virtuales a museos y un crescendo vitaminado. Lo grotesco, sabido es, tiende a alargarse en el espejo, y en casa tenemos varios.

Llegados a este punto, urge hablar del último libro de Jorge Freire, ganador del XI Premio Málaga de Ensayo. Celebremos la ironía con gratitud . De entre todas las casualidades, pocas tan pertinentes como publicar Agitación. Sobre el mal de la impaciencia (Páginas de espuma, 2020) justo antes de ―seamos optimistas― la cuarentena del siglo. El autor ha mostrado con ello puntería, pero también calibre, porque ha redoblado su vigencia en tiempos de intramuros.

Freire nos presenta a un ejemplar de sobra conocido: el Homo Agitatus, cuya meta ―atentos al esfuerzo― es consumir su tiempo con todo tipo de actividades y coordenadas, siendo consumir, lo habrán notado, un verbo con doble sentido. Al Homo Agitatus le caracteriza la vocación de estar siempre haciendo algo, a medio camino entre la urgencia de la expectativa y el olvido de lo que acaba de suceder, exacta descripción del niño que anda distraído por los sonajeros de la novedad.

Dicha agitación, nos cuenta Freire, «exagera sus aspavientos para disimular su impotencia». La constante exposición a expectativas tiene un coste ―frustración, ansiedad, resentimiento― confirmado por una boyante industria de ansiolíticos y doctores argentinos. Estar siempre activo resulta agotador, como agotador resulta un tic nervioso para el que lo sufre, pero además invita a un salto etimológico de alcance multitudinario: nada más natural que el paso de la actividad al activismo ―es decir, al proselitismo―, por ejemplo, en su variante confinada de aplauso, cacerola o masa madre.

De fondo, permea la grosera equiparación anglosajona del verbo ser y el estar: somos lo que estamos haciendo. Pareciera que con cada experiencia nos quisiésemos afirmar como auténticos, es decir, como diferentes. Es un error común. Para mantenerse activo no hace falta voluntad, apenas inercia. De ahí que resulte conmovedor tanto empeño en la afirmación personal, la autorrealización prestada: «imaginamos al Homo Agitatus pidiendo respeto por sus ideas y desconociendo que, en efecto, no son suyas».

Freire nos recuerda que la originalidad es un espejismo, «pues lo diferente es aquello que, disfrazándose de diverso, no deja de ser lo mismo». Apunta alto el autor, nada menos que al sustento popularizado de la ideología imperante: la identidad, palabra mágica que parece encubrir con veniales deseos de arraigo y pertenencia todo afán de agravio y diferenciación, es decir, de importancia.

Y ahí tenemos al Homo Agitatus que, entregado a sus gerundios, olvida preguntarse para qué y hacia dónde. A modo de ejemplo intercambiable, tenemos al alicantino que cruza el Mekong para lanzarse en tirolina o al que pasa la cuarentena aprendiendo bachata por YouTube, con varias redes sociales por testigo. Es natural. Como todo eslogan que se precie, el ser uno mismo tiene vocación de público y de continuidad. Nunca basta con vivirlo ―Dominguín lo sabía―, también hay que contarlo, instante en que nuestro Agitatus deriva en otra subespecie concreta ―que aquí aportamos nosotros―, el Homo Coñazus.

En semejante trance, resulta indiscernible el adulto que adolece del adolescente. Y la puerta de la calle se confirma como mero trámite. Qué razón tiene Freire, y qué razón tenía Pascal. Ha hecho falta una pandemia para confirmarlo. Cierto es que la cuarentena ha traído tremendos niveles de ansiedad, miedo y muerte a nuestras vidas, pero también ha exacerbado hábitos atribuibles al propietario, no a un encantamiento de la casa. Así es más fácil seguir una conga virtual que la propia línea de pensamiento. Para muchos, diremos, fueron tiempos de intramuros, pero no de introspección.

Una oportunidad perdida, en definitiva, porque el aburrimiento es necesario, lúcido antídoto propuesto por Freire para el mal de la impaciencia. Un mal que toma muchas formas (educación, medios de comunicación, corrección política, etc.) en la sociedad agitada. Freire pone su lupa sobre la necedad, pero sin el deleite del cascarrabias. Y da un paso al frente. El autor apuesta, así, por la traditio, por lo siempre vigente, aquello probado por el provecho de la experiencia acumulada. De fondo, planea la sospecha de que a lo posmoderno le sobra un prefijo y mucho relato para convertirse en algo realmente serio, una propuesta coherente de vida.

Tal vez aguafiestas, pero en absoluto sombrío, el libro reivindica lo útil, la mesura, la alegría natural del que se gobierna a sí mismo, saberes aplicados a la buena vida, aquélla que se dispone a vivir sin ansias ni estridencias en conformidad a la propia circunstancia. Ahí asoma el heleno y se pierde de vista al dogmático: libertad y felicidad son aspiraciones matizadas, sencillas, o lo que es lo mismo, alcanzables.

Asombra, a su vez, la erudición amable de Jorge Freire, su devota compilación de saberes y sentencias: las antiguas paremias. Su libro queda ensamblado por una inmensa cantidad de refranes, citas y aforismos, que, a modo de lianas, llevan con ligereza por un trayecto que podría ser denso y cargado. El resultado no sólo es agradecido, sino consistente. Hay ensayos que se retuercen densamente sobre sí mismos agotando el aire alrededor y no pocos pulmones. No es el caso. Este es un libro generoso, centrífugo, que propulsa lecturas pendientes y deja ―no olviden el lápiz― esquinas marcadas. Y entre tanto hallazgo, uno, ciertamente, termina hallándose. No diremos ―terrible cursilería― que es un libro necesario, porque ninguno lo es. Pero es un ensayo que nos sitúa frente a la descripción más temida, aquélla que nos deja las vergüenzas al aire. Freire especifica un síntoma y lo convierte en especie, con la gentileza de no señalarnos a cada uno con el dedo. Pero todos, digámoslo de una vez, somos el Homo Agitatus. A todos concierne, por tanto, aceptar la invitación del autor y tomar partido por una cabal comprensión del mundo, y lo que es más importante, al servicio de una vida digna de ser vivida.

One thought on “‘Agitación. Sobre el mal de la impaciencia’, de Jorge Freire: la lucidez del aburrimiento

  1. Que buena reseña y que interesante ensayo parece ser ese libro reseñado.

    Se me ocurre recomendárselo al DIRECTOR DE ESTA REVISTA,
    prototipo no solo del HOMUS INQUIETUS,
    sino también del PUER AETERNUS,
    del HOMUS ORIGINALIS,
    del penoso octagenario HOMUS EROTICON-POTENTIS-PUBLICATIS,

    arquetipos que finalmente se concentran en lo que
    artículo define magistralmente como HOMUS COÑAZUS, aunque también podría llamarse HOMUS CANSINUS,

    Todos necesitamos un respiro. Abruma tanta exhibición.
    Lo que digo con cariño y simpatía, no obstante.

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