Algo natural

Por: Concepción Zayas

Por fin llegó la anciana, el huipil al ritmo de sus pies descalzos se detuvo en el agujero abierto que era la puerta. Primero vio a Mari, luego repasó con sus ojos todo el cuartito, parecía andar buscando algo; en algún momento se dio por satisfecha e inmediatamente mandó a que prepararan el fuego y los anafres, que pusieran a hervir agua, hartos galones, con los gruesos rollos de canela que ella les dio. El marido, y la vieja que estaba ayudándole, empezaron a moverse como si los hubieran despertado de súbito. 

Pasó un largo tiempo, un tiempo oloroso pero muy lento… el fuego se dilató mucho antes de echar las burbujas; hasta que salió la mezcla roja, picante, para llenar un tonel que era el doble de ancho de Mari y un poquito más alto que ella, donde la sumergieron y la sacaron como cinco veces… Mari pertenecía al paisaje de magueyes de Cuyuaco, era de allí como el cerro de Cristo Rey, los aparecidos, el cielo puro, la Llorona, los borrachillos de las cantinas o esas mujeres que nunca tuvieron marido y que pasaban los atardeceres detrás de sus ventanas, dueñas de las vidas de quienes caminaban por la calle, la única calle. 

Y tendría unos diecisiete, como los tienen las indias de por allá: grandes la boca y los pechos, dos trenzas sobre las caderas flacas. Ya había tenido amores porque un año atrás él le pidió casarse, de entre todas las del pueblo sólo a ella le escribió cartitas llanas, pero conmovedoras, en su lenguaje de campesino, al que Mari contestó sí, con la bellísima mala ortografía de su letra a mano. 

Sin saber nada ni haberlo mencionado antes siquiera, empezó eso de estar bajo su hombre: un dolor, un dolor que hasta creyó que ya la había matado al atravesarla. Minutos después, cuando él le acarició el cabello ―tenía los dedos anchos y la palma muy fuerte― Mari se le recargó en el brazo, se olvidó de todo. 

De estas noches primerizas dejó de sangrar. 

Le iba creciendo el vientre, se le puso duro, ella no lo pensaba ―porque así era―, mucho menos habría encontrado las palabras para hablar de ello; aunque en su silencio era como estar viviendo algo natural y, al mismo tiempo, lleno de peligros. 

Pasaron los meses. Por el cuajo gelatinoso que echó en la tierra cuando salió a orinar: lo supo. Los dolores llegaron poco a poco, de menos a peor… hasta que fue como si cada vez que respirara le asestaran un machetazo justo en medio de la rabadilla y también como si el machete fuera cada vez más grande.

La partera andaba en otro pueblo, una verdadera desgracia, porque era la única; ya ni pensar en un médico cerca, cosa tan imposible que la gente prefería mejor morirse antes.

Con los vientos en contra, el marido fue a buscar unas viejas para que lo ayudaran con Mari. Entre todos la colgaron a un árbol, primero normal, después alguien dijo que era mejor ponerla de cabeza. La bajaron, con el pelo enredado y sucio la pusieron en cuclillas, no salió ni aire. Le dieron a beber ruda, la arrastraron como animal. Nada pudo hacerla expulsar lo que llevaba dentro. 

Ya iban para tres días cuando apareció la comadrona. Como sabía ver, desde el hueco de la puerta y antes de entrar pasó sus ojos por todo el cuarto, no encontró nada, ni visible ni invisible que le impidiera obrar con sus manos. Mari era un ciervito moribundo, lastimada, sin moverse; la sangre había atraído a las moscas, un par le recorrían las extremidades y ya nadie se las espantaba. Completamente extenuados, el marido dormitaba en un rincón, acompañado por una de las viejas, que para entonces parecía mensajero del otro mundo: la cara huesuda, ojerosa y reseca, envuelta en el rebozo negro. 

La anciana comadrona se metió hasta donde estaba tirada Mari, se hincó sobre la tierra, pidió permiso… y se lo dieron. Apoyó su mano izquierda sobre la rodilla para levantarse, ordenando que rápido hirvieran el agua, la canela en rollos.

Cuando sacaron del tonel a Mari, la criatura nació. La madre oyó el chillido, aunque no tuvo fuerzas ni para girarse a mirarlo y, salvo ella, todo en el cuarto era movimiento: el padre ―sin poder apartarse de la visión de su hijo― seguía atolondrado lo que le mandaban, la mujer hirviendo los paños y echando agua sobre la sangre.

La partera sólo alzaba la voz para decir lo que habían de hacer mientras, muy quedito, con el agua de canela iba limpiando cada pliegue del niño. Su impecable huipil de indígena, manos y labios se le movían al mismo ritmo, un ritmo que en esa lengua náhuatl, de los antepasados, rezaba: 

“Piedra preciosa, formada sobre el cielo antes del principio del mundo, celestial tu Padre, celestial tu Madre, animal humano vuelves a poblar la tierra. Piedra preciosa, formada sobre el cielo antes del principio del mundo…”. 

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