El apetito de tiranía

Por: Teresa Cabarrús. Corresponsal en Inglaterra.

Nada más poderoso que la palabra. Nada más importante que la memoria. En 1915, cuando apenas había transcurrido un año desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial, G. K. Chesterton publicaba un ensayo formidable titulado El apetito de tiranía, donde diseccionaba las causas de la contienda, sus participantes e instigadores y la idiosincrasia de los mismos. En sólo 80 páginas, pulverizaba sin tapujos los tópicos, meandros semánticos y lugares comunes que pueblan guerras, regímenes políticos, la Historia y la Cultura. Pero sobre todo, apuntaba al Káiser Guillermo II y cómo éste personificaba la tiranía. 

Ahora empecemos a ver cómo  el péndulo se ha movido hacia España. A fecha de Mayo de 2020, ¿acaso no divisamos un apetito de tiranía también? La Historia sólo  cambia el nombre: de Guillermo a Pedro. De Pedro a Pablo. Y éstos dos últimos no son apóstoles. Salvo poco más de cien años de diferencia, la ubicación geográfica y una guerra mundial, el despotismo es el mismo. Y no ilustrado. 

El Tirano

Todo empieza con la disciplina. Al menos eso creía la Reina Victoria cuando afirmaba  que su nieto Guillermo (el futuro Guillermo II) era un niño díscolo y malcriado y que todo ello se solucionaba con una buena dosis de aleccionamiento. Nadie escuchó el consejo.

Ahora ciñámonos al universo de las palabras. Tomemos la definición de “tirano” que hace la R.A.E. y empecemos a cavilar después de leer cada acepción:

1.- (Adj.) “Dicho de una persona: Que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad”. U.t.c.s.

Grecia ya lo experimentó cuando inventó el régimen político de la Tiranía: un manojo de políticos bienintencionados o malintencionados, según el momento, que oportunamente derrocaron al gobernante de la polis de  turno con la ayuda del populacho o de un ejército. Solos o en compañía de otros. Algunos aplaudidos. Los más, detestados. Y de aquellos barros quedaron estos lodos. Conviene recordar cómo consiguió el poder nuestro Presidente del Desgobierno: Un golpe audaz enmascarado de moción de censura que, oportunamente apoyada en la jerga de un texto legal puesto en bandeja, fue  sancionada en el Parlamento. Y después, mucho después, la Judicatura declara  ilegal la “legalidad” que ayudó al actual Primer Ministro a acceder al poder omnímodo que hoy detenta.  

Imaginemos al Sínodo Judicial como los ratones en el poema de Lope de Vega, preguntándose unos a otros quién le pone el cascabel al gato. Pero la cruel realidad es ¿quién revoca lo revocable de iure?

2.- (Adj.) “Dicho de una persona: Que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia o que, simplemente, del que impone ese poder y superioridad en grado extraordinario”. U.t.c.s. 

Vivimos en un estado de alarma y bajo un falso estado de alarma. No cabe duda de que no el virus corona, sino la peste de la autocracia ha desenmascarado la podredumbre moral y política de nuestro país, ha apresurado a la mayoría de los medios de comunicación a no cuestionar y a doblegarse -salvo algunas honrosas excepciones en la prensa y radio digitales- y ha provocado una efervescencia en una sociedad anestesiada que sólo Madrid ha despertado. Y esto molesta, claro. Hay que aplastar cualquier conato de disidencia, de individualidad, de aptitud, de eficacia. Nunca falla. La tiranía es matemática. Siempre es un triángulo sustentado en el uso del matonismo, en la mordaza y en la ingeniería social a través de un lenguaje artificioso y ridículo. Cuando falta educación en las formas y en las aulas, sólo se atropella; primero al diccionario, después al individuo.

3.-(Adj.) “Dicho de una pasión o de un afecto: Que domina el ánimo o arrastra el entendimiento”. 

Posiblemente nuestro Gabinete Ministerial viva preso de algo arrebatador contra lo que es imposible luchar: la megalomanía. La resistencia es inútil, ya saben. Lo decía Mr. Spock en Star Trek.

4.- f. “Canción popular española, ya en desuso, de aire lento y ritmo sincopado en compás ternario, surgida de una que empezaba con las palabras  ¡Ay tirana, tirana!

Hagamos un inciso. Les invito a cambiar el género de este vocablo. Canten y canten sin descanso ¡Ay tirano, tirano! y aplíquenlo a nuestros ectoplasma-Presidente o Vicepresidente, como gusten. 

5.- f. Av., Sal., y Zam.-“Franja de paño picado con que se adornaba la parte inferior del refajo o manteo.”

Más divagaciones. Supongamos que en lugar del paño inferior nos refiramos al superior. A la corbata roja, siempre roja, desafiante e indecorosa que luce  Sánchez  como mástil con bandera. Esa que ondea bajo el cogote, frente al negro luto de rigor que por piedad imponen las circunstancias. El mismo que muchos llevamos en nuestras almas, en nuestras vestimentas, día tras día, como Sísifo: a vueltas con esa misma piedra que nos toca acarrear hasta la cima del monte España. Esa misma corbata, ese mismo paño, inferior, tirano, será algún día el símbolo de su desgracia.

6.-Sal. y Zam.- “Vid de más de tres yemas”. 

Esto presenta un enigma. Pongamos ahora que de la cabeza de nuestro Primer Ministro parten tres sarmientos. No va a salir Atenea de la cabeza de Zeus, no. Aquí no hay Zeus, dioses ni héroes como en la mitología. Ni siquiera hay una Tríada Capitolina donde un Júpiter, una Juno o una Minerva presidan el frontispicio de La Moncloa. No. Dejemos en las manos de otra Tríada, la de Freud, Jung y Adler el análisis competente.

La Solución

En la Antigüedad, ese remanso de sabiduría que muchos no se atreven a visitar, aplicaban la máxima de a grandes males, grandes remedios con una celeridad pasmosa. No solían entretenerse en el camino. Trazaban una línea recta y por ella se movían sin aspavientos. En caso de necesidad o de duda se acudía, por ejemplo, a una especie de Comité de Salvación Nacional ad hoc: Los Siete Sabios de Grecia. Éste se convirtió en fuente de inspiración y consejo para reyes y políticos aspirantes o consagrados con pretensiones de futuro. Cuando no se consultó este Oráculo, el producto interior bruto de reyezuelos,  tiranos y  secuaces, buscavidas y aventureros de baja estofa se multiplicó ad infinitum.  

Otros prefirieron el pragmatismo persuasivo, como el de Catón en el Senado Romano: Cartago debe ser destruida”. O el del emperador Antonino Pío a Marco Aurelio: “No te conviertas en un César”.

Hoy, a falta de Dalai Lama, Sócrates y Cía., nuestros políticos no recurren a la literatura de autoayuda para sobrellevar situaciones difíciles, sino a Rasputines de medio pelo, sombrajos patológicos. Atrás quedó nuestro Feijoo, consejero de reyes propios y ajenos con sus “Cartas Eruditas y Curiosas”. Nuestros Gracián,Balmes,etc. 

Una solución muy acorde con nuestros tiempos y la idiosincrasia de quienes nos gobiernan podría ser el volver a poner de moda dedicar libros a las luminarias que pululan por este santo país; de esta forma, vaselina para el ego, se fomentaría la lectura y acaso se avivaría el seso. 

Cervantes dedicaba sus obras al Duque de Sessa. Y, como dado los tiempos que vivimos, suum cuique, revivamos una anécdota que sucedió allá por 1791, en el Virreinato de la Plata. El Administrador de la Real Imprenta de los Niños  Expósitos, D. José de Silva T. Aguiar, dedicó un libro titulado Los Siete Sabios de Grecia en sus Siete Veneradas sentencias ilustradas con morales discursos por D. Francisco Antonio de Castro (1723), nada menos que al Virrey y Gobernador del Río de la Plata, Nicolás Antonio de Arredondo. En este caso, el Virrey era un funcionario de probidad e inteligencia sin tacha. Y la sugerencia impresa surtió efecto. Sabio fue el aceptarla. Quizá porque de Arredondo leyó a Sócrates. La humildad es la madre de la sabiduría. Yo personalmente añadiría “Y la soberbia su perdición: se llama Pedro Sánchez”.

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