Yo soy España y sus trayectorias

Por: Yanire Guillén.

Este parafraseo a Ortega se lo copié a Julián Marías, que fue hombre que se sobrepuso a sus contradicciones y nos dejó una «España inteligible». Como cuenta Aquilino Duque, Marías, intelectual del bando vencido, no se exilió. Esto del exilio de los intelectuales españoles durante el franquismo no deja de tener más punto romántico que cierto. Contra Franco se escribía mejor, pero desde el extranjero el relato ganaba prestancia. Algunos recibían cartas (yo soy una aficionada a leer correspondencias) en las que se contaba lo espléndido que estaba Madrid en los 60-70, y no daban crédito. “Qué espectáculo de ciudad”, le decía Bergamín a María Zambrano. Nada que ver con ese «páramo cultural» que aún hoy es ingrediente de la papilla socialista que nos tenemos que tragar todas las noches para cenar. Esto lo cuenta muy bien Aquilino Duque en “Memoria, ficción y poesía”. 

Entonces, Julián Marías se quedó, se reconcilió, y se puso a trabajar. Español, no rojo ni republicano ni vencido. Una vez das las manos, español. Sin más señas. La guerra se acabó. Repito: la guerra se acabó. 

La Tercera España hoy, convertida en género identitario (está la derecha, la izquierda, el nacionalista… y el terceroespañista), no es la reconciliada, es la equidistante. «Ni de unos ni de otros», dicen mientras sufren una metamorfosis por la cual aspiran a vivir en una nación imaginaria propia, construida con cuidado para ponerse a cubierta; no deja de ser una trinchera. Y no deja de ser lenguaje de guerra. 

Marías era de unos, ganaron los otros, y él seguía siendo español, porque, perdonen que insista, la-guerra-se-acabó. España es una cosa sola. No está sujeta a interpretación. Las naciones cambian, evolucionan y hasta se dotan de constituciones nuevas, pero no dejan de ser lo que son. A no ser que se disuelvan. Pero como no es el caso, por mucho que algunos lo prediquen mañana, tarde y noche, España no está disuelta y, por lo tanto, es nuestra Nación. Lo único que puede ser. Y si te abrazas a su bandera, da igual si eres de izquierda, de derecha o de Chaves Nogales, eres libre y español de la misma condición. Y aquel que, en nombre de un ideal de país, alienado y revolucionario, te estigmatice y te arrebate la identidad y la nacionalidad española, es tu enemigo. No puedes llamarlos unos y otros. No estamos en una guerra civil. Estamos viviendo bajo el yugo de la propaganda de los que quieren romper la unidad de España. Tanto leer a Orwell y seguimos igual. A veces creo que una asignatura obligatoria debería ser la historia de Polonia. 

«¡Más España!», oigo decir a los catalanes no independentistas. Eso no puede ser. No puede haber más España, no hay unidad de medida para saber cuánta España nos cabe en cada comunidad autónoma. España no es un puente, una presa o un aeropuerto. Ni una línea de AVE ni una mesa con relator. Lo único que tiene tamaño aquí es el Estado. Y este sí se desparrama a gusto, según le conviene, sobre una región u otra. Los señores regionales acuden al mercadillo estatal con los bolsillos vacíos y las urnas llenas. Para unos acaba siendo más provechoso que las rebajas de El Corte Inglés; para otros es una triste interpretación de “El retablo de las maravillas”.

La matraca antiespañola constante y machacona que tenemos que soportar con la cada vez más evidente intención de robarnos sus recursos, su historia y su futuro es enloquecedora. La propaganda gubernamental, no nacional, adoctrina el corazón para que el latido sea regional. Pudiéndolo ser todo, pudiendo decir «yo soy hijo de un imperio», nos reprenden el orgullo, y así como una vez Castilla se hizo España para que todos formáramos parte de la misma historia, ahora en los libros de nuestros niños insulares no hay ríos ni altar ni trono. 

Uno viene a enterarse de que es español cuando pone un pie fuera de España. ¡Ah, España como aval administrativo! España como salvoconducto. 

Dijo Marías que «En cualquier lugar dentro de España, está uno rodeado de la presencia del país entero». Y cualquiera que haya recorrido esta península ibérica lo ve con sus propios ojos y lo siente bajo sus pies. 

Pero yo, como decía, soy España y sus trayectorias. Vengo de un archipiélago a 200 km de Marruecos. Se hace difícil, desde tan lejos, ver España con tus ojos de niña. Se tarda bastante en pisarla con los pies. Y eso, creo, es lo que subyace bajo la separación amistosa entre Canarias y la península. Separación que a mí me gustaría resolver con la única mediación del amor. Me gustaría que los canarios amaran España y entendieran que aún estando tan lejos son españoles porque España es así de grande.

2 comentarios sobre “Yo soy España y sus trayectorias

  1. Lamento decir que el artículo, que me había sido recomendado, contiene más carga poética que verdadera sustancia. La articulista tiene una buena voz de escritora, sosegada y enérgica, acogedora y punzante, como una caricia que de repente golpea, pero en general se alternan los pasajes hermosos con las afirmaciones conflictivas y en ocasiones más bien vanas.

    A todo lo largo del texto prevalece la idea del espíritu del pueblo, inmutable, que sobrevive a los cambios y constituye su esencia. Esa esencia que determina la identidad y nutre el orgullo (“yo soy hijo de un imperio”). Ideas propias del Romanticismo, donde la exaltación de lo mítico y lo remoto frente a la realidad palpable de lo inmediato conduce a una danza embelesada con los fantasmas: gérmenes todos del nacionalismo. No quiero decir que la autora sea nacionalista, al contrario, por el contexto estoy convencido de que no lo es. Pero ese camino de glorificación retórica de lo español puede fácilmente arrastrar hacia posturas de simplificación gregaria, donde las virtudes y los vicios, los principios y los valores, se atribuyan a los colectivos en lugar de a los individuos, y donde en consecuencia se termine juzgando a la parte (el sujeto de derecho) por el todo (la entidad histórica). Yo soy español porque esa condición, en el marco jurídico actual, me asegura un estatuto de libertad e igualdad con mis compatriotas. Las mitologías deben permanecer ajenas a esa realidad.

    ¿Más España?. Sí, más de nosotros en España. España está viva, y solo se puede alimentar con nuestra sangre o con nuestras ideas. Con nuestro silencio moriría de inanición; con nuestra cobardía, de vergüenza. Nosotros elegimos.

    En cierto momento censura la equidistancia, equiparándola a falta de compromiso, a complicidad, a oportunismo, a cobardía: pero hay que tener en cuenta que en un combate de boxeo, y no otra cosa es el debate público, hay dos contendientes y un árbitro. Sin árbitro no hay combate, o hay combate pero sin vigilancia de las reglas ni posible intervención externa en caso de superación de todos los límites y batalla campal. El “equidistante”, el que no se suma emocionado al armisticio con el revólver en la pernera, es el que ejerce un saludable arbitraje sobre los que disputan, se reconcilian, vuelven a disputar (porque la política es pelea, noble, revitalizante, pero pelea), sin dejar por ello de portar una visión propia e igualmente constructiva de España y sus asuntos. Con ese desdén hacia el juicioso distanciamiento que sanea el ánimo, permite la respiración y mejora la perspectiva, compruebo una vez más que la voluntad de caracterización a todo trance se sobrepone a una observación puntual y modesta de la realidad.

    También discrepo de esa generalización sobre las felicidades de la disidencia y del exilio durante la dictadura. “Contra Franco se escribía mejor, pero desde el extranjero el relato ganaba prestancia”. El exilio, tan dispar, fue un complejo fenómeno espiritual y un largo drama en muchos casos, y si algunos lo llevaron mejor y otros peor, si la actitud fue más o menos sincera o inconsecuente, no es justo honrar solo a unos por su espíritu de reconciliación, quién sabe si no dictado a medias por la convicción y la necesidad, y en cambio menospreciar a los otros por la presunta frivolidad de ese dandismo a la distancia. De un naufragio se sale como se puede, y no siempre en condiciones favorables para una buena fotografía.

    Por contra, una verdad palmaria: “Uno viene a enterarse de que es español cuando pone un pie fuera de España”.
    Y el final del artículo es literariamente admirable.

    No les quito más tiempo. Disculpen

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    1. Su comentario me ha parecido de lo más edificante. Le agradezco el tiempo que se ha tomado. Tomo nota de sus llamadas de atención y agradezco sus elogios. Gracias!

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