Abril quebrado: venganza de sangre

Por: Francisco Crespo

Albania, un lejano país a tan sólo 75 kilómetros de Italia, mar Adriático mediante. El país de los albaneses se me antoja distante, silente, encerrado en sí mismo, pero forma parte de nuestra Europa y de la tradición balcánica. Cercano en la distancia y la historia, pero lejanas la imagen e idea necesarias para sentirlo familiar, la literatura de Ismail Kadaré es un camino seguro para acercarse a su historia y gentes.

Abril quebrado (Alianza Editorial, 2012) es un retrato del Kanun y la venganza de sangre. Gjorg Berisha es un joven que debe cobrarse la sangre de un miembro de una familia rival, envueltos ambos clanes en una mortal espiral de venganza iniciada generaciones atrás. Pronto el hecho se consuma, y Gjorg se convierte en deudor cuya sangre debe cobrarse ahora la familia rival. Comienza así para él un tránsito de angustia durante un mes de abril que muy bien podría ser el último: un abril quebrado. El cumplimiento de sus obligaciones, primero como vengador de la sangre e instantáneamente como deudor; las treguas temporales entre las familias acordadas siempre por un mediador; la espera de los allegados del muerto para poder ejecutar su venganza; el paso de los días en que ambas familias deben, desde posiciones totalmente opuestas aunque completamente reguladas, mantener su honor no contraviniendo la tradición heredada del pasado, conforman el cuerpo de una narración que revela antiguas prácticas tribales. 

Tal relación cíclica de venganzas entre clanes sirve a Kadaré para desentrañar algunos de los aspectos más sorprendentes del citado Kanun, un código consuetudinario de tradición oral con más de seiscientos años de historia extendido en la región norte de Albania, Kosovo y partes de Montenegro. Esta serie de normas, registrada en papel por primera vez en el siglo XIX, regula el rito religioso, la vida familiar, el matrimonio, el honor, la justicia, la propiedad y otros asuntos diversos, cuyo aspecto más impactante es la venganza de sangre, una forma de justicia reglada metódicamente. El Kanun dispone que una afrenta ―incluso verbal― puede ser vengada matando al ofensor, pero también señala que quien ha tomado venganza debe ser, a su vez, asesinado por la familia rival. Cuestión de honor. Se entra así en un ciclo de venganzas recíprocas de complicada solución. Desde hace décadas la venganza de sangre está prohibida, aunque en numerosas regiones sigue siendo observada y se mantienen gestos y exigencias del código que resultan casi agrestes. Como la que indica que si quien debe cobrarse la sangre de un rival no lo hace, su entorno social tiene derecho a recordárselo, tradicionalmente poniéndole una bala dentro del vaso que, por ejemplo, haya podido ser invitado a beber.

Paralelamente a los avatares de las dos familias enfrentadas en Abril quebrado, participa un personaje obsesionado con semejantes historias de revancha, introducido por Kadaré para cumplir una función específica. Se trata de un joven escritor de la capital, Besian Vorpsi, quien recién casado viaja con su esposa de luna de miel a las tierras de los montañeses del Rrafsh, buscando imbuirse en su idiosincrasia y vivir de cerca las regulaciones del honor de la sangre. Es por boca suya y en diálogos con su mujer que Kadaré revela numerosas de las particularidades del Kanun que aparecen en la novela, a la vez que presenta el Rrafsh como un territorio casi mítico: «Los verdaderos montañeses están allí, en el Rrafsh, le dijo cierta noche, señalando con la mano una dirección que más parecía mostrar las alturas celestiales que punto alguno del horizonte, como si el Rrafsh del norte se encontrara en el cielo y no en la tierra». Cumpliendo los deseos del entusiasta escritor, el matrimonio alcanza en carruaje la región deseada con la ilusión de quien acude a presenciar un esperado espectáculo, cruzándose sus vidas con las de los clanes enfrentados.

La obra literaria de Kadaré es un retrato de Albania, y en Abril quebrado muestra una parte de su historia desconcertante. Y si leer a Kadaré es leer Albania, igualmente su lectura es encontrarse recurrentemente con la lluvia, las nubes, un entorno gris. La casi constante presencia de un cielo plomizo es un recurso que emplea con mano maestra, pues no empapa a sus narraciones de melancolía, sino de una sobresaliente incertidumbre y tensión contenida. En esta novela el empleo del recurso no escasea, y cuando no llueve, el sol casi siempre está entre nubes, intuyéndose más que viéndose, como una alegoría de la vida del protagonista: Gjorg está vivo, pero su condición de deudor de sangre le priva de la plenitud. Kadaré hizo con esta novela una obra espléndida en fondo y forma. Su rico y ordenado estilo se diría innato. Kadaré sabe escribir y contar, y su traductor, Ramón Sánchez Lizarralde, sabe traducir y adecuar. No se le puede pedir más a esta edición de Alianza Editorial.

La lejana Albania sigue allí, cercana su geografía. A 75 kilómetros de Italia, mar Adriático mediante. Su tierra, colmada con cerca de seis búnkeres defensivos por kilómetro cuadrado, es un lienzo insólito. El misterio albanés ―el poso tribal en su idiosincrasia, la mayoría musulmana en un país europeo, la regulación ancestral del crimen de honor― se me sigue antojando distante. Una importante disposición del Kanun señala que el hogar es inviolable y, por tanto, nadie puede ser atacado en su casa. La disposición es estrictamente respetada. Actualmente centenares de hombres llevan años o décadas sin salir de sus casas.

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