Belém, crisol de los descubrimiento

Por: Francisco López-Seivane.

Ningún viaje a la capital portuguesa puede considerarse completo sin una visita a Belém, así que viajeros que vais a Lisboa, no dejéis de dedicar un mañana a visitarlo. Se va en el tranvía número 15, que puede tomarse en la misma Plaza del Comercio. Son apenas 30 minutos de trayecto para llegar a una gloriosa cita con la historia de los descubrimientos. A seis kilómetros aguas abajo de Lisboa queda el antiguo puerto del que partieran Vasco de Gama o Enrique el Navegante en sus memorables singladuras por las rutas de Oriente.

Asentado en la bocana del río, donde o Tejo beija o mar, Belém fue el punto de partida de las grandes expediciones portuguesas. Por si alguien ha olvidado aquellas gestas, allí está para recordarlas el imponente  Monumento a los Descubrimientos, inaugurado en 1960, coincidiendo con el V Centenario de la muerte del gran Enrique el Navegante. El mascarón de proa lo constituye un conjunto escultórico encabezado por el propio don Enrique, seguido de los exploradores Vasco de Gama, Cao, Magallanes (que era portugués, aunque mandara la flota española que circunnavegó el globo por primera vez), el poeta Camoes, el pintor Gonçalves y muchas otras figuras históricas. Pero lo mejor es la atalaya que hay en todo lo alto, que permite ver el Monasterio de los Jerónimos, la anchurosa desembocadura del Tajo y, al fondo, la Torre de Belén, aquel fortín desde donde, junto a otro ya desaparecido en la orilla opuesta del río, se protegían con fuego cruzado las aproximaciones de los piratas a Lisboa. Hoy, en marea baja, queda varada en la playa, pero en el siglo XVI ambas torres se erguían en medio de la corriente como bastiones inexpugnables.

El rey don Manuel ordenó construir un monasterio sobre la pequeña capilla en la que la tripulación de Vasco de Gama había orado en vigilia la víspera de su incierta partida. El Monasterio de los Jerónimos, hoy declarado con justicia Patrimonio de la Humanidad, es una obra ecléctica, cuyo estilo los eruditos dieron en calificar de ‘manuelino’, tal vez por no encontrar otra palabra que explicara mejor el pastiche de estilos y la admirable desmesura que lo caracterizan. Todo está trabajado a conciencia, cada piedra, cada dintel, labrados minuciosamente con filigranas y adornos sin fin. Al margen del manierismo y artificio de los detalles, el conjunto constituye una obra soberbia, con un claustro espectacular. Su altísimo coste se financió con el ‘impuesto de la pimienta’, un 5% de todo el comercio de especias y artículos ultramarinos que llegaban a la metrópoli desde las colonias de ultramar.

El Monasterio es como el Espíritu Santo, tres cuerpos distintos y un solo espíritu o conjunto verdadero. En el ala oriental se encuentra el monasterio propiamente dicho, mientras la parte central la ocupa el Museo de Arqueología y en el ala occidental está instalado el Museo de la Marina, una visita que recomiendo vehemente a cuantos se acerquen por allí. Todas las carracas, carabelas, naos, fragatas y otras embarcaciones que protagonizaron las grandes gestas marinas de España y Portugal, cuando ambas coronas se repartían las rutas marinas del mundo, están expuestas en maquetas espléndidas que permiten observar y estudiar al detalle sus características.

Al final de la jornada es tradición despedirse con un bolinho, como se llaman allí a los deliciosos pastelitos que han endulzado la vida de los belenenses desde el siglo XIX. En la pastelería más antigua y acreditada, Pastéis de Belém, titular de la famosa receta, no han dejado de fabricarse diariamente desde 1837. En la actualidad, sus 200 empleados hornean, distribuyen y venden 15.000 bolinhos diarios y no dan abasto a servirlos en los cuatrocientos asientos que tienen distribuidos en un laberinto de comedores. En los últimos tiempos han introducido también otro producto, el llamado Bol Rei, que es como se conoce allí a lo que aquí denominamos Roscón de Reyes. Su éxito, sin embargo, es comparativamente muy moderado, ya que apenas venden 20 roscones al día.

Para terminar, permítanme referirme a la conmovedora fe religiosa que animaba a los marinos portugueses. En los momentos difíciles se aferraban a ella como si fuera el mástil del barco. Como prueba, baste citar el resignado nombre que se lee en el casco de una de las barcas de época expuestas en un porche del Museo: ‘Ha de ser o que Deus quizer’.

Fuente: artículo publicado en el ABC.

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