RES PUBLICA

En castellano deberíamos escribirlo con acento esdrújulo. La Academia, que no la incluye entre las voces de curso oficial, remite a república y la define, en su quinta acepción, como “lugar donde reina el desorden”. Eso, que a menudo resulta cierto, lo es ahora más que nunca. Esta mañana (por la de ayer, lunes) he escuchado en la tele a Errejón, ese Peter Pan disfrazado de monje mendicante, lanzando una prédica limosnera de contenido idéntico, aunque untado con la miel de la hipocresía, calafateado con el azúcar cande del anhelo de poder y embadurnado con la pomadita lisboetade su antiguo jefe, al que esgrimían los bolcheviques en 1917. Daba un poco de jindama, dicho sea en caló, pero no voy a entrar en eso, por ser anecdótico, en días de tan incierto futuro como éstos, que exigen el bálsamo amarillo de lo categórico. Aún más miedo daba echar un vistazo a la prensa del día. La práctica totalidad de las portadas de los periódicos de ámbito nacional (y supongo que lo mismo sucedía en los de alcance comarcal) reproducían el mismo titular: «Salimos más fuertes que nunca». Se trataba, a todas luces, de una consigna emanada de la Secretaría de Comunicación y similar a la que hace años, impuesta por la Generalidad de Cataluña, sirvió de editorial clónico a toda la prensa de la región. Lo nunca visto. Ni siquiera, de hecho, se vio en los años de la mordaza franquista o, por lo menos, caso de que se produjera tan estremecedora unanimidad, este octogenario no lo recuerda. ¿Salimos más fuertes que nunca? Pues no… Salimos más divididos, más débiles, más sumisos y más irresponsables. Ésa es mi opinión. Y lo hacemos, entre otras cosas, por culpa del desorden que reina en todos los ámbitos de la res pública. Lo de desorden es un eufemismo al que recurro por alusión a lo que dice la Academia. Más exacto sería habla de encanallamiento generalizado y generalizado escepticismo. La cosa pública se ha convertido aquí ‒¡Ay de mi España!‒ en una reyerta de navajeros, en una continua gresca tabernaria, en una especie de drama isabelino que deja chiquitas a las tragedias de Shakespeare. Ya sé que en el Kremlin, y en el Vaticano, y en el Ala Oeste, y en el Terror jacobino, y en la Atenas de Pericles, y en la Roma de los césares y en el Egipto de los faraones, y en todas partes, también era así, pero eso antes sirve de desmoralización que de consuelo. Tendríamos que remontarnos a las calendas no precisamente griegas del Rey Felón y de la Reina Castiza para encontrar antecedentes de encanallamiento de la política análogos a los de ahora. Valga sólo, como botón de muestra, la estrategia a la que ha recurrido el Jefe de Gobierno, acorralado por el amancebamiento de sus socios con los proetarras de Bildu y asustado por el crescendo de las protestas populares, para no verse apeado del podio del poder. En cuestión de horas pasó de severo gobernante a Papa Noel, puso cara de angelote bonachón, se comió todo lo dicho sobre la necesidad de mantener la cautela sanitaria hasta el 1 de julio, como poco, abrió el saco de los regalos y se puso a repartir oro, incienso, mirra y cervecitas de grifo entre los gobernados. Algo que suena muy parecido a aquella cínica promesa de Fernando VII cuando dijo que marcharía francamente (y tan francamente, si me permiten el retruécano), con él el primero, por la senda de la Constitución. Hemos pasado del estado de cautiverio al de los panem, circenses, playas, bares, piscinas y abrazos a los abuelitos. Gracias, Presidente, pero no cuela. Ya le hemos visto el plumero.

3 comentarios sobre “RES PUBLICA

  1. Sí, pero es que sucede que cuando el gato no está los ratones bailan. No sé si me explico, pero en cualquier caso esta es una frase muy digna de ser recordada y que usted, Fernando Sánchez Dragó, ha usado como mínimo todas las veces que lo cito usándola en Telemadrid en mi blog de Expresiones del Español, en el que, dicho sea de paso, últimamente la más mirada es NO HAY MAL QUE CIEN AÑOS DURE (entre cuyas citas periodísticas también se ha colado el nombre de Dragó). Saludos al lobo solitario, en el buen sentido de la palabra, y a todos los demás benditos confinados. Ave, Imperator, morituri te salutant.

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