Joselito el Gallo: el torero más moderno está vivo

Por: Fernando González Viñas. Corresponsal en Tokio.

Se conmemoran hoy cien años de la muerte de Joselito en la arena de color sol de atardecer en Talavera y confieso que mi primer contacto con el torero de la estirpe de los Gallo fueron recuerdos de su muerte. Recorriendo una exposición di con vitrinas repletas de diarios que recogían la noticia de su trágico encuentro con el toro Bailaor. Aún no había yo leído el Belmonte de Chaves Nogales, posiblemente la primera información que nos llegó a muchos de un Joselito vivo, espléndido, soleado, aunque fuese como reverso del cubista de Triana. La luz que suponía la presencia del diestro en los círculos míticos donde se celebra la vida y a la vez la muerte cayó muy pronto en la tiniebla. A los 25 años pasó de ser un héroe vivo a eso que tanto gusta en el mundo de los toros, el mito de estilo homérico: «Canta oh, diosa la cólera del Pelida Aquiles…».

Los héroes mueren lo antes posible para resucitar para siempre, y como una premonición, Joselito debutó con doce años un Domingo de Resurrección en el que lloró por no ser capaz de matar al becerro. Las lágrimas de su cuñado Ignacio Sánchez Mejías, torero, escritor, presidente del Real Betis y factótum de la generación del 27, recogidas en una fotografía mítica (de Campúa) con el torero yacente, eran las lágrimas de un país que no se creían que el fulgor de la tauromaquia quedase eclipsado «ad aeternum». Tanta era su luz que en otra recordada fotografía, obra de Montilla, Joselito posa junto a su hermano Rafael y los toreros cordobeses Machaquito y Guerrita. Los cuatro van vestidos de corto y en la imagen, en blanco y negro, Joselito es el único que lleva el traje claro, luminoso. Los demás, símbolo todos ellos de la tauromaquia grandilocuente, visten de negro, como si ya llevasen prematuro luto por él.

La muerte, una vez más, alcanzando a quien se creía perfecto, la muerte, esculpida por Mariano Benlliure en el mausoleo del torero, un cortejo fúnebre que lo muestra dentro del féretro, en blanco mármol, sostenido por sus allegados, figuras en bronce vencidas por el dolor, desde su cuñado Mejías al ganadero Eduardo Miura. El dolor, la muerte, el torero, la tauromaquia. Ahora, en mitad de una pandemia mortal, recordamos una muerte, una sola, la de una sola persona, un solo hombre, arrancado todos los años de las garras del olvido. Todos los aficionados se acuerdan de la fecha: 16 de mayo de 1920. ¿Quién recuerda su nacimiento y su vida? También fue en mayo, un día 8 de mayo de 1895, el mismo año en que los hermanos Lumière proyectaron en París la primera película de la historia del cine: «Salida de los obreros de la fábrica de Lyon Monplaisir».

El cinematógrafo ha permitido que aún podamos ver la luz de Joselito, su sonrisa fijada en imágenes vetustas en las que se pasea por la plaza sabiendo quién es. Sin embargo, nosotros hemos preferido recordar al torero por el año de su muerte, el año que se estrenaron tres películas de terror: «El Golem» (Carl Boese y Paul Wegener), «El gabinete del doctor Caligary» (Robert Wiene) y «Doctor Jeckyll y Mr. Hyde» (John S. Robertson).

Joselito, el héroe más cuerdo de todos los que jugaban al toro en el ruedo, sin saberlo, súbitamente, ganaba la partida a Belmonte entregando su vida a la leyenda. Jeckyl y Hyde, Joselito y Belmonte en un paralelismo de su aportación a la tauromaquia, los dos, tan distintos, eran uno solo. Chaves Nogales fijó a Belmonte para la posteridad con su libro. Joselito tuvo que esperar más, y por suerte, una magnífica reedición revisada, tinta fresca y luminosa, ha recobrado para la vida a Joselito, «El rey de los toreros» (Paco Aguado, El paseo editorial), para que sepamos quién fue verdaderamente y qué significó aquel sol de los Gallo cuya muerte nos gusta recordar. Curiosamente, la pandemia de 1918 también hace acto de presencia en esta magnífica biografía, pues Joselito no pudo torear ese año en Zaragoza por causa de la llamada «gripe española».

En muchas ocasiones, la muerte se antepone a la vida en la figura de los toreros. Este país ama y esconde la muerte al mismo tiempo. Este y muchos otros, por eso los diarios de medio mundo gustan de recordar en las efemérides el día de la muerte de los que nos precedieron. Los héroes de la guerra dieron paso a los de la ciencia y las artes. Hoy celebramos la efeméride de la muerte (y resurrección en leyenda) de quien aunaba ser héroe, científico del ruedo y artista. Lo llamaban Joselito, y lo recordamos resplandeciendo en blanco y negro.

Fuente: La Razón

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