Genoveva de Brabante

Por: Sergio Berrocal.

Siempre me he enamorado muy fácilmente. Yo creo que empezó con la comadrona. Recuerdo que cuando dejó de venir a casa después de mi nacimiento me sentí muy triste. Entonces decidí que no volvería a ocurrirme. Pero hasta en la escuela de monjas en la que iba en la ciudad del norte de África donde vivía con mis padres y tres criadas seguía enamorándome.

Con los años, a medida que fui comprendiendo que la vida no es in lugar donde enamorarse sea una cosa muy adecuada, me mostré más prudente. Con ocho años procuraba no hacerle caso a la muchacha que estaba designada para llevarme a pasear, sobre todo porque en cuanto llegábamos al parque aparecía un militar que se acercaba cariñosamente, como si yo le importase un carajo. Me dí cuenta de que, además de todo lo demás, las mujeres eran en general facilonas, embusteras, porque decían que te adoraban y en cuanto aparecía el uniforme si te vi no me acuerdo.

Mi segundo gran enamoramiento fue en el liceo de aquella isla africana donde me habían metido para que estudiara. Tenía una profesora de Literatura muy joven y bella que calzaba zapatillas que entonces le llamaban “de cenicienta” o así creo recordarlo yo. La muchacha sabía mucho de libros y me aprendió un montón de cosas porque a mis trece o catorce años pocos libros había leído. Nada que ver con una amiga mía cubana que un día me dejó callado para la vida cuando me dijo que a los siete años había leído obras de Victor Hugo, un señor del que yo ni había oído hablar a su edad, vamos que ni sabía que existiera.

Como con las mujeres se aprende de todo, con ella aprendí que leer era una necesidad y me puse en serio a pasar largas horas en la biblioteca de mi padre, que aunque era Coronel tenía más libros que la biblioteca municipal. Su ayudante, un engreído muchacho que me hacía caso para que yo le facilitara el camino hacia los labios de aquella mujercita que había sido mi acompañante en los primeros años de mi edad, era bastante culto para un teniente. Y me dijo que empezara por una obra de Alejandro Dumas que se titulaba “Los tres mosqueteros”. De Victor Hugo y sus “Miserables” me habló mucho más tarde y supongo que fue porque temía el choque que podía producirme metiéndome en la gran literatura.

Con la cocinera me acostumbré a leer “Genoveva de brabante”, que era una de esas novelas populares que entonces se vendían por fascículos y que desde las señoras a las criadas del grado tres devoraban en cuanto aparecía el repartidor, todas las semanas a la misma hora. Nunca lloré tanto como con aquella pobre mujer, que en el dibujo de la portad se adivinaba también que era un bellezón. Pero yo todavía no me fijaba en ello. Lo que a mí me importaba era leer mucho para impresionar a mi profesora, aunque desde luego no para pedirla en matrimonio.

Cenicienta me dio cursos dos años y me enseñó que los libros eran algo maravilloso porque no necesitabas a nadie para consolarte, llorar o sentirte fuerte como D’Artagnan cuando encuentra por primera vez a los chulos mosqueteros del Rey que se ríen de sus casi harapos y del caballo más delgaducho que uno que tenía Cantinflas en no recuerdo ya qué película. Ah, porque al mismo tiempo empecé a ir al cine, a gallinero, pero a hartarme de ver películas y conocí a tipos de una belleza y de un valor extraordinario. No es que a mí me gustaran los tipos, aunque fuese Errol Flynn, pero siempre se les veía con unas señoras por la que yo también hubiese atravesado los océanos y matado a veinte bandidos en los bosques donde se escondían los muy malandrines para atacar al que tenía la desgracia de pasar por allí.

En el fondo si hoy soy escritor, escribidor y hasta periodista y si lo he sido durante medio siglo, todo se lo debo a mi profesora de las zapatillas de Cenicienta. Estaba tan enamorado de ella, aunque nos separaban algunos años y probablemente también la clase social, que hubiese sido capaz de leerme de corrido a Victor Hugo con todos sus Miserables.

Un día, ya cuando yo estaba acabando el liceo, una mañana una profesora que no era de las nuestras vino a nuestra aula para decirnos que estaban preparando un regalo para la profesora de Literatura y que podíamos si queríamos colaborar en el regalo. Que se lo dijéramos a nuestros padres.

Porque resultó que la muchacha, la chiquilla que a mí me parecía, iba a casarse con otro profesor, el de matemáticas que me odiaba porque yo no entendía nada de número. El muy bellaco, ya ven que sacaba provecho a mis lecturas de Alejandro Dumas, afirmaba que me dedicase a lo que quisiera pero nada que tuviese que ver con números porque si se me ocurría buscar trabajo en un banco acabaría en la cárcel porque seguro que me meterían en la más oscura celda porque seguramente me equivocaría en cualquier cosa que hiciera con números.

Se casaron y nos despedimos. Pero antes de irse, se me acercó con sus zapatillas de Cenicienta y me dijo: “No lo olvide, muchacho, usted está hecho para escribir. Acuérdese de ello y lea mucho. Un día usted escribirá quien sabe si hasta una novela como “Genoveva de Brabante”.

Fue la última vez que me enamoré. Con el corazón roto, pero con el alma henchida de orgullo por lo que me había aconsejado, bajé medio llorando las escaleras del liceo. Nunca más volví a verla. Ni ella a mí.

2 comentarios sobre “Genoveva de Brabante

  1. ¨Engreído muchacho… bastante culto para un teniente¨
    ¿No será ud. el engreído, sr. Berrocal? Esto se llama proyección.
    Los tenientes, como la mayoría de oficiales de todas las épocas, y la mayoría de los militares de carrera de hoy en día, oficiales y suboficiales, han superado unas duras oposiciones para ingresar en los ejércitos y demostrado por tanto un nivel de cultura general muy superior al del ciudadano medio. Y sí, son cultos, instruidos, sensatos, honestos y patriotas. La incultura entre ellos es excepción, a despecho de lo que ud. sugiere.
    Y hablando de cultura, aplíquese el cuento y corrija y depure sus escritos, en particular los signos de puntuación y los errores tipográficos. Es lo mínimo que debería de exigirse alguien que a sí mismo se considera ¨escritor, escribidor y hasta periodista¨ ¡Válgame Dios, cuanta grandeza!
    Y pelín engreidillo.

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