El diluvio de los necios

Por: Natalio Grueso.

Esta extraña primavera nos ha traído, junto a la pandemia mortífera, la histeria colectiva y la incompetencia y el totalitarismo de las autoridades, el regalo de las anunciadas memorias de Woody Allen (“A propósito de nada”, Alianza Editorial). Escritas con la solvencia y la fina ironía que caracterizan al autor, nos ofrecen algunas reflexiones que van más allá del anecdotario autobiográfico y que reflejan con descarnada nitidez la deriva intelectual y moral en la que naufragan nuestras sociedades. 

El cine de Allen, como toda actividad creativa, puede gustar más o menos, pues toda obra artística está sujeta al juicio siempre subjetivo del gusto del espectador. Es cierto que algunas de sus películas han envejecido peor que otras, pero aún así el balance global de su trabajo creo que es muy positivo para la breve historia de la cinematografía, y resulta innegable que su trayectoria y su influencia en la vida de muchas personas alrededor del mundo lo convierte en una de las grandes personalidades de la cultura de nuestro tiempo. Reflexionar sobre el cine, el teatro y la literatura que las inspiran, o la música que forma la banda sonora de sus películas, debería ser el eje central de un libro de este tipo, complementado con los recuerdos de la infancia y las referencias que han contribuido a formar la personalidad del artista. Y ya como colofón, y en la medida de lo posible, compartir con el lector las lecciones que uno haya ido aprendiendo a lo largo del camino de formación artística y cultural. 
Sin embargo una calumnia, una simple acusación sin base alguna, obliga a Allen a dedicar buena parte de sus memorias a defenderse y a denunciar la cacería emprendida contra él.

La historia es sobradamente conocida: Allen es denunciado por Mia Farrow de abusar de su propia hija pequeña, una menor retrasada. Y esa brutal acusación que no se sostiene en prueba alguna y que ha sido investigada con extremo celo por los tribunales americanos llegando siempre a la misma conclusión -el archivo de la causa- sorprendentemente se ha convertido en un estigma que le ha perseguido de por vida hasta complicarle incluso la posibilidad de seguir trabajando en el oficio al que ha consagrado toda su vida. Este caso es paradigmático de cómo una mentira repetida mil veces se transforma en verdad, tal como teorizó con cínico acierto Joseph Goebbles. La gente, incluso aquella que habla de buena fe, sigue creyendo que Farrow era por entonces la mujer de Allen y la niña una menor de edad retrasada mental hija adoptiva de ambos, cuando la realidad es justamente la contraria: la “niña” tenía por esa época veintidós años, acababa de convertirse en licenciada universitaria, no era hija adoptiva de Allen, sino de Farrow y del músico André Previn y, por si todo ello fuera poco, la relación entre Farrow y Allen era totalmente abierta, jamás llegaron a convivir bajo un mismo techo ni a tener relación formal alguna. Y por supuesto tales abusos nunca existieron, y sí la vendetta irracional de una mujer desequilibrada. 

Y entonces la fiebre justiciera de la chusma parapetada en el movimiento “Me too” decidió lapidar al monstruo, lo de menos es que el monstruo no fuera tal. Hace un lustro publiqué un libro de conversaciones con Woody (“Woody Allen, el último genio”, Plaza & Janés) en el que deliberadamente decidí no dedicar ni una sola línea a este lamentable linchamiento. Consideraba que al lector inteligente le interesaría más la visión del creador sobre su obra, las influencias culturales que han inspirado su trabajo, sus predicciones sobre el futuro del cine o su forma de trabajar. Lo demás es puro chismorreo, y dedicar espacio a ello cuando los hechos son tan incontestables sólo serviría para espesar el caldo del guiso y hacerles el juego a los calumniadores.
Tengo amistad con Woody Allen desde hace unos veinte años, he compartido viajes, proyectos profesionales e innumerables almuerzos y cenas con él y con su familia, es decir, hablo con el conocimiento de causa del que carecen los que sin haber cruzado jamás una palabra con él se permiten condenarlo a los infiernos. ¿Cómo es posible que nuestra sociedad haya involucionado hasta este punto? Ni tan siquiera en los oscuros años de la inquisición, alimentada por otro lado por una leyenda negra que buscaba otros objetivos, se llegó a este nivel de indefensión, pues incluso allí había un cierto procedimiento judicial en el que al acusado se le permitía argumentar en su defensa.

En estos tiempos funestos en que vivimos se han eliminado de un plumazo principios fundamentales del mundo del Derecho como el de presunción de inocencia o la carga de la prueba. Y por supuesto la limpieza del buen nombre del injustamente lapidado es tarea imposible. No estaría de más que todos hiciéramos un examen de conciencia y confrontáramos nuestro comportamiento con esa terrible realidad de los inocentes perseguidos, más en un país entre cuyos refranes luce con especial fuerza ese tan brutal que dice que “cuando el río suena agua lleva”. Poco se puede esperar de una sociedad que dispone en su acervo popular de sentencias tan disparatadas.

De Allen aprendí dos grandes lecciones. La primera dice que un autor no debe leer jamás las críticas a su trabajo, porque si son malas te disgustarás -al fin y al cabo, sea cual sea el resultado, has puesto en el trabajo fallido todo tu esfuerzo- y si son buenas corres el riesgo de endiosarte y pensar que eres el mejor de la tribu. En ambos casos siempre sales perdiendo. La segunda lección es propia de un descreído con la lucidez suficiente como para saber que la posteridad no vale nada, y que una vez muertos, no quedarán de nosotros ni las pavesas. Por eso Allen afirma que le da igual pasar a la Historia como un genio o como un pederasta pues, según sus propias palabras, ninguna de las dos cosas es cierta, pero una vez muerto qué importancia tiene ya eso. Por ello defiende que un creador trabaja sin plantearse la jubilación porque así se lo pide su vocación, porque escribir o hacer películas es parte inescindible de su ser. Uno no escribe para agradar a los demás, ni para vender, ni para ser famoso. Un escritor escribe simplemente porque dejar de hacerlo sería tanto como dejar de existir, traicionarse a uno mismo, diluirse como un azucarillo en las aguas de lo insustancial. Y si nos ponemos las gafas de lejos, por ejemplo esas mismas de concha negra que forman ya parte de su personalidad, veremos que la cultura es el arca que nos libarará del diluvio de los necios. Y en estos tiempos les aseguro, queridos lectores, que llueve con una intensidad tal que ya ha desbordado el sentido común y la convivencia, y amenaza con anegarlo todo.

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