Literatura y medida de la cintura

Por: Fernando Sánchez Dragó

Dice una frase hecha que todo lo que no mata, engorda. Cierto, pero también cabe dar la vuelta a esa frase sin que pierda un ápice de su veracidad. Por ejemplo: todo lo que no engorda, cura. Es, una vez más, la voz del pueblo la que avala el dictum clásico de la medicina en lo que al mantenimiento de la salud se refiere: mucho trato, poco plato y mucha suela de zapato. De acuerdo en lo último. Faulkner decía que un paisaje sólo se conquista yendo a pie y yo, fiel a esa norma, creo haber conquistado muchos. Disiento ligeramente de lo primero por ser cuestión más de gusto y de carácter que de salud. Clásico es también el verso de Lope: «A mis soledades voy,  / de mis soledades vengo,  / porque para andar conmigo  / me bastan los pensamientos». La pandemia del coronavirus, sin ir más lejos (y cuidado que la tenemos cerca), tiene infinidad de causas, pero uno de sus principales caldos de cultivo ha sido el empeño de los seres humanos en ser, como dijese Aristóteles, animales políticos (zoon politikon), a la manera de los borregos, las abejas y las hormigas, y no émulos de los iconos de mi santoral totémico, que son el gato, el escarabajo, el lagarto, el lobo y el oso, tan solitarios todos como Sinuhé, el egipcio, que vivió en soledad durante todos los años de su vida y que es, entre todos los héroes de la literatura, junto a Guillermo Brown ―al que ya pocos conocen― y Tom Sawyer ―del que ya casi nadie se acuerda―, mi favorito. Sinuhé, por cierto, era médico, y a mí me habría gustado serlo, como lo demuestran uno de mis libros (Shangri-La. El elixir de la eterna juventud, Planeta) y los doce años largos que llevo ya encaramado el capitel de esta columna genéricamente dedicada a la salud. Pero vamos, antes de que su fuste se me acabe, con el segundo punto: el que se refiere ―poco plato― a la conveniencia de no excederse en la comida. Mejor, desde luego, el relativo ayuno, siempre, como todo, con moderación, que la gula, no en balde incluida por el catecismo cristiano (y no digamos por el budista, el hinduista, el taoísta y el musulmán) entre los pecados capitales. Parece ser que ahora, con la vaina del cautiverio, menudean los michelines, las mollas y las papadas. No es mi caso. Peso casi dos kilos menos de lo que pesaba cuando me encerré. ¿Cuestión de genes? Quizá, pero también hay truco. Tendré que dejarlo para la próxima columna. Se me acabó, como temía, el fuste de la que aquí termina. Coman poco. Sabe mejor.

Artículo publicado en La Razón el 17 de mayo de 2020.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: