Octava semana en los diarios de Ayanta

11 de Mayo

El telediario ya no es lo que era.

Me lo han cambiado.

Ahora parece un publireportaje turístico de los años 70.

Una película de los Ozores en Benidorm.

Desde que la mitad del país ha pasado a la Fase 1 sólo se ven imágenes de gentes sentadas en chiringuitos de la Costa del Sol silbando la banda sonora de “Verano Azul”. Han abandonado el “Resistiré” por hartazgo nacional. Y emocional.

La nueva normalidad tiene un punto vintage que mola. 

Nos devuelve a la época del Destape. 

Volvemos a ser igual de pobres y enternecedores.  

Mi periodista favorito, al que llamo familiarmente Gris Marengo, ya no permanece de pie mientras da las noticias. Lo han vuelto a sentar. Este sencillo cambio coreográfico, inocuo en apariencia, indica una relajación en los ademanes militarizados de los últimos meses. Nosotros también podemos dejar de ver la tele con las rodillas hincadas en las baldosas y pidiendo perdón por respirar. Gris nos anima incluso a volver a las iglesias, aunque hayan prohibido el agua bendita y la hostia la tengamos que recibir en la mano previamente desinfectada. 

De abrir el pico a la espera del pan de Dios, nada. 

Y a la espera de un beso, menos. 

Para quienes no les apetezca acudir a los lugares de culto, a los infieles como yo, siempre nos quedan las fiestas rave en los coches. Un divertimento sin igual que acaban de estrenar con enorme éxito, parece ser. 

Los reportajes optimistas se suceden hasta que comienzan las crónicas internacionales. Con un primer plano de Angela Merkel dan por terminadas las sonrisas. 

Pasamos del destape al despelote.

Y del despelote al desplome.  

Gris Marengo vuelve a ponerse en pie y desgrana la caída de todos los índices posibles, y yo aprovecho mi total ignorancia en cuestiones económicas para arrastrarme hasta la cocina y agarrar una tableta de chocolate con almendras. 

Regreso a mi puesto de vigía telemático.

Como colofón de las desdichas monetarias llegan las trolas soviéticas, un género tan radioactivo como Chernobyl. 

La de ayer me dejó loca. 

En Rusia la atención hospitalaria es muy deficiente. El personal sanitario ha empezado a abandonar sus puestos de trabajo debido al miedo y al agotamiento. Algunos médicos disidentes han denuncian la dramática situación en redes. Y esos mismos médicos se despeñan, qué fatalidad, por la ventana. Los métodos rusos, desde los zares, pasando por el comunismo y hasta Putin, siempre han sido de lo más eficaces. 

En todo caso, menuda les ha caído a los sanitarios. Aquí no los empujan por la ventana, pero permiten que enfermen y mueran debido a la falta de material. Una manera muy democrática de lavarse las manos.   

El broche de oro llega al final, cuando ya me he zampado media tableta sin masticar. Chupo mis dedos desmadejada en el sofá mientras escucho el testimonio aterrador de familiares que han perdido a sus mayores en las residencias. Deciden iniciar una querella conjunta en la que acusan al gobierno y a la Presidenta de la Comunidad de homicidio por imprudencia.

Casi 6.000 ancianos fallecidos tan sólo en Madrid.

Los datos son devastadores. 

Se acaba el telediario. Apago la televisión. Gris Marengo vuelve a su casa. Yo me quedo en la mía. Contemplo la pantalla oscura. Y de pronto me sobreviene una tristeza cósmica. 

Me da pena todo el mundo, las víctimas y los verdugos. Los que aciertan y los que se equivocan. Los que no pueden hacer nada y los que hacen más de la cuenta. Los médicos, los políticos, los periodistas, los hijos, los padres. Los niños. 

Los vivos, los muertos. 

Y los ratones de laboratorio. 

Engullo el último cuadrado. Dicen que la fenilalanina que contiene el chocolate ayuda a evitar los cambios de humor y es muy bueno en caso de brotes psicóticos. 

Propongo que lo distribuyan gratis en las farmacias, junto a las mascarillas. 

No se me ocurre otra cosa.  

12 de Mayo 

Ahora la que me he peleado con mi hija Caterina soy yo. 

Y el horno no ha explotado. Sólo mi cabeza.

La razón: una cuestión doméstica sin importancia.

Pero la realidad, mi realidad, es otra. Más honda. 

Ya no quiero servir a los demás. Ni a hijos, ni a maridos. 

He dedicado más de media vida a limpiar, cocinar, consolar, acompañar, escuchar, ayudar. Tuve a Mario con 23 años y a Caterina con 29 y me he casado dos veces. Eso significa que he pasado treinta años ocupándome del prójimo.

Creo que es suficiente.

Creo que es un insulto a mi inteligencia continuar así.

Ahora quiero dedicarme a mí misma. 

Me habría gustado nacer hombre. Y lo digo como una reivindicación feminista. Lo digo como una verdad indiscutible: los hombres nacen con tiempo, las mujeres no. Y yo necesito tiempo. Tiempo para leer, para escribir, para pensar. 

Porque sí. Porque yo lo valgo.

Estoy dispuesta a renunciar a todos los supuestos privilegios de mi sexo con tal de alcanzar mis sueños tardíos. Y si para ello es necesario tener bigotes, pues me los dejo crecer.

A propósito de bigotes, he olvidado contar que a la gata Nina se los han cortado. Qué crueldad. Sospecho que han sido los niños de al lado. Cuatro salvajes confinados.

La pobre minina anda como borracha. La han dejado sin antenas para calcular las distancias. Las sociales y las personales. Nos enroscamos la una en la otra, igual de despeluchadas, igual de desorientadas. Y pensamos con cariño en Caterina, que también es mujer. Y tampoco tiene bigote. 

Todavía.

13 de mayo

A. viene a casa sin avisar. Le acaban de dar los resultados de los análisis. Ha desarrollado anticuerpos, ya no es contagiosa. Tenemos permiso para abrazarnos. Al principio de pie en el salón, después en el diván. La estrecho en mis brazos como si fuera una niña. Llora como si fuera pequeña. Una Pulgarcita diminuta. 

-Qué rápido te va el corazón- me susurra entre hipidos.

Va rápido, sí. Cada latido es un día, una hora, un segundo de estas semanas interminables. Inolvidables. 

Cenamos juntas como antes, pero ya no es antes, es ahora. Y el ahora, aunque me cueste admitirlo, tiene una tonalidad diferente.

Opaca.

Así de turbia dirijo mis pasos hacia la radio. Me siento en el estudio, saludo a la productora y al técnico que me miran inexpresivos con sus mascarillas, envuelvo el micro en plástico y pienso que no tiene ningún sentido alimentar esta relación virtual con el hombre que siempre me gustó. Decido que le tengo que dejar.

¿Dejar? Qué idea absurda. Pero si nunca estuvimos juntos…

Termino el directo y le llamo. Son las tres de la mañana. Le cuento mis aviesas intenciones. Me escucha sin interrumpirme. Cuando acabo mi perorata sólo queda un silencio telefónico. Incómodo. Oigo el tintineo de un vaso, el chasquido del mechero, el humo que sale de su boca. 

Y el consabido tic-tac del reloj de mi cocina.

-Buenas noches- me dice.

-Soy idiota- me digo. 

15 de Mayo

Un San Isidro sin tontas, sin listas, sin santas. Sin toros. Sin hijos, sin familia, sin amantes. 

Y sin sol. 

Un día de fiesta que no es fiesta, porque se han acabado las fiestas. Y si se han acabado las fiestas es porque han dejado de existir los días de la semana. Da igual que sea miércoles o viernes, sábado o jueves. Ahora un domingo triste bien podría pasar por un martes lluvioso y un sábado loco por un lunes aburrido. Los días de la semana han perdido sus texturas, sus colores, sus sabores.    

Se han derretido como los relojes de Dalí.

Que siempre me parecieron horripilantes.

Ya nadie me dice aquello que detestaba.

-¿Cómo estás?

-De lunes. 

No lo podía soportar. Me parecía la contestación de los mediocres vencidos por su propia vulgaridad. 

Sin embargo, ahora todos estamos “de lunes”. Un lunes perpetuo. Ni la esperanza de las vacaciones estivales nos han dejado. Con la implantación de la cuarentena se inaugura la prohibición de viajar. Me han condenado a la incertidumbre infame de no saber cuándo podré ver a mi hijo, cuándo podré cuidar de mi vieja tía, cuándo podré esconder la cara en el cuello de mi hermana. 

Me siento una emigrante sin papeles. 

Y sin patera. 

¿Habrá en internet un tutorial sobre cómo construir una patera? 

Lo hay. Increíble. No me lo esperaba. 

Me imagino subida a una de ellas, abrazada a mi hija, apretujadas entre desconocidos, con la piel fría de viento, las pestañas tiesas de sal y los ojos llorosos de mar. 

Un mar de lágrimas. 

Saladas. Tóxicas.

Y un único pensamiento.

Tierra. Tierra. 

16 de Mayo

¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista! 

Caterina y yo saludamos felices. 

Los pasajeros improvisados de la patera, también. Decenas de manos que se agitan por el aire. El inestable cayuco zozobra en el mar revuelto. Subimos y descendemos por montañas líquidas, sin cresta. Paredes de agua oscura que se hinchan y abren sus fauces como un monstruoso animal marino dispuesto a tragarnos. Cuando acaba una, empieza la siguiente. Pero al fondo, muy cerca, ya se divisa la costa. 

Línea larga de arena clara. 

Polvo de piedra preciosa bajo el sol.

Un hombre del sur, moreno, de boca grande y surcos verticales en la piel, se pone en pie. Mira al frente y comienza una canción que es un himno.

Lasciatemi cantare con la chitarra in mano, lasciatemi cantare una canzone piano, piano. 

Y piano, piano, con atención de no volcar la barquita, nos levantamos todos. Y cantamos todos.  

Lasciatemi cantare perche ne sono fiero. Sono un italiano. Un italiano vero.

Y nos tiramos vestidas. Caterina y yo braceamos juntas hacia la playa. Nos atragantamos de pura alegría. Porque unos metros más allá, en la playa, vemos a la tía B. Con el pelo blanco, esponjoso, envuelta en un abrigo más grande que ella. A su lado está mi primo Leone y mi hermana Sandra, que también cantan porque son muy italianos. Mi hijo Mario no puede esperar más y corre, nada, hacia nosotras. Sin siquiera quitarse los zapatos. Y nos ayuda a salir. 

Más atrás, medio escondido, espera el hombre que siempre me gustó.

Y los besos del después saben a sal.

Saben a gloria.

Todo esto para dejar constancia de que hoy han confirmado que Italia reabrirá el 3 de junio sus fronteras con la Unión Europea sin necesidad de cuarentena. 

17 de Mayo

E. ha cambiado el turbante por un gorro de ducha transparente. Aunque en lugar de llevarlo en la cabeza se lo pone en la cara, a modo de mascarilla total. Pasea de esta guisa. Y yo le acompaño un tanto avergonzada, y otro tanto divertida. 

Hemos ido a un pinar que está cerca del barrio y que no conocíamos. Un parque asilvestrado que han olvidado cerrar. Huele a tormenta, a pinocha, a fango. 

Bajo los árboles una tienda de campaña y una cuerda con ropa tendida atada entre dos troncos. Un humilde centro cultural cerrado, un huerto urbano abandonado. Grupos dispersos de muchachos con rastas y sin ellas, sentados en los respaldos de los bancos fumando marihuana. Flores de plástico descoloridas atadas con alambre oxidado a una valla de maderas cruzadas, sobre la que se apoya el esqueleto de una bicicleta pintada de blanco. En memoria de un ciclista sin nombre, muerto a saber cómo.

E. y yo alcanzamos sin aliento el punto más alto de la loma.

-Por fin algo de horizonte- me dice con un suspiro.

Delante de nosotros, edificios que son colmenas, ríos que son carreteras, bichos que son coches. 

Detrás de nosotros, el muro lleno de grafitis del cementerio de la Almudena. Colinas de lápidas, nichos y cruces con más flores de mentira. 

Una lluvia fina, indecisa, de sol entre las nubes, despliega un arcoíris sobre el camposanto. 

Un fin del mundo a dos pasos de casa. 

A dos pasos de él y yo. 

E. me pone sobre los hombros su parca con capucha. Y se quita el gorro del rostro. Mira hacia el cielo. Deja que las gotas le laven la cara.

Envío un mensaje al hombre que siempre me gustó. Contesta enseguida. 

-Otro domingo por la mañana sin ti.

-Espero que sea el último.

Nada sirve, pero todo ayuda.

Continuará…

3 comentarios sobre “Octava semana en los diarios de Ayanta

  1. Buenas noches, tienes a la gata muy buena y dormida, tienes que darle una oportunidad que defienda su integridad física. Con todo el dolor de tu corazón, tiene que estar alerta y despierta. Por favor.

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  2. ¡Qué placer (y maravillosa sorpresa) leerte, Ayanta! (Sin duda, “de casta le viene al galgo”). Me declaro fiel seguidora (e indagaré a partir de ahora en tus obras literarias).

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