El pez en la balanza

Por: Antonio Enrique.

Entonces, los cueveros de este lugar dicen que al presidente de la nación le echan polvos, y que quien se los pone es su adláter en las tareas de gobierno. El presidente es un hombre deslizante, un hombre resbaladizo que escapa a cualquier situación adversa, como cuando lo expulsaron del partido y se las arregló para volver con más fuerza. El presidente es hombre mudable, y por esto contradictorio; pero no lo es según él, es simplemente doble: uno y el contrario, si bien de una misma substancia. El presidente no tiene amigos, sino servidores a los que recompensar, especialmente mujeres de un cierto tipo, que al parecer son más fáciles de convencer mediante el halago a su condición femenina, durante tantos siglos postergada, expuesto así a bulto; ante ellas y su fibra compasiva se presenta como un ser desvalido, lejos de su prepotencia, diana de la incomprensión de políticos feroces y atrabiliarios, esto es fachas, necesitado por ello de apoyo maternal. El presidente es un ser alucinado, y nada le complace tanto como imaginarse a una cuadrilla de recogedores de babas que van soltando en los platós televisivos sus incondicionales. Su narcisismo es tal que habría que inventar una nominación nueva. No se cansa de sí mismo, como Dios. Y le gustaría crear de nuevo el mundo, pero esta vez bien, sin errores de fábrica. Pone cara de hombre bonancible y encaja los dicterios en el Parlamento, incluidos los de las hembras de derecha, esas amazonas bragadas a las que habría que desbravar, como quien se está ganando el cielo frente a la injusticia; es más, adoptando esa expresión de desvalimiento, tras apretar las bien poderosas mandíbulas, tal si de pronto se convirtiera en un niño. Por lo doble y dual no tiene conciencia de mentir; todos tenemos al menos un perfil patológico y mentir, de todas formas, ya lo hicieron prohombres célebres desde Maquiavelo a Talleyrand, Disraeli al Lucero del Alba, y míralos ahí, brillando en el firmamento de la historia. Por eso todas sus posturas cuando habla son como a propósito para que lo esculpen. De manera que deslizante como un pez, contradictorio como un pez puesto en posición contraria a otro pez, frío como un pez, impertérrito, inasible al desaliento como provisto de sangre fría, su cinismo es regocijante, una obra de arte que debiera ser protegida. Porque los pescados no escuchan, aunque por Navidad se diga que cantan en el río, lo que ya de sí es surreal. El señor presidente es nativo del signo de Piscis.

Y el espolvoreador. Parece el reencarnado de una checa de la guerra civil. Uno de aquellos asesores soviéticos, trenza asiática incluida. Es elocuente, el que más de todos. Y esto, porque sabe pesar. Aquilata, calcula, pesa. Tiene dos platillos pendientes del surco de los ojos: un surco como una espina doble ahí clavada, a semejanza del fiel de la balanza. Es elocuente porque mide al milígramo el peso de ambos platillos. Y se reviste de justicia, justicia social, no porque ésta lo sea, sino porque son gramos, celemines, briznas y pajuelas para que uno de los platillos ceda a su beneficio, que es el de la ambición, y más que la ambición sus ansias de desquite. Pues se le ve con un resentimiento que no puede ser sino el perfil patológico que todos tenemos. Así que, por elocuente, es persuasivo. Ligero y hasta frágil, cargado de espaldas, tiene el esternón saliente y los hombros encogidos, como quien propulsa y pone proa a quien le ofende, que no olvidará jamás. Porque apunta la deuda en el cuadernillo de su frente con esos renglones de surcos desapacibles. Le gusta escucharse como a los cárabos, también cargados de espalda, y solemnes, en la oquedad de la Cámara, extender la garra del índice acusador ante los suyos, mostrándoles el festín, la pitanza futura, el escarmiento. El señor vicepresidente es nativo del signo de Libra.

El presidente es un pez sobre todo porque sabe esperar, para eso es de sangre fría. El vicepresidente, no. Por eso es una balanza, porque en un platillo pone un pez, y en el otro el otro de las dos naturalezas del pisciano, y está calibrando siempre. Ahí hay un problema, y es que sendos peces ha de ponerlos en situación, ambos mirando hacia el mismo lado. Y no sólo esto, sino que ha de cuadrarlos en el respectivo platillo, cada pez en el suyo ambos dos, ya que, de no ser así, la balanza se desestabiliza y se desarticulan sus propósitos, que no son otros que comerse al pez y al otro pez que son, conjuntos, el primer ministro. Y de paso, España entera. Porque él sí es un comunista como debe ser en estos tiempos, no sólo leninista sino bolivariano, que ahí está la gracia. Un comunista lo que toma no lo suelta. No es como los socialistas, que ésos son medio burgueses y hasta los hay que van a misa. Unos blandos. Así no se puede hacer la revolución de los pobres del mundo. Que lo serán más todavía porque, además de a los ricos de antes, habrán de servirme a Mí, mis palmeros y falange de mujeres vestidas de morado, como las beatas de los pueblos que vestían el hábito cuaresmal… Tal vez sea un asunto de teología, puestas así las cosas, más que de economía política. Mientras, lo que con un pez ha de hacerse es embelesarlo. Embelesado lo tiene. Con los peces es fácil hacerlo, que se lo digan a las sirenas. Ulises se ató al mástil, pero en la Moncloa no hay palo que valga. 

Lo saben los gitanos, los de aquí y los de todas partes. Lo dicen en confianza y si en ese instante les apetece, lo cual depende de varios factores; el principal, que no les preguntes. Yo no sé si estos gitanos lo son o no, porque ni bailan ni cantan; hay quienes, muy versados, dicen que no, que fueron moriscos retornados sus antepasados, que volvieron a escondidas y con la permisividad y aquiescencia de los terratenientes de entonces. Hablan por fábulas, esto sí. Remontándose al Diluvio universal, que está al caer. Lo de los polvos es una seña de que el presidente patrón de los payos está encantado. Y lo del diluvio, que esta vez será de brasas. ¿Es que ellos, me pregunto, saben algo del adelgazamiento alarmante de la atmósfera terráquea? ¿Es que intuyen que las radiaciones, sin escudo electromagnético, han comenzado ya su proceso devastador? ¿Será este virus un simple tránsito a las pandemias que surgen del interior de la tierra, como los terremotos? ¿Ha de ver el magnetismo telúrico perturbado con el comportamiento de la magnetosfera, por refracción de ondas radiactivas?

Siempre lo dije, pero me lo toman a exageración, aunque luego se queden pensando: ¿De qué huían estos gitanos, hombres sentenciosos, mujeres agoreras, cuando, siglos atrás, horadaron bujeros, abrieron cuevas, se metieron bajo tierra? No, no huían de sus perseguidores, porque aquel derrumbadero cavernario fue tierra franca hasta bien avanzado el siglo XX. Huían del sol, de la radiación solar, aumentada por la emisión de rayos en la arcilla y greda refractantes. Y ahí se les puede ver: quienes no mueren de cáncer, fallecen de noventa años. Porque lo que no mata aviva, como ellos dicen. El sol, como una quimioterapia natural. Los que sobreviven, que son los más, parecen quemados por dentro. Huecos de sus vísceras y zonas blandas. Todo tizón.

Es un presidente enajenado. Sabe de todas las covachas del fondo del mar, donde camuflarse en las grietas, como es un maestro también en arrojar la tinta de las cortinas de humo para desviar la atención pública en el momento preciso. Y profesa a rajatabla el instinto del pez, que consiste en no morder anzuelos. De nadie se fía y, aun hechizado por el canto de  sirenas de su muñidor, se resistirá en la red. La perdición de España será o no será, una vez más, pero todos sabemos que de ésta saldrá lisiada. Las cosas son y no son, simultáneamente. Pareciera esto, de nuevo, la España barroca. Cuando la ficción fue la única realidad. Y el hambre, la auténtica Peste. España es ahora mismo un embeleco.

¿Alfonso? ¿O es Adolfo? Sánchez es ya un hombre del pasado. Aunque se mantenga aún en el poder por tiempo indefinido, es un hombre del pasado y así su imagen nos lo transmite, como si ya lo mirásemos retrospectivamente. Ha conseguido lo que hasta metafóricamente es imposible, una auténtica genialidad: convertir las mentiras en menos graves al superponer sobre ellas otras mentiras aún más abultadas e inverosímiles. Literariamente, lo admiro. Pese a que para encontrar un caso semejante al suyo de ineptitud, hayamos de remontarnos a Godoy,  y un poco después a los Muñoces. Pero ahora agravado por la ingente batahola de ministros y ministras. ¿Cómo pretende la gente candorosa que cese a ministros que han mentido una, dos, tres veces, cuando él diecisiete? ¿No está fuera de razón y aun sindéresis tal propósito? Es un hombre del pasado. Lo digo hoy, viernes 22 de mayo y lo que se andará; el año 36 cayó también en viernes. Cargo en este 22 porque tal día hace sesenta años salí de marinerito para aquello de la primera comunión. Y el mundo olía a limpio. En el patio de naranjos del monasterio de San Jerónimo en Granada, olía tan a espigas que podía adivinarse el pan de los días sucesivos, y en el de los azahares que libaban las abejas el vino en ciernes de las próximas vendimias.

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