Como un verso de Machado

Monotonía de lluvia tras los cristales. Así estoy esta tarde de martes. Y digo martes porque me ha pillado el toro con el editorial. Faltan menos de veinticuatro horas para que aparezca el undécimo número de La Retaguardia y aporreo el teclado de mi ordenador mientras busco palabras al azar para contarles algo. Demasiado trabajo. La Retaguardia comienza a tener una envergadura como la de un gorila y da más trabajo que un recién nacido. Utilizaré este editorial para lanzar una petición, desesperada, de ayuda: ¿sabrá alguno de los lectores que nos siguen como demonios se puede rentabilizar semejante trabajo? Ahí se lo dejo.

Demasiado trabajo, decía… En casi tres meses de confinamiento no he sacado tiempo para leer más de dos libros. Ahora, en esta mesa desde la que escribo, me acompaña un libro de Antonio Machado. Es viejo, está destartalado y tiene las costuras hechas polvo. Lo llevé conmigo la primera vez que viajé a Soria con el director de este semanario y, desde entonces, vuelvo a él con frecuencia. Basta abrir una página y leer un par de versos al azar para calmar las zozobras que durante estos meses me acechan. Don Antonio es como un buen amigo. Conozco de antiguo su poesía y algunas de sus publicaciones me tendieron la mano en el principio de mi evolución literaria. Y ahora, por una serie de coincidencias, me siento en un contacto más estrecho con él. Supongo que a más lectores les ocurrirá. Un libro compartido es como tener un pasado común y tocar el de Machado. En realidad, todo, como él, somos los que somos, merced a los que fueron. En palabras parece complicado, pero en sentimientos está más claro que la luz del sol. La poesía -como el amor, como la fe, como la historia- es una propiedad colectiva y una colectiva sensación que sólo algunos tienen la fortuna -y el penoso deber- de expresar. La poesía y el poeta (el escritor, en definitiva) cumple una función tan social, tan necesaria, tan determinada y tan concreta como cualquier otra y no aspira, o no debe aspirar, a la efímera satisfacción de su individualismo. 

A mí, la poesía de Machado, me recuerda también a esos miles de jóvenes poetas que hoy escribe en el mundo y que, seguramente, no escribirán mañana. Son retratos del tiempo. Y don Antonio es padre, hijo y hermano de esos poetas, familia de su tiempo, una firma de su España. Y, sin embargo, su poesía murió con él. Lo digo en el inmenso buen sentido de la palabra. Casi todo lo que merece la pena, desaparece con su autor. Y lo hace por una doble razón: porque es hijo de hombres mortales y porque es hijo de principios, de realidades pasajeras. 

Escribir para hoy o para los que vendrán: este es el viejo y doloroso dilema que nos plantea un condenado afán de inmortalidad. Don Antonio hizo ambas cosas: escribir para su tiempo y conseguir que los lectores de hoy en día -como yo- sintamos que todavía tiene veinte años. Que la tierra se los conserve. 

Les dejo hasta la próxima semana. El libro que tengo a mi lado me reclama. 

Un comentario en “Como un verso de Machado

  1. Admirado amigo:
    No sé porqué, pero pensaba que el poema de “La monotonía de la lluvia en los cristales” era de Gabriel y Galán.
    Como siempre, tiene usted razón y es del mayor de los Hermanos Machado.
    Pero a costa de eso, he sentido la necesidad de volver a leer El Embargo, ese poema de Gabriel y Galán escrito en castúo.
    Y ello me ha llevado a pensar en mi último viaje a Asturias, donde las señales de tráfico te dicen que vas a Xixón, y no a Gijón (será por que les sobran turistas).
    Y a raíz de eso, pienso que cuanto más modesto es un pueblo, más demuestra su hidalguía. Una pequeña comunidad, la extremeña, que apenas conoce que existe (o existió) un dialecto, el Castúo, que otros localistas, como los “barandas” que mandan en Asturias, y que tanto abundan en el resto de nuestra España, habrían ya elevado al nivel del Latín.
    Definitivamente estamos rodeados de paletos.

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