La linde de los tontos

Por: Fernando González Viñas. Corresponsal en Tokio.

Cuando cursaba el BUP me aprendí en latín la frase stultuorum numerus estinfinitus. Yo para el latín he sido un negado toda la vida, por mucho sine qua non y alea jacta est que me salga así, como me sale igual decir Scheisse en alemán, consecuencia esta de una infancia en Germania (¡Varo, devuélveme mis legiones!). Quiero decir, con todo esto, que lo de los tontos ―stultuorum― es algo a lo que siempre le he tenido querencia. Me refiero a los tontos que antes se podían llamar tontos y ahora si lo dices en las redes sociales o en la televisión te crucifican como al Brian de los Monty Python. Te crucifican precisamente otros tontos, pero de ésos no quiero hablar. Lo que yo quiero destripar (spoiler, lo llaman ahora en el latín anglo de nuestra era) es mi relación con esos tontos que llevaban un transistor pegado a la oreja, el pantalón atado con una guita o que cuando pasabas a su lado gritaban “¡juuuuuu!” y sonreían, como si la felicidad consistiese en una u prolongada. Éstos, a los que hubo un tiempo que se les llamaba inocentes o simples, cuando se hablaba bien de ellos, o está en la linde, cuando se hacía con mala leche y en realidad refiriéndose a un cuasi tonto, son santos de mi devoción. No sé, me buscan, se me acercan, me verán como uno de los suyos, si es que saben distinguir entre los suyos y los ajenos, o quizás me vean como un tonto para los tontos, creyendo que en cualquier momento les voy a gritar “juuuu” y ellos van a pensar: mira el tonto, qué inocente, pobrecito.

Expuesta la situación, mi emigración ultramarina a Japón me debería haber librado de los tontos, o al menos de los tontos de transistor o guita a modo de cinturón. Pero no ha sido así. En Tokio tengo el mismo problema o bendición. Tanto que cuando salgo a la calle se me acercan y me dicen “yuuuu”, que es como se pronuncia la jota en japonés. Esta semana, sin ir más lejos, di un paseo hasta un parque y, a falta de uno, hasta tres tontos se dirigieron a mí, dos de ellos haciendo ostensibles aspavientos, como si estuviesen a disgusto con el gol que fallé en Valencia en la fase de ascenso a división de honor de fútbol sala con mi equipo tinerfeño Iberia Toscal; acompañaban los movimientos de manos con un griterío gutural que, si no es porque iban asidos de la mano de una nipona que parecía la encargada de haberlos sacado a que les diese el aire del virus, me comen y no precisamente por do más pecado había. El tercer tonto de ese día, de gran trasero, al pasar, me dijo “omedetoo”, que significa “felicidades”, acompañando la expresión de una beatífica sonrisa regada con la baba propia de quien no ha leído a Valle-Inclán ni a Mishima. ¿A santo de qué un estulto me felicita? ¿Por mis sin duda originales camisas? ¿Por haberme leído el Genji Monogatari, 1.000 paginazas? Si es así, que sepa el tonto que el Genji Monogatari, época Heian, s. XI, escrito por Shikibu Murasaki, es un libro aburridísimo donde, por ejemplo, cuando el príncipe Genji se acuesta con alguna nueva princesita conquistada se dice que “se pasaron la noche hablando”. ¡Ja!, o mejor dicho, ¡juuuuuu!”, ¿la noche hablando, qué tontería es ésa?

En cualquier caso, si por algo me tiene a mí que felicitar un tonto japonés es por hacer unas tortillas españolas que ganarían un campeonato de bingueras jubiladas de ésas que tan amigas eran de mi madre. Por eso, el domingo me fui de picnic entre otros seres con otro exiliado ultramarino, de pasado imperfecto profesional en Barcelona y que gusta definirse a sí mismo como un doble exiliado charnego que se siente más a gusto entre kimonos que entre nacionalismos. Esta gloria de hombre me recibe, sin necesidad de un hola que rompa el hielo, con frases del tipo “como decía Séneca…”, o “Woody Allen en la escena de…”, por no hablar de su famoso recitar de Krishnamurti que al parecer duerme ipso facto y cual princesa de cuento a su consorte japonesa los días de mayor estrés. Antes del picnic, mi amigo y yo nos tomamos un cafelito de máquina de 100 yenes, previo desinfectarse las manos, bajo unos árboles del cerezo (sakura) que dan en primavera una sombra magnífica, sentados en unos pedruscos de granito que nos hacen el apaño cuando divagamos sobre Wittgenstein ―su caso― o los Chiripitifláuticos ―el mío―. Digo lo de Wittgenstein puesto que su frase “Somos arrojados al mundo” fue uno de las primeros recibimientos que recibí por parte de mi amigo ultramarino. Como mi amigo ya está advertido de mi querencia a los tontos, no le sorprendió que en el rato de apurar el café se nos presentasen dos tontos. Uno de ellos del tipo culo gordo, calificación esta de mi amigo, que parece que también los tiene clasificados. De hecho él, al que le tienen querencia los chalaos ―otro día hablaremos de ellos―, ha tenido que lidiar con mucho tonto en su vida por culpa de su nariz, de estética israelita. Tanto es así que muchas veces en su vida ha tenido que negar que era judío, aunque una vez le pudo el miedo y en la sala de urgencias de un hospital, ante la insistencia de una enfermera ―“¡usted es judío!”―, asintió buscando que así le pusiesen antes la antirrábica. Claro que resulta difícil tener que desmentirle a los demás que uno no es quien es sino quien los otros se imaginan, y el culmen de este desaguisado de lo que piensan los tontos o chalaos le ocurrió el día que en el que estando en su ciudad ibérica de nacimiento, un turista argentino le preguntó que dónde estaba la sinagoga y al asegurar él que lo desconocía, el turista le dijo: “¡pero vos sos judío!”. Ante este tener que negarse uno tres veces, como San Pedro, ese no poder decir yo sé quién soy, la autoridad en materia de tontos de mi amigo es naturalmente admirable. En el fondo, todos tenemos clasificados a los tontos de nuestro alrededor pero existe una clasificación que yo creí solamente española: el de la guita, el del transistor, el culogordo… y te encuentras con que en el otro confín del mundo son iguales, ¡iguales!

En cualquier caso, volviendo al primer tonto de la mañana del cafelito y picnic, el alma adorable de trasero amplio se sentó en otro pedrusco a nuestro lado, extendió todas sus posesiones sobre el suelo y finalmente sacó un sobre de color marrón y apertura en la parte más estrecha, cosa típica en estos mundos. Vertió el contenido del sobre en su mano, apenas unas monedas, y se puso a hacer eso que hacen los tontos, en España, en Suiza y en Tokio: contar las monedas una a una, una y otra vez. Después se levantó y estuvo en un tris de acercarse a nosotros, supongo que para felicitarme por la tortilla que llevaba en el bolso, aún sin sacar de la fiambrera, pero finalmente se arrepintió, posiblemente viendo que entre mi amigo y yo el cupo de tontos estaba ya completo. Siguió entonces su camino, el camino de los tontos, que es el mismo de los que se creen que no lo son, bajo la fresca sombra de los frondosos árboles junto al riachuelo seco que atraviesa el barrio tokiota de Ooji, pensando quizá en el mañana, o en el ayer. Y allí nos quedamos nosotros a la espera del siguiente tonto, que nunca tarda en llegar.         

Efectivamente, aunque en este caso, el tonto hizo acto de presencia a través del diario que saqué de mi bolso verde Made in England y de marca Lambretta. El diario era el Japan News, que se edita en inglés, diario serio, debe decirse, por si alguien lo duda cuando lea lo que sigue. Conserva este diario una sección maravillosa de cartas que no son al director sino una especie de consultorio sentimental. Había dos cartas, a cual más inverosímil, contestadas a su vez por dos profesores de universidades japonesas, que o se aburren mucho con su materia o participan de este estulto mundo de un modo realmente sui géneris. La segunda carta tenía un titular que parecía sacado del Nuevo Vale, mítica revista adolescente de los años 80, si no fuese porque quien escribía decía tener más de 60 años y ser un señor ejemplar, según él, trabajador, un salarymen (oficinista) y devoto de su familia. Sin más preámbulos, leo el titular, una especie de petición de ayuda telúrica: “Por qué mi mujer dice que soy un demonio del inframundo”. Así, a pelo, este señor, exponía su problema en un prestigioso diario que se encuentra en todos los kioscos y tiendecillas konbini de Japón. Mi amigo y yo pensamos de inmediato: “este tío es tonto”. Terminamos nuestro café y nos fuimos al cercano parque del picnic y allí, tras deglutir mi exquisita tortilla y algunas viandas más, mi amigo me dijo. “¿Tú no te preguntas lo que haces aquí?”, a lo que yo le respondí: “Tanto como me pregunto qué hago en otro sitio”. Porque, damas y caballeros, el mundo está lleno de tontos y lo peor es que son iguales en todos sitios, se les ve venir de lejos, y no sólo no nos libramos de ellos en el confín del mundo, y menos ahora con las redes sociales, sino que todos, sin excepción, se creen menos tontos que nosotros, al igual que nosotros nos creemos menos que ellos, en Tokio o en Villanueva del Duque.

One thought on “La linde de los tontos

  1. En una España en la que los fariseos de toda condicion -no solo los totalitarios, socialistas y comunistas, eso va de suyo- nos imponen hasta por ley sus torcidos remilgos, es muy de agradecer que haya quien se atreva a llamar y a reconocer públicamente la realidad y las cosas por su nombre.

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