El verano chino

Por: Sergio Berrocal.

Intento pensar en las cosas importantes que debería hacer por si acaso el bicho chino de nombre extravagante, Coronavirux, tiene contados mis días.

Y me doy cuenta de que lo único que se me ocurre es sobrevivir, pero a mis ochenta años no sé si llegaré a ver el próximo verano, que oficialmente se abrirá sólo dentro de unos meses, hacia junio. Sólo dos meses y pico y parece tan lejano…

Como todavía no tenemos vacunas para el bicho y las funerarias se están volviendo millonarias, me pregunto si las playas de las que vive ese pueblo, el último de Europa antes de zambullirse hacia África, estarán llenas este año o si seguirá el encierro de todo aquél que quiera vivir con el lema de “Quédate en casa”. ¿Volverán a oírse los griteríos de los miles de bañistas que suelen luchar como en los circos romanos para conseguir un buen lugar para poner la toalla? ¿Los nórdicos seguirán corriendo hacia el mar aunque casi siempre se encuentren cantidad de paños de bebé y otras porquerías que hacen a veces el baño poco agradable? Y cuando no, están las medusas, algunas francamente molestas, que provocan las histéricas carreras por la arena para que curen al niño o a la niña en el botiquín.

Me gustaría que para entonces toda la crisis que estamos viviendo hubiese pasado definitivamente y poder contemplar en paz a los bañistas musculosos que tratan de imitar a los galanes de aquella serie, Los vigilantes de la playa, donde sus compañeras eran unas maniquíes que daban ganas de intentar ahogarse por lo menos un poquito.

Por el momento todos estamos en casa sin saber por cuánto tiempo. Los especialistas en estas cosas dicen que si el encierro se prolonga es posible que la curva de natalidad, bastante baja en España, dé un salto espectacular. Porque, claro, todo se acaba, hasta las mascarillas protectoras y es de suponer que si se alarga la película también habrá escasez de preservativos, los conocidos condones.

Bueno, por lo menos los niños y niñas que vengan al mundo reemplazarán a los cientos-miles de muertos que se había llevado hasta hoy el coronavirux.

Pero seamos optimistas. Este año los siete kilómetros de playa de arena que tenemos a nuestra disposición volverán a ser la feria estival de siempre: los niños correrán, las muchachas tratarán de conquistar a un novio y los viejos podrán seguir debajo de las sombrillas hincadas en la tierra. Esperemos.

Porque hay que tener esperanza. Hace un rato, he visto en una revista francesa una foto de Ursula Andress, aquella suiza que nos encantó y enamoró a todos cuando la vimos por primera vez en una de las primeras películas de James Bond, con un bañador que daban ganas de vivir. Es una garantía porque ya tiene 84 brillantes años.

Mientras tanto, sin darse cuenta de su sentido del humor o quizá para que nos creamos que en plena catástrofe mundial pensamos en ellos, algunos periódicos publican fotos de niños que esperan asilo en cualquier frontera europea.

Ya veremos. Preparemos los bañadores y las sombrillas por si acaso, porque los viejos necesitamos meternos debajo de esos artilugios para que el sol no nos provoque un cáncer de piel. Aunque, claro, con el coronavirux rondando por todas partes ―seguro que ahora mismo anda por las teclas de mi ordenador―, hacer previsiones a tan largo plazo es arriesgado. Tal vez el Jesús que acabamos de atar en la terraza con vistas al mar ―estamos ya en Semana Santa― ahuyente a los bichos malignos.

Pero no se preocupen, hay esperanzas. Desde París acaba de comunicarme una de mis espías, enfermera de profesión, que es probable que el Instituto Pasteur consiga la vacuna contra el virus siniestro para el mes de julio. Será un poco justo para estar tranquilo en las vacaciones, pero sólo se tratará de retrasar un poco ese período veraniego y viviremos tranquilos.

Tengo confianza en el Pasteur porque es uno de los centros más famosos del mundo entero. Durante tres años a mí y a mi familia nos protegió en Brasil de mosquitos como los que provocan dos enfermedades a menudo mortales, la fiebre amarilla y el dengue, que es endémico y siempre dispuesto a hacerte pasar un mal rato.

Vamos a la playa, sin miedo y con optimismo.

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