¿Qué es la literatura?

Por: Fernando Sánchez Dragó

La mía, quiero decir… Hablen de la ajena quienes la cultivan.

Está ya visto para edición, lectura y sentencia el segundo volumen de mis Memorias: Galgo corredor. Los años guerreros (2 de octubre de 1953 a 1 de enero de 1964, Planeta). Transcribo a continuación, para responder a la pregunta formulada más arriba, algunos párrafos del prólogo que iba a encabezar esa obra, aunque ya no lo hará, porque era demasiado extenso y lo he comprimido…

“La única literatura que me interesa es la egográfica. De ahí que casi todos mis libros pertenezcan a ese género.

Mis modelos son Montaigne, Walt Whitman, Henry Miller… Hay otros escritores por los que siento estima, a veces muy alta, pero no querría haber escrito sus libros, por admirables que sean, pues me resultan ajenos y mi memoria termina siempre arrinconándolos, cubiertos de polvo, en los cajones del olvido.

Para ser un buen escritor no basta con escribir lo que te gusta leer y te enseña a vivir, pero quien no haga, por lo menos, eso, será siempre, a mi juicio, un mal escritor. Se trata, acogiéndome al socorrido recurso canónico de la lógica aristotélica, de una condición sine qua non, pero insuficiente, pues sin talento no hay buena literatura que valga, de igual modo que tampoco lo hay sin subjetividad por parte de quien la hace.

Llamo mal escritor, a priori y sin otorgarle el beneficio de la duda, a quienes inventan historias supuestamente objetivas pensando en el interés y el gusto de los lectores. Yo nunca lo he hecho y jamás lo haré. Mis deficiencias son otras.

Tales gentes de pluma, pues pecaría yo de injusticia si les negara esa condición, a veces ágil, a veces diestra, a menudo torpe, quieren repicar, tocar pelo, vender, ganar dinero y fama, aparecer en las listas… De ahí que sus libros no sean propios, sino ajenos, y no estén, lato sensu, rubricados, aunque sí firmados. No llevan sello de lacre. Podría haberlos escrito cualquier otro. A mí me interesa sólo la literatura endógena.

Esos autores rinden culto a la moda, al vulgo o a los valores dominantes y son asalariados a sueldo de cualquier postor o impostor.

Yo no vendo libros. Los escribo. Quienes los venden son los editores, los distribuidores y los libreros, y cuando lo hacen, se lo agradezco, pero nada más.

Los libros egográficos y endógenos, a veces, sólo a veces, se venden bien, y eso no está mal e incluso ayuda, da aliento y vigor a quien de su puño y letra los rubrica y pone intransferible sello de lacre, pero no han sido escritos pensando en la tirada, ni en las listas, ni en el éxito, ni en el favor y fervor de los lectores.

Llamo buen escritor, a priori y concediéndole el beneficio de la presunción de calidad, al que sólo intenta escribir los libros que le gusta leer. Yo, a veces, leo por curiosidad o por obligación cultural (la presión del entorno) y profesional (mis programas televisivos), pero cuando lo hago por devoción y en libertad sólo leo memorias, autobiografías, biografías, diarios, epistolarios, confesiones, libros de viajes… Egografías, a condición de que no sean hagiográficas, pues los santorales están reñidos con la literatura.

Tal es la única razón por la que casi todos mis libros, como ya he dicho, pertenecen al género egográfico.

Eso -insisto- no me convierte en un buen escritor, ya que hay egografías malísimas, pero sí garantiza que pueda serlo.

Cuando salió mi primer libro de memorias, Esos días azules, que cubre desde el 1 de enero de 1936, año en que fui concebido y nací, hasta el 2 de octubre de 1953, tuve que someterme, renegando, a la habitual campaña de promoción. Duró sólo un par de semanas, pues aún no había terminado la segunda cuando, yéndome a Tokio para huir del barullo personal y del de las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011, puse aire, tierra y mar por medio, pero en menos de quince días hubo tiempo para someterme al suplicio de casi cien entrevistas.

¡Menudo tute, que zanjé con una espantada! Los editores, antes, se conformaban con que los escritores escribiéramos libros. Ahora, encima, quieren que los ayudemos a venderlos.

Las preguntas formuladas por los entrevistadores fueron, en líneas generales, las que cabía esperar, centrándose casi todos en el sexo y en las confesiones picantes o yéndose por ramas que no salían del tronco de mi libro, pero en algunas ocasiones, ni muchas, ni pocas, indagaron por algo que me sorprendió.

Querían saber, sintiendo o simulando extrañeza, por qué escribía unas memorias.

Algunos sugerían, maliciosos, que si ya no tenía nada que contar o que si daba, con esa decisión, mi vida activa por terminada.

Tales preguntas, como apunto, me sorprendían, porque en ellas se ponía de manifiesto una visión de la literatura distinta por completo a la mía.

Era, también, evidente, que no me entrevistaban por ser escritor, sino por tener fama -decían- de suscitar polémicas y dar titulares. Buscaban al supuesto provocador, cosa que en modo alguno soy, por más que mis ideas y opiniones resulten, a menudo, provocadoras. No les interesaba mi libro ni la persona que lo había escrito, sino el personaje, ajeno a mí, que ellos mismos o sus colegas habían fabricado.

¿Que por qué escribo unas memorias? ¡Caramba, amigos míos! ¡Qué pregunta! ¡Pero si todos los libros que son, o que me parece que son, son egográficos y no son, o no me parece que sean, verdaderos libros los que no lo son!

Ustedes, pensaba yo, aunque no lo decía, ni saben lo que es la literatura ni jamás se han molestado en leer un libro mío. Si quieren, les envío alguno.

¿Dar por terminada mi vida? ¿No tener otras cosas que contar? Si hiciese lo primero, sucedería lo segundo. Así que, por la cuenta que como escritor me trae, escribir memorias equivale a alargar y ensanchar la vida, entre otras cosas, y no a ponerle punto final.”

(Continuará… O no)

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