Egografía

Por: Fernando Sánchez Dragó

El 28 de febrero de 1571 Michel de Montaigne cumplió treinta y ocho años, abandonó su vida pública, en la que había llegado muy lejos, trasladó su biblioteca de mil volúmenes al torreón que despuntaba en una de las esquinas de su heredad, se encerró en él de por vida y tomó la decisión de pasar el resto de ésta escribiendo ensayos acerca del único asunto que le parecía interesante: él mismo. Fue ése uno de los momentos estelares, como diría Zweig, de la historia del pensamiento, pues a partir de tan drástica y lúcida decisión comenzó a volar alto, muy alto, y terminó convirtiéndose en lo que ya nunca dejaría de ser: un magister, un sabio, un auriga del nosce te ipsum y, a mi juicio, y al de muchos, uno de los diez escritores más grandes que el mundo ha conocido.

¿Quiénes serían los otros? Homero, Esquilo, Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Voltaire, Leopardi, Dostoievski, Rilke, Hemingway… ¡Caramba! Ya van doce, con Montaigne. ¿Me olvido de algunos? Seguro que sí. Pónganlos ustedes.

La egografía es el único género literario que me interesa como lector y, por supuesto, como escritor. Los espíritus mediocres creen que es una manifestación de narcisismo, cuando es en realidad exactamente lo contrario: la tentativa de alcanzar el yo mediante la destrucción del ego.

Curioso resulta descubrir que hasta las Confesiones de san Agustín, que son del siglo IV, nadie se atrevió a reconocer abiertamente lo que acabo de exponer. Todos los autores, hasta ese instante, recurrían al trampantojo de la tercera persona. Y siguieron haciéndolo, con la citada salvedad, hasta que once siglos más tarde se quitó la careta Benvenuto Cellini, siguió Cardano, llegó Rousseau y la veda quedó levantada. Hoy los egógrafos son legión. La literatura de calidad, alejada de las listas de los más vendidos, se concentra en ese género.

El filósofo Alexander Pope había dicho: “Conócete, pues, a ti mismo. No te tomes la libertad de juzgar a Dios. A quien debe estudiar el hombre es al hombre” (cito a través de David Eagleman, Incógnito. Las vidas secretas del cerebro, Anagrama).

Razón llevaba. Toda la literatura digna de ese nombre, desde La Odisea hasta las novelas de Hemingway, es estrictamente autobiográfica. Flaubert no tenía tetas, pero dijo que la señora Bovary era él. ¿A quién demonios le importa lo que un plumífero presuntuoso invente a cuento de lo que hace en sus ratos libres un ama de casa aburrida con el apuesto o barrigudo varón que se cruza en su camino?

Sólo cabe conocer lo que llevamos dentro y sólo el necio escribe sobre lo que desconoce: las vidas ajenas.

Y, sin embargo, y de ahí la dificultad de la empresa, la primera conclusión a la que llegó Montaigne (lo apunta Eagleman) fue la de que vana, en cierto modo, es la tarea del nosce te ipsum, porque el yo cambia continuamente y desafía cualquier descripción firme y duradera.

“Eso no le impidió seguir investigando… Su pregunta resuena a través de los siglos: Que sais-je?”.

Es decir: ¿qué sé yo?

En ello andamos.

Un comentario en “Egografía

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: