Vivir al límite

Esta semana entra en imprenta el segundo volumen de mis memorias: Galgo corredor. Los años guerreros. Lo sacará Planeta aún no se sabe cuándo, pero pronto. Dar a luz un nuevo libro es como botar un barco. Éste lo es de mucha eslora, abultada quilla y no poco tonelaje: seiscientas cincuenta páginas de largo y duro trajín. En él caben muchas cosas. El relato, entre ellas, de cómo un aguerrido grupo de universitarios ‒lo que hoy conocemos como Generación del 56‒ se enfrentó al franquismo entre 1953 y 1964. Crónica y, a la vez, acta de todo lo sucedido entre el día de mi desembarco en la universidad y aquel otro, doce años después, en que me fui al exilio. Un período crucial en la historia de España a cuyo trasluz se entiende buena parte de lo que en ella sucedió después. Y sin embargo, por contradictorio que parezca, en mi libro también sostengo que el Madrid de aquella época era la ciudad más libre que he conocido nunca pese a estar sometida a la presión y la represión del Régimen. Una cosa es la política y otra, que poco tiene que ver con ella, es la vida. Fugit tempus, sí, pues este Madrid de ahora es, en cambio, la ciudad más reprimida en la que he vivido y en la que probablemente, con tanta y tanta hipotética e hipnótica amenaza de rebrote de la pandemia, me tocará morir. Certifica mi testamento que ya tengo tumba asignada en un rincón del cementerio de Castilfrío y que deseo ser inhumado allí, pero no sé si las reiteradas prolongaciones del estado de cautiverio y el subsiguiente trágala de la nueva normalidad (perdón por el oxímoron, que no es de mi cosecha) permitirán que mi féretro sea trasladado a ella. Hoy por hoy, desde luego, no sería posible, aunque menuda papeleta para los agentes del orden que recaben nada más salir de Madrid el salvoconducto de rigor (mortis, en este caso). Diré a los de la funeraria que lleven, por si acaso, el ataúd de par en par, pues como bien dice el Tenorio muertos hay que gozan de buena salud. «Perdone que no me levante, agente, y que tampoco se me levante», diré al cuitado parafraseando el inexistente epitafio de Groucho. Bromas aparte, en mi libro, tal como decía, hay otras cosas y cuento a su socaire cómo en aquellos años y en aquella ciudad abierta, alegre y confiada ‒piensen lo que piensen quienes no la conocieron… Ava Gardner, Orson Welles y Hemingway me darían la razón‒ viví al galope la bohemia, la vida literaria, mis primeros pinitos en ella, la refundación del Partido Comunista, el motín del 56 y mi paso por la cárcel, en la que ingresé tres veces como preso político y permanecí durante diecisiete meses. Ahora también soy un preso político, ¿o es que acaso no son los correligionarios de mis carceleros quienes sostienen que todo es política? Pues no, ni lo era entonces, ni lo es ahora, ni lo será nunca, gracias a Dios. Hay otras cosas, Horacio, bajo la bóveda del cielo y en las páginas de mi libro: literatura, filosofía, aventura, desafío, rebeldía, romanticismo, transgresión y emoción. Y sexo, claro. En esos años me casé, tuve mi primer hijo, me fugué a Italia con el segundo gran amor de mi vida y lo perdí en la brava refriega de un tercer y apasionado romance que tendría larga andadura. Vivir al límite, vivir al día, vivir como si la vida nos fuese en ello y nunca fuera a terminar. De eso habla también la Señorita Nouvelle Vague en el editorial contiguo al mío. La tinta de La Retaguardia es elixir de vida. Estallaría y restallaría ésta en la foto de la redacción del semanario que hoy iba a encabezar nuestros respectivos editoriales, pero la tecnología, que es tan terca como la mula del Papa de Avignon que Daudet evocó en sus Cartas desde mi molino (libro, por cierto, predilecto de mi madre), se ha negado a reproducirla. Imagínenla. Era la misma. Nouvelle Vague y yo somos un equipo. Un equipo de dos. Los muertos, decía Lorca, temen ese número. Nosotros, no. Ni Franco ni Carrillo, cantábamos entonces, no nos moverán. 

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