Décima semana en los diarios de Ayanta

26 de Mayo

Escribo sobre mis miedos para ahuyentarlos. 

Sin embargo, a menudo, cada vez más a menudo, tengo la impresión de que el resultado es el inverso. De que al soñarlos y al novelarlos, acaban por suceder. Porque nada de lo que sale de mi pluma es del todo mentira o del todo verdad. Mis personajes son personas de carne y hueso, troceados y recosidos. Un picadillo de seres humanos que se cruzaron en mi camino, y dejaron una huella, una muesca, un chispazo. Una estela.

Si los mato en la ficción, quizá mueran en la realidad. Pienso.

Y me lo pienso dos veces, claro. No vaya a ser.

La semana pasada relaté mi llegada a un puerto italiano jaspeado de pañuelos. 

Algo improbable. 

Y esta semana he llamado a una compañía naviera para navegar hasta Roma.

Algo probable. 

Porque mi tía B. ha empeorado. 

Jamás pensé que me vería obligada a semejante viaje, pero el tráfico aéreo sigue paralizado, las fronteras cerradas y la única manera de abrazarla, de cuidarla, de acompañarla es embarcándome. 

Veintidós horas de travesía, mareada de angustia. 

Me preocupa que prohíban incluso el transporte marítimo. En tal caso, lo de la patera que conté algunas páginas atrás, también se haría realidad.

Ya lo veo, me veo. Y no quiero verme.

De ahora en adelante evitaré apuntar aquí mis temores ya que, si pasara lo que presiento, si lo de B. no tuviera cura, tiraría este diario por la borda. 

Y dejaría de escribir. 

¿Tendré la mala suerte de Mary Shelley? Una noche de tormenta y lumbre prendida, la escritora le contó a unos amigos una historia de terror. Aquello empezó como un juego y acabó en un libro. Mary alumbró a Frankenstein. Y su criatura la persiguió siempre, para bien y para mal. Le brindó el éxito literario, pero la convirtió en una desgraciada. Muchos de los sucesos trágicos relatados en las páginas de su novela, le ocurrieron luego en su vida. 

Que no me pase eso a mí…

Borro, borro todo lo anotado. 

Y reescribo: a B. no le va a pasar nada, no tendré que subirme a un cayuco y mi hermana no me lanzará confetis en un muelle ventoso. 

Porque, a partir de este momento, ya no escribiré para ahuyentar mis miedos, sino para atrapar mis deseos.

Lo juro.  

  27 de Mayo

No lo he conseguido. No he podido vencer mis peores presagios con los verbos mágicos de este dietario. B. está muy mal. Me lo acaba de decir mi primo. Por teléfono. Ha sido una conversación tranquila, prudente. Llena de amor. 

Se me va una segunda madre. La primera murió cuando tenía nueve años. La segunda está a punto de marcharse. Y el dolor es doble, porque nunca he logrado que cicatrizaran mis heridas. 

Quería irme de vacaciones con ella, quería llevarla de viaje, quería comprarle regalos, quería hablarle de mis hijos, quería agarrarla del brazo, quería verla conducir por las calles de Roma, quería comer sus buñuelos de manzana. 

Quería quererla.

Eso quería. Quererla. Agradecerle todo lo que me ha dado. Lo que nos ha dado. Sin ella, sin su inteligencia, su rabia y su energía yo no sería quien soy. Somos lo que otros fueron. Los llevamos dentro. Tan dentro que olvidamos que es de ellos lo que creemos nuestro. 

Así que me iré, amigos míos. Me iré remando en mi patera. O me tiraré al mar y llegaré a nado. Y me da igual lo que digan los que mandan. Nada ni nadie va a impedírmelo. Porque sólo yo mando en mi corazón.

Necesito despedirme de ella. 

Despedirme de mí.

28 de Mayo

Cuando no se puede hacer nada más que esperar, mis pensamientos recorren caminos sinuosos. Evoco a los vivos y a los muertos y aparecen bajo una luz arenosa, antigua. Los contemplo fascinada, como si pertenecieran a la vida de otra mujer que no soy yo.

Una tarde de verano, cuando tenía nueve años, B. y y yo fuimos a la playa. Mi tía se tumbó en la arena, debajo de una sombrilla. Llevaba unas gafas de sol, un biquini de actriz y tenía las uñas pintadas de rojo. Era una mujer estilizada, elegante, bellísima. De mayor quería ser como ella. 

Salí del mar con los labios morados y la piel de gallina. La miré tiritando. Mi sombra se reflejó en su figura. Ella se incorporó  y me ofreció una toalla.

-Tápate, que vas a coger frío- me dijo sonriendo.

-Sí, mamá- le contesté. 

Y me quedé aterrada por haberla llamado así. Mamá. Mi madre había muerto seis meses antes y sustituirla me parecía un insulto. O peor. Era como si la matara dos veces. 

-Perdón.  Me equivoqué. B., quería decir.

-No… está muy bien… llámame mamá.

La odié. Volví a tirarme al agua, aunque estuviera helada, aunque tuviera frío. 

Y nunca más volví a confundir su nombre.

Vuelvo a recordar aquella escena. Y me doy cuenta de la dureza de nuestras vidas. De lo difícil que fue para ella. De lo difícil que fue para mí. De lo que tuvimos que luchar para sobreponernos a la muerte de una hermana, a la muerte de una madre, y seguir el camino juntas. Sin llamarnos de ninguna manera.

Pero amándonos de todas las maneras.

29 de Mayo

Hoy nos vamos de excursión. Pasaré el fin de semana en la sierra con unos amigos. Los mismos que han llenado estas páginas durante el confinamiento. Alicia, la vecina amiga. A. y su marido L. También bajará E. de su tejado y nos acompañará Pep, un casi hermano que ha venido de Barcelona para verme.

Saldré del barrio después de muchos meses de encierro. Pero, ahora que puedo, se me han pasado las ganas. Me he acomodado en la soledad de la escritura, en una realidad ficticia que me ha permitido huir de ésta.

Lo único que me apetece de verdad es encontrarme con el hombre que siempre me gustó. Anoche hablé con él hasta las cuatro de la mañana. Y por fin tengo una cita más interesante que la del dentista. Hemos quedado el 15 de junio en la frontera entre Francia y España. Él llegará en coche desde París y yo en tren desde Madrid. Reservaremos una pensión de aquellas en las que la brisa del mar hincha los visillos y en las que lo único que importa es una cama de sábanas blancas.   

Aunque quizá no logremos siquiera cruzar la aduana porque un severo policía nos lo impida. Quedaremos separados por una alambrada, el uno frente al otro. Besándonos a través de la red, con un sabor metálico en nuestras bocas. Y un hatillo a nuestros pies.    

Si lo imagino, me muero un poco.

Mejor me quedo en casa. O mejor me voy a la sierra.

A la espera de que suene el teléfono.

Y alguien me cuente que nada de todo esto es cierto, que cómo he podido creerlo, que soy idiota, que ha sido sólo un mal sueño.

Se ilumina la pantalla del móvil. 

-¿Dígame?

Nadie habla al otro lado de la línea.

Ayanta en el campo.

30 de Mayo

No sé qué me pasó ayer que lloraba sin llorar. 

Desde el principio de nuestra excursión.

Me caían lágrimas por la cara, sin esfuerzo, sin ninguna presión en el pecho y en el vientre. Silenciosas. A borbotones. 

En el coche fuimos Pep, Alicia, E. y yo. No hablamos durante el breve viaje. Estábamos como alucinados. Asombrados por unas naderías en las que antes ni nos fijábamos. Los prados punteados de flores malva que desfilaban por la ventanilla. La gasolinera en la que paramos a repostar. La voz del navegador que nos indicaba el camino. La llegada a una casa en el campo. El encuentro con A. y L. Los boquerones con patatas fritas bajo el porche. El reparto de habitaciones. Y mi mascarilla abandonada sobre la cama, mojada de lágrimas. 

Almorzamos en el jardín. Parecíamos la pandilla de Los Cinco, aunque fuéramos seis. O por lo menos, yo me sentía así, a pesar de mi edad. Dispuesta a cualquier aventura adolescente que nos llevara a descubrir algún secreto y a ser totalmente irresponsables. Un rato, al menos. 

Después de comer nos metimos dentro de la piscina vacía a tomar el sol. Pep, siempre tan reacio a los cariños, se dejó besar. Alicia, hada de mi cuarentena, nos roció con la manguera. A. hizo unos estiramientos musculares lentos, divinos, que acabaron por estirarnos a todos. E. bajaba por la cuesta descendente de azulejos, subido a un bólido rojo de pedales, desnudo, con los pies en alto, sorteando nuestros cuerpos. L. sacaba fotos, porque es otro coleccionista de la memoria. Y mientras el agua embarrada mojaba nuestras espaldas, yo, venga a llorar sin llorar. Una cosa extrañísima. El rimmel corrido, la cara enrojecida, los labios salados. 

Sentada en el bordillo, bebí para aclararme las ideas. Pero todo lo que bebía, lo expulsaba por loS ojos. Y no es que estuviera triste. Ni alegre. Era sólo que no podía evitarlo. Me había convertido en fuente sin querer.   

-¿Qué te pasa, compañera?- me preguntó E.

-Ya ves, que he decidido rellenar la piscina.

Y así seguí toda la tarde y toda la noche y a la mañana siguiente pudimos bañarnos en un agua clara, salina. Llena de mí, llena de ellos. Se limpiaron los malos rollos. Y pensé que estábamos sanos, vivos, juntos, y que eso era lo único que importaba. 

Porque lo demás, no tiene solución. 

31 de Mayo

Después de tanto llorar, me puse graciosa, gatuna, coqueta. Y marqué su número. Y le dije todo lo que se me pasó por la cabeza. Todo lo que una mujer puede susurrarle a un hombre por teléfono, envuelta en un camisón hecho de sábanas y nada más. 

Sólo nuestras voces.

-Ayanta, por favor, no me hagas esto. 

-¿Que no te haga el qué? Si no te hago nada…

Y continué. Boca arriba, boca abajo, de lado, sentada, arrodillada, con los talones apoyados en la pared y la cabeza colgando. 

Por la ventana abierta veía el mundo del revés. Las estrellas pendían del cogollo de una palmera y una media luna, con reflejos tentaculares de medusa, resplandecía. El rumor de los grillos acallaban mis palabras bajitas. Un poco inconvenientes. Frases dejadas a medias, de muchos puntos suspensivos. Y unas pausas cada vez más largas, que concedían el espacio necesario para dar rienda suelta a la fantasía. 

Cerré los ojos, imaginé cómo me subía encima de él, cómo apoyaba mis manos en su pecho y cómo me balanceaba despacio, muy despacio. Le esperaba, le acunaba con mis cuentos. Hasta que escuché un gemido que me estremeció, aunque no le viera, no le tocara, no le oliera. Un suspiro largo, que sopló los nubarrones, despejó los cielos. Y volvió a poner el mundo del derecho. 

Luego otro silencio. Y su risa. Qué risa. 

-Eres tremenda.

-Sí, lo soy. ¿Y qué?

Es domingo,  mañana lunes. Comienza otra semana. Algo tendré que hacer para soportarla. Digo yo. 

¿Le llamo otra vez?

Continuará…    

6 comentarios sobre “Décima semana en los diarios de Ayanta

  1. Éste capítulo de tu diario me ha roto el alma, querida Ayanta. No sé si es que me has pillado con ella (mi alma) lastimada, o que me la has encogido tu.

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