Olomuc, la Compostela checa

Por: Francisco López-Seivane.

Si el Camino de Santiago abrió la puerta de España a peregrinos de toda Europa, otro tanto puede decirse de la Santa Colina de Olomuc, el lugar de mayor gancho religioso de la República Checa, al que se suman la Columna de la Santísima Trinidad -una espléndida obra barroca, Patrimonio de la Humanidad-, una notable catedral gótica, numerosas iglesias cargadas de arte e historia y las recientemente descubiertas ruinas románicas que escondía el antiguo Palacio Arzobispal. Con tal bagaje, a nadie puede extrañar que Olomouc sea considerada la Compostela checa, el centro religioso más importante del país, al que peregrinan sin cesar católicos de todos los rincones.

No es Olomouc, sin embargo, una ciudad de proyección universal, como Santiago, pero, después de Praga, no hay otra ciudad tan monumental en toda la República Checa, ni donde la religión católica esté más viva. Fue durante siglos la orgullosa capital de Moravia  y hoy mantiene aquel espíritu que llevó a sus ciudadanos a involucrarse directamente en la construcción de templos y monumentos religiosos. De hecho, sus obras más emblemáticas, la Basílica de la Visitación de la Virgen María, en lo alto de la Santa Colina, y la Columna de la Santísima Trinidad, fueron levantadas inicialmente por iniciativa privada.

La primera capilla en lo alto de Hruby Jesenik, el delicioso altozano de sólo 382 metros de altura que domina la ciudad desde la distancia, fue ofrendada por un vinatero en el siglo XVII, quemada por los suecos durante la Guerra de los Treinta Años y reconstruida en su actual magnificencia en el siglo XVIII en elegante estilo barroco. Es el orgullo de Olomouc y el lugar religioso más visitado de toda la República Checa. Los colores blanco y albero de esta imponente iglesia destacan desde la distancia contra el verde de las praderas que la rodean. Es un templo extraordinario, con un interior barroco y un patio/claustro posterior donde los premostratenses acostumbraban a veranear.

Un capítulo aparte merece la Columna de la Santísima Trinidad, una obra ciertamente admirable, que fue diseñada, financiada y construida por el maestro albañil, masón por más señas, Vaclav Render, cuya intención declarada era “que su altura y ornamentación no tuvieran parangón en todo el Imperio”. Render no vivió para ver su obra concluida, pero en 1754 la Emperatriz María Teresa en persona inauguró su magnífica Columna de 35 metros de altura, que alberga una capilla en su base.

Una arbolada carretera de ocho kilómetros lleva en línea recta desde el soberbio Monasterio Premostratense de Hradisko, del siglo XI, que alberga en la actualidad el más antiguo hospital militar del país y ocupa una buena extensión del centro histórico de Olomuc, hasta la Santa Colina, donde los monjes tienen también una residencia de verano. Las praderas que descienden suavemente desde la Santa Colina son el lugar favorito de los peregrinos para reponer fuerzas tras haber orado en la Basílica de la Visitación. Aunque, todo hay que decirlo, resulta muy difícil distinguir a los romeros de María de las familias que simplemente disfrutan un día de picnic en la hierba.

En el corazón medieval de Olomuc todo gira alrededor de Horni Namesti, una enorme plaza irregular donde se asienta el formidable Ayuntamiento, de estilo Renacimiento, rehecho tras haber acabado un incendio con el gótico original. Su torre de 75 metros puede contemplarse casi desde cualquier punto y es muy afamado el notable Reloj Astronómico que la adorna. En una costado de la plaza destaca la superbarroca Columna de la Santísima Trinidad, bella y recargada como ninguna, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad en el 2000. En su base hay una capilla que puede visitarse a ciertas horas.

No hay otra ciudad en toda Europa con mayor número de iglesias por habitante que Olomouc. Vale la pena visitar la mayoría de ellas, sobre todo la de San Mauricio, la más antigua e importante de Moravia. Vista desde fuera no es más que una enorme y fea mole de piedra junto a la plaza, pero su un interior es de un barroco sublime. Sobre todo, su bellísimo órgano de 10.400 tubos, el mayor de Europa Central.

La historia de Moravia comenzó en el Castillo, un altozano amurallado donde sólo quedan ahora algunos restos de las murallas originales y el Palacio Arzobispal, entre cuyas paredes Mozart terminó su Sexta Sinfonía y fue asesinado el Rey de Bohemia, Wenceslao III. Ahora es un museo ecléctico, con ruinas romanas en el sótano y maravillosos cuadros en la planta alta. Junto al Palacio, la catedral gótica (más bella por fuera que por dentro) empezó siendo románica en el siglo XII. En sus aledaños acaban de descubrirse en excelente estado los resto de un claustro románico sorprendentemente refinado, que recuerda al de San Andrés s de Arroyo.

Artículo publicado en el ABC.

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