Novena semana en los diarios de Ayanta

19 de Mayo

A mí lo que me pasa es que no soporto que me cambien nada. Me gusta que todo permanezca igual. A veces incluso lo malo. Por eso mi madre me llamaba la bambina antica, la niña antigua. No por antigua, sino por conservadora.

Este rasgo de mi carácter hace que las mudanzas del tiempo me estremezcan y que ande siempre alternando la nostalgia de lo que perdí con la melancolía de lo que ni siquiera viví. 

O sea, una permanente insatisfacción

Un desastre sin solución.  

Uno de los efectos indeseables de mi zozobra es que padezco el prurito, la exigencia, de convertirme en la heredera universal de mi familia. Y no me refiero al dinero, porque el dinero me importa un bledo, sino al legado emocional, intelectual, trascendental de quienes me preceden. Si mi abuela tenía por costumbre hacer tal cosa, o mi padre tiene tal otra, mi deber es mantenerla viva. Debo evitar que deje de hacerse, que caiga en el olvido. Que muera.

El resultado de esta fijación es que no paro de trabajar. 

De sol a sol. Y de lunes a domingo.

Soy una coleccionista de la memoria.

Casas, jardines, libros, tartas, pueblos, ciudades, mares, países, paisajes, viajes, gentes, diarios, novelas, fotografías, objetos.

Y zapatitos infantiles. En las estanterías. En mi escritorio. 

Unas botitas de cordón, dos pares de zapatillas de pana, unos zapatos de flamenco con sus lunares, unas sandalias rosas tan pequeñas que no tienen número. 

Me recuerdan las medidas de mis hijos. 

Las medidas de todas las cosas. 

Y me muero de pena. 

Y de alegría. 

Un batiburrillo inagotable de sentimientos exacerbados, y más estos días que nos han puesto del revés. No ando con los pies, sino con las manos. Se me ha bajado la sangre a la cabeza, tengo los brazos entumecidos, las piernas por los aires y las faldas a la altura de los ojos. 

Mantener el equilibrio no es una tarea fácil. 

Pero nadie dijo nunca que fuera fácil. 

Esa también es nuestra herencia.

Ya somos el olvido que seremos. 

Lo escribió Borges. 

Y yo no me lo creo. 

20 de Mayo

Planeo mi verano. 

En un arrebato de entusiasmo, simulando una normalidad que no existe, compro un billete de ida y vuelta para irme a mi pueblo italiano durante el mes de agosto. 

Se lo comunico a mi familia. 

Mi hermana Sandra me contesta: 

Iremos todos a recogerte al puerto de Génova con banderitas y confetis, como en la película de Frank Capra.

Se refiere a “Un gángster para un milagro”, en la que una mendiga vende manzanas de la suerte a un malhechor y resulta que el malhechor se convierte en la manzana de la suerte de la mendiga. Una parábola clásica del mejor cine americano.  

Mi hermana y yo la veíamos en una tele tan vieja que transformaba el color en blanco y negro. De manera que las milagrosas manzanas, en las manos trémulas de Bette Davis, no eran rojas, sino grises. 

Sin embargo, nunca hubo unas frutas más coloradas. 

Y nunca lloramos tanto y tan bien. 

El esperado reencuentro entre la pordiosera convertida en dama y la hija hecha mujer, en medio del gentío de un bullicioso puerto jaspeado de pañuelos al viento, nos demostraba que la vida podía ser hermosa.

Debía ser hermosa.

Sandra, maga de las palabras, ha conseguido condensar todo esto en una sola frase. Una frase que no me ha enviado por teléfono como podría parecer. Qué va. No es su estilo.

En realidad la ha escrito en un papel, que ha enrollado en una botella con tapón de corcho, que ha lanzado al mar.

Al mar de nuestra infancia.

La botella ha cruzado el Mediterráneo, ha cruzado el tiempo, ha llegado hasta mí. 

Y al destaparla, un humo que olía a final feliz, me ha hecho sonreír. 

Eso es una hermana. 

Y lo demás, son tonterías. 

La hermana Sandra.

21 de mayo

Yo tenía una abuela con los ojos tan azules y el pelo tan rubio que no parecía de la familia. La quería mucho porque pensaba que la habían adoptado, y que ella no lo sabía. 

Se llamaba Elena y era la mujer más buena que he conocido.

Iba a misa cada domingo, aunque más que católica se consideraba franciscana. Razón por la cual afirmaba que todos los animalitos eran animalitos de Dios. 

Una enseñanza que he observado religiosamente hasta ayer. 

Cada madrugada salgo de la radio y me encamino hacia casa. Un paseo de apenas diez minutos que me resulta agradable para acabar el día. Especialmente cuando hace bueno y me vuelvo a creer joven y pienso que un amor me espera al otro lado de la cama. 

Sin embargo, a las tres de la mañana de hoy, lo único que hacía es mucho calor. Ni me creía joven, ni me esperaba un amor. Y encima a cada paso espantaba un batallón de cucarachas.

Nada me produce mayor espanto.

Sudores, mareos, alucinaciones.

Yo a las cucarachas no las veo como animalitos de Dios, sino más bien como alimañas del diablo. Soy incapaz de matarlas. Huyo de ellas y prefiero dormir en un hotel, o en el sofá de algún amigo, con tal de evitar cualquier confrontación.

Pero anoche… ay, anoche. Anoche tenía yo una mala noche, lo reconozco. Que si la prórroga del Estado de Alarma, la obligatoriedad de las mascarillas en la calle, la parcelación de las playas, los dos metros de distancia en las piscinas, el avatar de uno mismo en las tiendas para probarse la ropa, la confirmación de que España se niega a abrir la frontera sin cuarentena y alguna que otra noticia más consiguieron que anduviera como descabezada.

Salí del trabajo hecha una pena. Y por primera vez, en lugar de achantarme ante el vagabundeo insulso de los insectos acharolados, en cuyo brillante caparazón se reflejaban las farolas, empecé a perseguirlos. 

Loca de rabia. 

Y a aplastarlos.

Loca de alegría.

Un plan sádico que mi abuelita reprobaría. 

Y que sólo Tarantino entendería.

A cada crujido bajo mis sandalias, una risa salvaje en el alma. 

En esas estaba yo cuando me paró la policía. 

Interrumpí mi actividad homicida de inmediato. 

Les enseñé el carnet de prensa. 

Me dedicaron una larga mirada entre sospechosa y lastimera.

Les sonreí con cara de Abeja Maya mientras notaba como una cucaracha correteaba entre mis dedos y luego se colaba por debajo del arco del pie, en un cosquilleo aterrador. 

Disimulé con un rictus demoníaco.

Me despedí de la pareja de picoletos. 

Y pisé fuerte el suelo. 

El insidioso insecto estalló en la planta de mis pies.

Entonces el cielo negro de nubes blancas se partió en dos y aparecieron en la brecha los dos luceros azules de mi abuela. Una luz divina me iluminó cuando su voz retumbó en la soledad de la calle confinada. 

-Los animalitos son animalitos de Dios, hija.

-¿Todos, todos, abuelita?

-Todos, todos, hija.

Alcancé mi casa muy arrepentida por mi maldad. Me metí en la cama exhausta y enseguida llegó el gato Bowie con pinta de felino orgulloso. Saltó a mi vera. 

Traía un regalo para su dueña, que soy yo. 

Me puse las gafas. 

Entre sus fauces bigotudas aprisionaba una cucaracha parda.

Todavía movía las patitas.

22 de Mayo

Cuando cumplí los doce nos trasladamos a Nairobi. No vivíamos en una granja a los pies de las colinas del Ngong, como Karen Blixen. La nuestra era una casa más a lo Gerald Durrell, porque en una ocasión se coló un rinoceronte en el jardín. 

Y porque mi familia era una extraña familia. 

En las noches claras se recortaba en el cielo la caperuza siempre nevada del Kilimanjaro. Quedaba suspendida en lo negro como una luna más. Así que, desde mi cama, veía dos lunas. 

Una redonda. Que era un planeta.

Otra picuda. Que era una montaña.

  Que parecía la tapa de la cáscara de un huevo. 

En aquellos días africanos me ponía el despertador a las cuatro de la mañana. Saltaba por la ventana de mi cuarto en camisón, me tumbaba en la hierba y cumplía la promesa de mirar la bóveda celeste al tiempo que él. 

Él era un muchacho que había conocido en una piscina municipal, justo una semana antes de irme a vivir a África con mi padre.

Me lo presentó A. y acto seguido me bisbiseó una cosa al oído que despertó mi interés.

-Es huérfano como tú, bueno, peor que tú, porque a él se le han muerto los dos de golpe. 

-¿Cómo de golpe?- 

Le pregunté a A. sin dejar de mirarle, con una flecha clavada en mi corazón. 

-Entiéndeme, quien dice de golpe, dice uno tras otro. 

-¡Y sigue vivo, qué tío valiente!- pensé.

Aquella tarde, sentados en el borde de la alberca con los pies en el agua y el sol vencido en la espalda, nos lo contamos todo. Sin silencios ni medias verdades. 

Un par de veces se rozaron nuestras rodillas raspadas de asfalto. Una vez él rompió a reír y una gota minúscula de saliva quedó prendida en el vello de mi antebrazo. Luego cayó a la piscina la goma de pelo con la que yo andaba jugueteando. 

Él se zambulló de inmediato al rescate y cuando emergió del agua la dejó sobre mi muslo con un manotazo. Tomó impulso para volver a sentarse a mi lado y el charco humedeció mi bañador. Al final quedamos callados, incapaces de añadir nada más al relato de nuestras vidas. 

Pocos días más tarde me subí a un avión con el sabor de un primer y único beso en mis labios. Y el compromiso de contemplar las estrellas a la misma hora.  

Cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que en ese lejano país ni la hora era la misma, ni las estrellas eran las mismas. No había carro, cazo, osa mayor. Dos hemisferios nos separaban. El Norte y el Sur. 

El muchacho huérfano de la alberca era el hombre que siempre me gustó. Y al que nunca hice ni caso.

Tan poco caso le hice que, para paliar la distancia, decidí enviarle una carta al director de Iberia explicándole que tenía doce años y que me había enamorado. Le pedía que me regalara un billete de avión para reencontrarme con mi novio. 

En el sobre puse un sello para España, en el remite la casa en la que se colaban rinocerontes, y como única dirección un nombre: Director de Iberia. 

Nadie me contestó.

Imagino que nunca llegó.

Ahora, treinta años después, de nuevo, lo único que se me ocurre para volver a ver al muchacho de la piscina, al hombre que siempre me gustó, es escribirle una carta al presidente del gobierno.

Espero tener más suerte. 

23 de Mayo

Estimado Presidente del Gobierno: 

Le escribo esta carta porque estoy enamorada. 

No de usted, descuide. Sino de un hombre al que llevo una eternidad esperando. Y al que ahora no consigo ver porque trabaja en otro país. 

Nos persigue una maldición: cuando él llega, yo me voy. Y cuando yo me voy, él llega. Entre las pandemias personales y las universales, nunca logramos que coincidan nuestras intenciones. Cada vez que parece que sí, que ya sí, luego resulta que no, que ahora no. Que luego, quizá. 

Y así, a lo tonto, se nos va a pasar el arroz. 

Si es que no se nos ha pasado ya.

Entiendo que usted cree que tiene otros asuntos más importantes en los que pensar. Pero se equivoca. Porque este problema mío, no es sólo mío. Sino de todo el país. Del mundo entero. 

¡Que tenemos el corazón partío, Presidente!

Hágase cargo. Y cumpla con su promesa de cuidarnos.

Coja hilo y aguja. Y póngase a coser. 

A cada puntada una madre y un hijo juntos.

Un hombre y una mujer juntos.

O dos hombres, dos mujeres, y hasta tres y cuatro. Juntos.

  Y para que no se pinche el dedo, le presto un dedal.

Porque no quiero su sangre. Sólo quiero una fecha. 

¿Cuándo podré verle?

¿Cuándo? 

24 de Mayo

Dimmi quando tu verrai, dimmi quando, quando, quando…
l’anno, l’ora, il giorno in cui, forse tu mi bacerai… 

Me he despertado muy temprano. Y muy cantarina. Atuso las flores, distribuyo las trampas para cucarachas en mi patio. Los gatos Nina y Bowie me observan con ojos de canica tumbados al sol como tigres. 

Cada momento esperaré, hasta cuándo, cuándo, cuándo…

de repente te veré…

Hojeo el periódico sentada entre jazmines. Una foto llama mi atención: un plano cenital de una extensa pradera en la que han dibujado grandes círculos blancos, a dos metros de distancia el uno del otro. En el interior de los círculos familias o grupos de amigos tumbados en el césped. Cada uno en su burbuja pintada. 

Dime cuándo tú vendrás, dime cuándo, cuándo, cuándo…y besándome dirás: no te dejaré jamás…

Dime cuándo olvidaré, todas estas tonterías. Dime ¿cuándo, cuándo cuándo? 

Tarareo. Y me cabreo. 

Cierro el diario. Silbo a E. 

Me saluda desde el tejado. 

-¿Subes?

-¿Con mascarilla?

-Sin mascarilla.

Subo. Me acomodo a su lado, sobre las tejas calientes de sol. 

Aquí arriba huele a cielo.

A libertad.

Y todo vuelve a ser normal. 

Continuará…

3 comentarios sobre “Novena semana en los diarios de Ayanta

  1. Hija de Dios, pero pero, cucarachas aplastadas. Si fueran golondrinas la multa sería de mil pares. A mí, me parecen como a ti bichos repugnantes creadores de enfermedades. Son como las ratas o sus disminutivos ratones seres de otra galaxia que vienen a fastidiar. El 21, a pesar de todo, y de la soledad, el cansancio deja dormir.

    La carta del 23, esa está dónde usted cree. Las papeleras en Moncloa son del tamaño de un campo de fútbol.
    Tenga paciencia, que el amor a veces cuanto más lejos mejor. Soñar con él, a pesar de que no está la parte del gozo, si está la parte de los sueños, las ilusiones, el si te pillo…la fantasía. Dulces sueños pequeña.

    Me gusta

  2. Ayanta: eres estupenda. Os he descubierto como familia en este encierro. Se puede decir que hice un monográfico de los Dragó Barilli. Lo he oído todo. Enhorabuena por tu novela.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: