Se canta lo que se pierde

Han pasado ya 73 días desde que comenzó mi encierro. Hace unos días caí en la cuenta de que había tenido que transcurrir más de siete semanas para que yo reparase en que, además de la libertad que nos han robado, había extraviado muchas más cosas. Había perdido, por ejemplo, las compañías, los encuentros fortuitos. Y también los que un día fueron imprevistos, pero, con el tiempo, terminaron convertidos en rutinas. Había perdido el orden, los horarios, la seguridad de la monotonía, las relaciones que en otros tiempos parecieron firmes, eternas y decididas. Casi me atrevo a decir que había perdido la juventud. El círculo se cerraba -inexorablemente- en torno a las gargantas, a los corazones y al dolorido sentir garcilasiano. ¡Y yo que había fantaseado con encontrarlo todo como lo dejé! Pero lo sabía, en el fondo lo sabía… Al final, te pongas como te pongas y por mucho que la fe se empeñe, los Reyes Magos siempre son los padres. Pero eso ya es agua pasada. Escribo este editorial zarandeada por las decisiones que algunas de las personas más cercanas a mi alma han tomado. Algunos me dicen que, al hilo del encierro, han decidido tomarse la vida a la ligera, digamos. De una forma juvenil, ajena al sufrimiento, minuto a minuto… Tendrán razón. Seguiré su consejo. Hasta Proust lo dijo: lo que la inteligencia nos devuelve con el nombre del pasado, no es pasado. Ya es hora de volver a empezar. No hay mañana. Eso no existe. El todo está en el hoy. Cuando se es joven en esta larga trinchera de la vida, nada parece más desesperadamente deseable que la imprudencia. Lo haré. Y que decida la vida. Tal vez así podré dejar de cantar lo que he perdido y escribir lo que he ganado. Supongo que será fácil. Ser joven, alegre, sonriente, esbelto, despacioso y libre es una cuestión de voluntad y los veintitantos es aún la edad de las risas locas, qué demonios. Será como estar en una perpetua primavera parisiense. 

Y, en el fondo, la primavera es una fiesta, un despertar, un prodigio, una locura, la posibilidad de lo imposible. La primavera lo es todo: los pájaros, las margaritas, las amapolas, las flores, las mimosas, el murmullo del agua. Lo más importante es el sol de mayo y junio. El mundo está cambiando. Y nosotros con él. Llegará el día en que no reconoceremos los colores de la infancia, ni los pájaros ni la vegetación, pero mientras tanto… tao, tao. ¿Saben qué? Me siento ahora joven, ridículamente joven. Libre. Inflamada de libertad. Y no sé por qué me invade ahora una violenta sensación de felicidad y la intuición de que un día voy a morir y que ya no tendré más mi mano sobre la de un amor ni mis ojos sobre el sol de los suyos. Es lo bello y lo terrible, como escribiera Rilke. Más me vale aprovechar y dejar de cantar lo que he perdido para darme cuenta de que, aún sin eso, tengo mucho. Demasiado. ¿Es posible ser feliz en estos tiempos que corren sin desfallecer en el intento? Sí, lo es. La felicidad no está hecha más que de momentos esenciales y compartidos. Y basta con ser amado y amarse apasionadamente para ser dichoso. Sin eso, la belleza nada significa. Con todo eso, gracias a todo eso, el mundo se hace hermoso. Es primavera y pronto vendrá el verano. Por eso yo no tengo la culpa -tampoco el mérito si lo hubiere- de mi sensación de libertad. Ella corre por cuenta del sucederse de los días, porque en la voluntad también manda el ánimo. Adiós invierno sedentario. Hola primavera nómada. Ya siento, gracias a ti, febriles rabos de lagartijas en mis pies. Voy hacia ti ligera de equipaje, vacía de todo y de todos, pero con la legítima satisfacción del deber cumplido. Así podré sentir, después de haber encontrado las sombras fugaces del jardín del Edén, que mi vida sobre la tierra no ha transcurrido en vano. 

4 comentarios sobre “Se canta lo que se pierde

  1. “¿Saben qué?”
    No, Señorita Nouvelle Vague, no sabemos qué, como usted dice (dice por escrito) en su artículo de fundo (supra). Y no lo sabemos, porque eso es un anglo-americanismo tomado del doblaje de las películas. En español ese “saben qué” es ¿SABEN UNA COSA?

    Reciba un afectuoso saludo desde Salamanca (académica palanca)

    Fdo.: Julio Flörsch

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