Libre te quiero

Detesto que mis estados de ánimo, mis reacciones, mis comentarios o mis mensajes den lugar a disquisiciones de hermenéutica con intervención de propios y extraños. En la intimidad y con mi círculo más cercano cuento cosas sólo para que ellos las sepan, no para que las consideren como una especie de moción presentada a las Naciones Unidas y pendientes de voto. ¿Por qué las personas se atreven a dar consejos y a juzgar las acciones de los demás? Yo intento no hacer ni lo uno ni lo otro. Aconsejar, y no digamos opinar, es intervenir fría y mecánicamente desde fuera, salirse de madre, meter la oveja en el corral ajeno, creer que las experiencias y el ánimo son cuantitativas e intercambiables, contar el dinero del vecino, pecar de presunción, proponerse como ejemplo y olvidar que cada decisión se forja en la fragua de cada uno. Si se puede ser novio, novia, amigo o amiga, no es desde luego educando o trazando para el otro una línea de tiza blanca con el objetivo último de que ésta sea seguida por unos y otros con la cabeza baja, sino permitiendo que florezca entre todos y para todos una franja, imborrable, de libertad. 

Esa norma debería servir para todo. Por ejemplo, en las relaciones entre un hombre y una mujer (sentimentales, se entiende) uno se desnuda ante el otro y éste, sin discutirlo ni poner un mal gesto, lo acepta de forma plena. Cada uno es como es y lo lógico sería poder revelar la propia persona y recibir amor por ello. Amar y levantar el dedo índice en señal de orden o superioridad de creencias y caracteres siempre han sido conceptos reñidos, pero hoy en día, todo vale. Eso me descompone. ¿Por qué hay quien subraya con poderío la diferencia entre mi carácter y el de otro? Eso no debería ser materia opinable. La psicología me avala. La salud mental depende de la coincidencia entre lo que se quiere hacer, o como se quiera estar, y lo que se hace. Algunos se refieren a ello con algún palabro técnico. Yo lo llamo felicidad. Y, por eso, un día se ríe y al otro se llora. Nuestra personalidad crea impulsos para que sean obedecidos por uno mismo. Nada más. Y, precisamente, ser consciente de eso, de que la tristeza y la felicidad están azarosamente agazapadas en todas las esquinas de la existencia y separadas por la misma distancia, es una bonita forma de sentirse vivo. Y libre. Disculpen el exabrupto. La semana que viene, más.

2 comentarios sobre “Libre te quiero

  1. Es así de logico y natural como lo trasmite en su editorial ,
    el razonamiento d lo q es pensar y opinar ,y el sentimiento, lo q es querer y pensar.
    cdo se comparte ,cuando se descubre al otro, libre y honestamnte
    no debe ser jamás amado o rechazado en función d q se comparta o entienda igual o desigual !

    ….so easy like that!

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  2. La diferencia entre mi carácter y el del otro/a está en el respeto y en el grado de idiotez….., lo de recibir amor es más complicado; es más fácil y positivo darlo

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