Nulla dies sine línea

-Una escritura bajo confinamiento-

Por: Pedro Charro.

Pedro Charro, es escritor. En su último libro “Crónica de un confinamiento” recoge una crónica de los 50 de días en casa, un experiencia común a todos y particularísima de cada uno.  

Nulla dies, sí. Ningún día sin ponerse a ello, sin labrar un párrafo, sin escribir la línea, aunque sea torcida; cada día escribir sin excusa, sea en medio de la batalla, en un naufragio o durante la pausa claustrofóbica del confinamiento éste que nos metió en casa 50 días y las mismas noches. Días que se soportaron mejor al transmutarse en palabras, conforme iba escribiéndolas, cada uno tiene su manera de soportar la vida, y la primera palabra que me viene de aquello días son en realidad dos: servidumbre voluntaria, una frase hecha, una expresión que entró hace tiempo en el idioma para quedarse (será por algo)  y que escuché un día del largo encierro, de pasada, en la radio, para referirse a esa aceptación general  de las estrictas medidas impuestas por el estado de alarma,  a las que nos sometíamos sin rechistar,  y que me hicieron caer en cuenta que lo de servidumbre voluntaria daba en el clavo: nuestros derechos más elementales habían volado, vivíamos prácticamente en arresto domiciliario,  pero no pasaba nada, no había reacción, todos bajábamos la cabeza. Estaba la amenaza del virus, claro, el imperativo terapéutico, pero eso no lo explicaba todo. 

La idea de servidumbre voluntaria alude al hecho de en realidad no hace falta coerción o fuerza para que nos aprestemos cumplir cualquier orden, que nuestra tendencia es obedecer y someternos al poder por el hecho de serlo cualquiera sea la razón que alegue; que aunque los gobernante puedan ser ilógicos, hasta brutales y las leyes injustas, las aceptamos. Que lloramos a los dictadores muertos y no deseamos la libertad sino la muelle costumbre del sometimiento y la entrega a quien dice saber más que nosotros. Y una vez que le entregamos algo, claro, no es fácil que nos lo devuelva

Esto, además, siempre ha ocurrido. Porque esta noción de servidumbre voluntaria no es fruto de la ciencia política contemporánea, ni una maquinación totalitaria, sino que viene de lejos: la acuñó en el siglo XVI Étienne de La Boétie, un contemporáneo y amigo de Montaigne, en su libro, “Discurso sobre la servidumbre voluntaria” escrito  a sus 18 años (por eso algunos piensan que lo escribió el propio Montaigne); la frase hizo fortuna y ha perdurado hasta nuestros días,  sin duda porque lo que refleja también perdura: no hace falta la fuerza para que el poder se haga obedecer. Hay una especie de sometimiento reverencial al padre, a la ley, podemos decir, aunque sea un padre riguroso. 

Busqué enseguida el breve librito en la biblioteca: si el hombre quisiera su libertad, la tendría, escribe La Boètie.  Un tirano no tendría ningún poder sino en cuanto muchos prefieren mejor sufrirle que contradecirle. Los pueblos no solo no se rebelan, sino que se prestan a servir. Es el pueblo el que se esclaviza, el que abandona su independencia y toma su yugo, consiente su mal o más bien lo persigue. Y así, dice en otra parte, cuanto más se sirve al tirano y más se le entrega, más se fortalece, mientras que, si no se les obedece, sin necesidad de combatir ni herir, quedan desnudos y derrotados y no son nada. 

Espíritu. Trías es un filósofo que encontré en mi biblioteca detrás del hueco que dejó el libro de la Boètie; el único filósofo español actual, dicen, que edificó un sistema de pensamiento propio, y puede que el más importante de la segunda mitad del siglo XX en lengua española, puesto que de la primera parte lo sería Ortega. Trías siempre se ha parecido a Nietzsche, con esos grandes bigotes que casi le tapan la boca y confirma la idea de que uno se va pareciendo a aquello que ama, o a lo que se dedica. 

En una de sus últimas entrevistas que he descubierto mientras pedaleaba –cada tarde en el confinamiento salía de excursión alrededor de mi cuarto en mi bici estática- aparece hinchado ya por la enfermedad que acabaría pronto con él, en su casa de Barcelona, con amplios ventanales abiertos a una plaza anodina, la biblioteca ordenada y una gran mesa blanca de líneas simples, casi vacía de objetos. Cuando Trías se levanta y va hacia la ventana se ven varios cactus alargados, alguno con una discreta flor azul.  Esta predilección por los cactus resistentes, elementales, llenos de pinchos debe querer decir algo. O tal vez es que necesitan pocos cuidados. Como está mayor y enfermo habla de la muerte con cercanía y pide a la vida en este momento un poco de sosiego, una reconciliación con lo que le rodea. En la pared hay también, perfectamente alineados, una gran cantidad de CDs. Trías fue un gran melómano y escribió al final sobre música. También su última etapa es un largo empeño por batirse con lo espiritual, a lo que dedica la obra que él más estima: La edad del espíritu. Desde el comienzo Trías estuvo volcado en la filosofía, pero también en su sombra. Así se llamaba su primer libro: La filosofía y su sombra. Su propuesta es no abandonar la razón ilustrada, pero no desdeñar lo otro: la pasión, lo espiritual, la religión, las artes. Otras formas de conocimiento que siempre han acompañado al hombre. Hay que reformar la razón y hacer que preste atención a aquello que a veces ha desdeñado demasiado pronto, dice. Quedarse solo la razón y su deriva técnica nos lleva al despeñadero. Hay que buscar la otra mitad. Hay que entrar en la edad del espíritu, tal vez como quien llega por fin a la tierra prometida. 

El gran concepto unificador de la filosofía de Trías es la idea de límite, ese lugar fronterizo que existe, justamente, entre la razón y lo que ésta no alcanza; un limes, una franja que separa, pero a la vez une. Somos habitantes de la frontera; somos alguien entre la naturaleza y la cultura, entre la razón y la pasión, entre consciente e inconsciente, entre la vida y la muerte. Puede que esta idea de límite sea ahora oportuna, pensé en aquel momento, tras largos días de encierro, preso como todos de la incertidumbre, tal como estanmos recluidos en un estrecho espacio, fiados a la razón y la ciencia, pero a la vez abocados a lo que le sobrepasa, aquejados de pronto a  una suerte de nostalgia. Ahí estaba providencial Trías, como una luz en la niebla, con su vuelta al espíritu -el pneuma de los griegos, el aire- que sopla donde quiere, todo lo mueve y lo transforma, como el viento de la  tarde en que pedaleaba,  un soplo constante que movía  las copas de los árboles y creaba  un sonido como de olas que van y vienen.

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