El misterio del coronavirus en Japón

Por: Javier Martínez Herrero. Corresponsal en Japón.

En mi anterior crónica, de 5 de abril, señalaba la inquietud generada en Japón por un brusco aumento en el número de infectados, que justo dos días después llevaría al primer ministro Abe a declarar el estado de alarma en Tokio y otras seis provincias.

Diversos medios de comunicación calificaron la medida de tardía. Se llegó a sugerir que Japón, igual que los Estados Unidos y el Reino Unido, había esperado demasiado tiempo y ahora su precario sistema hospitalario corría el riesgo de un colapso.

En efecto, su talón de Aquiles era la escasez de camas para cuidados intensivos. Si Italia se había enfrentado al Covid-19 con sólo 12 por 100.000 personas, muy por debajo de las 29 en Alemania, el número en Japón era de 7. A esto se añadía la escasez de material protector del personal sanitario.

En esta situación, el número de infectados y fallecidos desde el 5 de abril (hasta esa fecha algo menos de 4.000 y 78 respectivamente) experimentó una subida brusca: justo dos semanas después, los infectados ascendían a más de 11.000 y los muertos, a 259. ¿Había llegado también a Japón, como había ocurrido en Italia, España y después en Nueva York, el temido overshoot, la explosión vírica causante de horrores sin cuento? 

Agoreros extranjeros, particularmente en las redes sociales, lo venían anunciando. ¿Cómo era posible que los trenes continuaran abarrotados en las horas punta, que multitudes fueran a los parques a disfrutar de la floración de los cerezos y que restaurantes y tabernas no hubieran colgado ya el cartel de “cerrado”? Si a esta “conducta inconsciente” se añadía la sospecha de que el Gobierno ocultaba los números reales de infectados y muertos, la brusca subida de ambos era, sin duda, la confirmación del comienzo de una explosión vírica que causaría decenas de miles de muertes. El Gobierno respondió con la extensión del estado de alarma a todo el país el día 16 de abril. 

No sé si contagiado por este pesimismo, un miembro del comité de asesores al Gobierno llegó a poner la cifra de fallecidos en 420.000 si no disminuían los contactos personales en un 80% y la gente no se aislaba en sus casas, como recomendaban las autoridades. 

Estos cálculos metieron el resuello en el cuerpo de muchos japoneses. ¿Era, sin embargo, verosímil que la hidra, después de tres meses en relativo reposo, sacara sus siete cabezas cuando, con el aumento del calor y la humedad, se la suponía más débil? Los agoreros no parecían dudarlo: Nueva York era el espejo en que pronto Tokio y Osaka se mirarían. 

Estos agoreros no conocían la precaución característica del japonés, que había observado no sólo lo ocurrido en Wuhan, sino también el terrible sufrimiento en Europa. No conocían que en los supermercados los productos de desinfección iban desapareciendo (a día de hoy, mediados de mayo, todavía siguen agotados, al menos en mi barrio). El japonés, de por sí limpio y ayudado por costumbres como llevar mascarillas y evitar el contacto físico en los saludos, extremaba sus medidas de higiene. Esta conducta tuvo, indirectamente, un resultado tan sorprendente como beneficioso en otra enfermedad: mientras en un año normal el virus de la gripe infecta entre diez y once millones de personas, en el invierno de 2019-2020 menos de cuatro millones habían sufrido sus efectos. ¡Una tercera parte! 

Sin embargo, el coronavirus no es el virus gripal: la capacidad de infección del primero es mucho mayor. ¿Por qué la diferencia entre Japón y algunos países occidentales era tan abismal? ¿Se podía explicar solamente por el alto nivel de higiene tanto personal como social? 

Es cierto que en los trenes abarrotados de gente, ésta, casi en su totalidad y desde mucho antes del estado de alarma, llevaba mascarillas y evitaba la conversación. Pero esto no ocurre en las innumerables tabernas y restaurantes, y mucho menos en los clubes nocturnos. Solamente en Tokio, de estos últimos se cuentan unos 7.000, donde las cabareteras se sientan, pegadas sus piernas a las de los clientes, en lugares cerrados y, en general, de difícil ventilación. ¿Cómo no se producía en estos lugares una multitud de contagios?

¿O quizás, y sin que nadie lo previera, se estaba incubando una explosión vírica similar a la de Europa y Estados Unidos? En Tokio, de poco más de una docena de infectados al día a principios de abril, se había pasado en dos semanas a más de 200. La alarma estaba servida: con esa misma progresión la catástrofe era ineludible; los 420.000 muertos del experto asesor impactaban en nuestras mentes. 

Millones de personas acudíamos cada noche al canal nacional NHK con el temor de que los agoreros hubieran acertado en su pronóstico y en breve las imágenes que habíamos presenciado con horror en Italia, España y Nueva York formaran parte de nuestra realidad en ciudades como Tokio y Osaka.

Este temor resultó infundado: el máximo de infectados en un día, en Tokio, quedó en 202. Los números fueron bajando hasta llegar a los dos dígitos a finales de abril y a poco más de una decena en la segunda semana de mayo. Al acabar ésta, el día 17 Tokio dio 5 infectados (todos ellos con el origen de la infección conocido), y la provincia de Osaka, por primera vez en 69 días, 0. El número total de fallecidos por el coronavirus ese mismo día 17 de mayo, fue de 15 en todo Japón.

Confiado en estos avances, el Gobierno suspendió, el día 21, el estado de alarma en todo el Japón, excepto en la zona metropolitana de Tokio y Hokkaido, donde está previsto que, como muy tarde, se vuelva a la normalidad a finales de mes.

¿A qué se debe este éxito, sobre todo si tenemos en cuenta que la recomendación de OMS de “¡test, test, test!”, sólo se ha cumplido en los casos más sospechosos?

En mi anterior crónica cité diversas fuentes que lo atribuían al uso obligatorio de la tuberculina, BCG

Posteriormente, en un artículo en Bloomberg: Fewer deaths seen in places that mandate TB vaccine, Akshat Rathi incidía en esa teoría: “Ya se está ensayando esta vacuna en personal sanitario y gente mayor, aunque los resultados no se conocerán hasta dentro de un par de meses”. (El mapa de dicha vacuna se puede ver en bcgatlas. org/index.php)

El Nóbel de Medicina, Tasuku Honjo, cree que la vacuna BCG “supone un fuerte impulso al nivel de inmunidad general” del organismo inoculado, y esto “podría ser de mucha ayuda a la hora de frenar el coronavirus”. También señala la diferencia genética entre caucásicos y asiáticos, en lo que se refiere a los antígenos leucocitarios humanos (HLA), como otra posible causa de la menor incidencia del Covid-19 en países como Taiwán y Japón. 

Ambos países, con 7 y 765 fallecidos respectivamente (18 de mayo), ofrecen un futuro esperanzador en la lucha contra el coronavirus. De todos los factores que se han dado para explicar su éxito: un alto grado de higiene, previsión, eficiencia, cumplimiento de las directrices gubernamentales, BCG y HLA, sólo este último queda fuera del alcance de España y otros muchos países. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: