Las ilusiones de la lectura

Por: Rubén Caba.

En el país de la lectura vivimos ilusionados porque extraemos sensaciones, emociones, imágenes e ideas de los trazos espectrales de unas letras. No en balde el vocablo latino illusio proviene de ludere, jugar. La lectura es un alambicado pasatiempo del homo ludens, primate aniñado cuyos jugueteos y travesuras pueden convertirse, si llega la ocasión aciaga, en las atrocidades de un cachorro de ángel caído. Pero la primera regla de la lectura consiste en fingir que no se juega, que se opera en esa dimensión incomprensible que llamamos realidad. Quien olvida que está jugando corre el riesgo de tomar la lectura como una imposición y no como una liberación, con lo que las ilusiones degeneran en alucinaciones. Por eso Bertrand Russell llegó a pedir que se enseñara a los niños el arte de leer con incredulidad.

Arte que ha de dominar también el escritor, porque quien aspire a componer una obra literaria tiene que ser, además de observador e imaginativo, un lector avezado. En Elogio de la sombra, Borges se franqueó: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído”. Muchos escritores comparten ese orgullo, pues el libro propio es hijo de la necesidad de expresarse como el hijo carnal lo es de la necesidad de perpetuarse. El autor, aunque se esmere, poco puede hacer para cambiarle al libro su naturaleza, su fisonomía, su carácter; se limita a engalanarlo, a pulirlo, a asearlo. Pero si el libro que se escribe es hijo de la necesidad disfrazada de placer como los hijos naturales, el libro que se lee debería ser sólo trofeo del placer.

El iluso contumaz que es el buen lector, ajeno a los hábitos de la “cultura Guinness”, lee a conciencia, sumergido en ese modo vicario de escribir que es la lectura atenta y crítica. En el mundo actual resulta alarmante la proliferación de lectores que,aturdidos por las modas literarias de los poderes seudoculturales, ya han olvidado que la cultura viva –aquella que rotura los mejores instintos para cosechar los agridulces frutos de la inteligencia- se nutre de unos centenares de libros bien elegidos.

Y una buena elección implicadiversidad de épocas, países, géneros, estilos y enfoques, pues nada hay más opuesto a la cultura viva que el triple piropo con que el franquismo adulaba a una España herida y amordazada. La cultura nunca es una; raras veces grande; y no siempre libre. Y algo semejante le ocurre a la expresión literaria. Su olla podrida contiene los ingredientes aportados, a lo largo de los siglos, por miles de escritores de muy distinta condición: sabios y narcisistas, nobles y farsantes, veraces y serviles, pacíficos y crueles, cuerdos y locos, o entreverados de todas esascualidades.

De locos, locatis y locoidesno escasea la literatura, tanto en el elenco de personajes como en el de autores. Pero no tiene más que cualquier otra actividad humana. Sólo que los libros difunden y perpetúan los desvaríos, porque la tendencia a loquear es propia de la extraña especie de mentecatos –cautivos de mente- que somos los humanos. Nos consolamos de la cautividad echando a volar la fantasía por entre los barrotes de lo real. Ensueños liberadores que resultan perniciosos cuando los empleamos para dominar a los demás cautivos e imponerles nuestros delirios.

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