Undécima semana en los diarios de Ayanta

2 de Junio

Están los que aplauden, los que le dan a una cacerola, los que se divorcian, los que van en coche solos con mascarilla, los que no se atreven a salir de casa, los que hacen botellón, los que se disfrazan de ciclistas, los que hacen cola para sentarse en una terraza, los que se lavan las manos cada cinco segundos, los que adoran el teletrabajo, los que anulan las reservas de verano, los que se niegan a pisar una playa parcelada. Los que piensan que son asintomáticos, los que lo son. Los que lo han pasado, los que no. Los que se lo creen todo, los que no se creen nada.

Y luego están los que rezan. 

Yo me apunto a esta última categoría. Me he dado cuenta de que llevo tres meses rezando para que no les pase nada a los míos. Y para que no me pase nada a mí.

La última vez que recé fue ayer mismo, y no lo hice con las rodillas hincadas en las baldosas, los codos en el colchón y los ojos vueltos hacia el techo. No, no fue así. Fue en plena calle y en plena noche. 

He cogido la costumbre de regresar andando de la radio a casa, por aquello de hacer un poco de ejercicio, respirar aire puro, ver un paisaje diferente al de mi salón, mi cocina y mi alcoba. El encierro en sus hogares de ladrones, psicópatas y violadores, me ha servido para caminar en la oscuridad sin sentirme en peligro. En ningún momento he notado ese escalofrío tan femenino de ser una presa fácil. Me he sentido segura. Andar por la ciudad sin miedo ha sido una experiencia insólita. Muy placentera. Muy coronavírica.

Hasta ayer.

Anoche un muchacho de pantalón corto, camiseta sin mangas y enormes zapatillas, me dijo algo al otro lado de la acera. Eran las tres de la mañana. Un susto sacudió mi cuerpo, me agarré al bolso como si fuera el brazo seguro de alguien. Le miré sin entender lo que decía.

-¿Cómo?- pregunté atemorizada.

-¡Que si quieres follar conmigo!- repitió impaciente.

Me lo gritó mientras cruzaba hacia mí, con la mascarilla en la barbilla, el pelo rapado y los cables de sus auriculares sueltos en el cuello.

-¡No… no quiero!- le contesté.

Y pensé: ¡que te folle tu puta madre, cabrón!

Aceleré el paso con la esperanza de que el hombre del saco renunciara a violarme allí mismo, contra la pared llena de grafitis. Él me siguió. Escuchaba el chatarreo de la música que salía de sus cascos, percibía su presencia detrás de mí mientras los coches pasaban luminosos en la carretera, y mis labios susurraban una plegaría: que la fiera no devore a la gacela.

El semáforo se puso en verde, eché a correr, alcancé mi casa, metí la llave en la cerradura, cerré con un portazo. Plantada en medio del salón oscuro, encorvada, con las manos apoyadas en mis muslos, recuperé el resuello. 

Doy gracias a la providencia por haber escuchado mis súplicas. Se ve que he rezado tanto que hemos vuelto a la normalidad. No a la nueva, sino a la de siempre. La que me obligará mañana a retomar la vieja costumbre de coger un taxi.

¿Quién dijo aquella chorrada de que la distancia social ha venido para quedarse?

    3 de Junio

Ayer, durante el directo radiofónico, mi padre me soltó que el diario de la semana pasada era una cursilada digna de una novela rosa. Me puse colorada y una ola de calor me dejó varada en la orilla de la infancia, cuando sus apreciaciones, las negativas y las positivas, eran lo más importante del mundo. 

-¿Te ha sentado mal?- preguntó a micrófono abierto.

-En absoluto- mentí a micrófono abierto.

Lo cierto es que me puse triste y, unas horas después, al meterme en la cama, me tuve que tomar una pastilla para conciliar el sueño. ¿Qué poder tendrán los padres sobre los hijos para que andemos siempre mendigando su aprobación? ¿Por qué me hace tanto bien y tanto mal todo lo que sale de su boca? ¿Cuál es la razón por la que espero su juicio como si fuera el único válido?

Quizá porque fue la primera persona que vieron mis ojos. El primer amor. Y eso no se olvida. Tampoco olvido la ternura que conseguía despertar en él porque, cuando yo era pequeña, a mi padre le encantaban mis cursiladas. Le llenaba el escritorio de dibujos, de flores secas, de mensajes de buenas noches. Me sentaba a su lado y fingía leer, fingía escribir, sólo para despertar su admiración. La misma que sentía yo hacia un hombre que me parecía el mejor de los hombres. 

Que me parece el mejor de los hombres. 

Hoy hemos almorzado juntos. Llevábamos meses sin vernos. En cuanto he llegado me ha dicho que tengo patas de gallo, los dientes torcidos, que estoy medio sorda y que salgo más favorecida en las fotos. Puede que sea su manera de decirme que me quiere. Pero a veces, lo admito, echo de menos algo más convencional. Aunque sea mentira y tenga un aspecto penoso y mi piel haya perdido la tersura de antaño y escriba memeces dignas de una novelista de quiosco. Como éstas, sin ir más lejos.

Le imagino leyéndome ahora. 

Te imagino, padre. Y un poco me da la risa, porque no puedo evitar reírme de mí misma y también de ti. Lo único que te pido es que no me expulses nunca del paraíso al que me trajiste. Porque tú, y sólo tú, me convenciste de que esto era el edén. Con tus carantoñas, con tus cuentos, con tus viajes, con cada una de tus letras. Y yo me lo creí. Y volé agarrada a las crestas de un dragón, con una pluma como espada. Para conocerlo todo, para escribirlo todo. Y aquel ser mitológico, noble y valiente, capaz de hacerme atravesar ilesa el Apocalipsis, eras tú. 

Eres tú. No lo olvides.      

Hala, chúpate esa. ¡Toma cursilada! 

3 de Junio

Hombres, hombres, hombres.

He tenido todo tipo de novios, maridos y amantes. 

Desde los trece hasta los cincuenta años. 

Recuerdo uno que iba siempre de negro, otro que bebía hasta caer desmayado, un tercero que estaba empeñado en que me gustara el fútbol, uno más que echó a la señora de la limpieza porque ya estaba yo para eso… Recuerdo también el que quería casarse a toda costa, el que no quería tener hijos, el que me juraba amor eterno mientras dejaba preñada a su mejor amiga, el que perseguía borrar cualquier huella de mi vida pasada, el que tenía celos del aire. Y el que pretendía modelarme a su conveniencia, como si yo fuera una pelotilla de plastilina.

Hombres, hombres, hombres.

A algunos no les he vuelto a ver el pelo, pero a casi todos los guardo como amigos. Y a uno como familia.

Repaso sus nombres, sus rostros, sus gestos. Me pregunto qué fue lo que me gustó de ellos durante horas, días, meses. Qué fue lo que me enamoró de ellos durante años, lustros, siglos. Y tengo la impresión de que los que creyeron amarme no me quisieron a mí, sino a la versión que ellos construyeron de mí. O todavía peor, a la imagen que yo mostré de mí. Porque nunca fui del todo sincera ni conmigo misma, ni con los demás. 

Nunca entendí bien quién era yo.

Ahora que llevo un tiempo sin pareja, soy lo que siempre debí ser. Es un descubrimiento extraordinario, una sensación de libertad que nunca antes había experimentado. 

Puedo hacer lo que quiero.

Pensar lo que quiero.  

Y, sobre todo, escribir lo que quiero.

Sin miedo, sin censuras, sin mentiras.

Como esta página, por ejemplo.

Hombres, hombres, hombres.      

Ayanta, escribiendo lo que quiere.

4 de Junio

He visto a una niña vestida de blanco, con unas bambas blancas y una mascarilla blanca. Estaba sentada en un banco del parque, y se abrazaba las piernas huesudas, llenas de moratones. Tenía el pelo tan negro que parecía azul, que parecía china.

He visto a un perro de lanas. Su dueño le había sacado de paseo con calcetines. Dos pares para cuatro pezuñas. 

He visto a un compañero de trabajo con los ojos rojos porque llevaba tapadas la nariz y la boca. Y porque su mujer le había abandonado. 

He visto a mi hija Caterina llegar a casa con la misma cara de cuando era pequeña y había sacado buena nota. Es actriz y ha conseguido su primer papel en plena pandemia. En el futuro, cada vez que huela el gel hidroalcohólico, le recordará a su juventud.   

He visto a mi gata Nina con una lagartija sin patas en la boca. Siempre lo hace. Sólo le gustan las patas. Yo prefiero las pechugas.

He visto a mi amigo Pep comerse un croissant a la plancha con tres centímetros de mermelada de melocotón. Me han entrado ganas de comérmelo a besos. Pero he logrado contenerme.

He visto a un hombre que, sentado frente al volante, se quitaba un moco bajo la mascarilla.

He visto una entrevista que me han hecho para una revista femenina. A la pregunta de ¿qué es lo primero que harás cuándo todo esto pase?, he contestado: echar un polvo. En realidad, no estoy tan segura de ello. Delante de un periodista no consigo decir nunca la verdad. 

He visto que ha llegado un mensaje del hombre que siempre me gustó. He decidido no leerlo enseguida. Cuando el placer es un bien tan escaso, es preferible guardarlo para luego. 

5 de Junio

He llamado a mi dentista y hemos quedado. 

-Te espero- me ha dicho.

Debo de ser su única paciente. Por tanto, su paciente favorita. No es de extrañar porque a ver quién es el guapo que se atreve a que le hurguen así como así. Supongo que quedaremos tres en toda España inmunes al miedo vírico. 

Aunque, en realidad, yo no voy al dentista para arreglar mi dentadura, sino porque últimamente he desarrollado un especial interés en las cuestiones odontológicas. Y todo por culpa de la pandemia, que tiene sus cosas malas, pero también sus cosas buenas.  

Busco en el armario un vestido ligero de verano. Elijo el de rayas que tiene botones por delante y que, llegado el caso, es el más fácil de quitar. Vuelo hasta la consulta, llamo al timbre. El ding-dong suena a música romántica.  Me hacen pasar y aguardo mi turno, recostada en la sala de espera como una odalisca hojeando una revista de moda. Pocos minutos más tarde, una amable enfermera me conduce hasta él. 

Y le vuelvo a ver.

Con sus gafas de buzo, su gorro de baño, su mascarilla quirúrgica, su bata con las iniciales bordadas en en el bolsillo. Todavía no sé qué aspecto tiene J.L., el dentista, pero me resulta cautivador.

Me recuesta, se sienta a mi lado.

-¿Qué te pasa, Peque?- me dice inclinándose hacia mí.

¿Peque? ¡Me ha llamado Peque! No sé cómo tomármelo. Me lo tomo bien, claro. Y le miro con cara de cervatillo indefenso. Me pasa que estoy muy sola, Doc… pienso, pero no se lo digo porque no me atrevo. Soy una cobardica.  Le contesto algo insulso.

-Me pasa que me duelen los dientes, Doctor.

J.L. inspecciona mi boca. Concentrado, en silencio. Escucho su respiración, los latidos de su corazón. Huele igual de bien que la vez anterior. En el hilo musical resuena “Imagine” de John Lennon.  

-Tienes las muelas con pequeñas fisuras. ¿Notas que aprietas las mandíbulas?

Sí, lo noto. Noto que aprieto todo, todo el rato.

-Estás tensa, tienes que soltar- me dice mientras masajea mis mejillas. 

Cierro los ojos. Y veo cosas. 

J.L. desabrocha uno a uno los botones de mi vestido, sentado en su banqueta. Recorre mis muslos con su guantes azules, suaves de polvo de talco. Besa mi ombligo. Echa a un lado la bandeja, baja más el cabezal, apaga la luz. Caen las pinzas, las limas, los tornos, las espátulas, los separadores, las jeringas, los aspiradores, las sondas. Y mis mandíbulas se relajan. Al fin. 

-Deberías ponerte una férula para dormir, Peque- me recomienda sin moverse de su sitio y con todos los aparejos ordenados.

Aprieta un botón, me ofrece un vasito de plástico. Lo cojo con las manos temblorosas. Bebo. Nada hay mejor que beber un buen vaso de agua. 

Salgo de la consulta con mis fisuras. 

Las de los dientes y las del alma. 

Y me las llevo todas a casa.

Pesan un huevo.   

6 de Junio

Hace treinta años me marché de Italia porque me parecía un país invivible. Un lugar donde la corrupción había calado tan hondo, que ya no concernía sólo a los políticos, sino a la población entera. Es lo que pasa cuando la Mafia se convierte en un precepto moral, en una religión, en una manera de entender el trabajo, las relaciones personales, la vida. 

Por eso me fui. Y por eso no volví. 

Preferí quedarme partida en dos, abandonar una parte de mí, relegarla a los días de vacaciones, a las bodas y a los funerales. Y tragarme mi nostalgia sin masticar, como quien engulle una piedra, que baja muy despacio por el esófago. Y duele.

Pero todo vuelve. Siempre. Por mucho que uno escape, que mire hacia adelante, al final, los problemas vuelven y te atragantan.

B. lleva dos meses y medio muy enferma. A pesar de los resultados aterradores de su analítica, su médico de cabecera le recetó aspirinas. Y la apuntó en una lista de espera para hacerse una resonancia magnética. Nunca la llamaron. Tuvo que costearla ella en una clínica privada. Ahora lleva dos semanas sin ningún tipo de tratamiento, a la espera de que se libere una cama en el hospital. Pero tampoco la llaman. Y no se puede permitir el lujo de ingresar en una clínica privada porque ha pagado siempre todos sus impuestos, porque no ha robado a nadie. 

Escucho su voz al teléfono cada vez más fina, lejana. Es como si me hablara desde la Luna. Mi impotencia es absoluta, ni siquiera puedo coger un avión y presentarme en su cocina y hacer algo tan simple como tomarme con ella un té negro, bien negro, juntas. No puedo porque sigue sin haber aviones, porque se mantiene la cuarentena en España, porque han pergeñado el mecanismo perfecto para separarnos. 

Telefoneo a mi primo, le propongo llevarla a urgencias, me dice que las urgencias están en una situación tercermundista. Bien que lo sé. He visto morir en situaciones inenarrables a mi madre, a mi abuela, a una de mis mejores amigas, precisamente en los mismos hospitales que ahora, encima, esgrimen la gran excusa del coronavirus para liberarse de cualquier responsabilidad. Una enfermedad que en Roma apenas ha hecho mella, por absurdo que parezca. 

-¡Es una situación alucinante!- le grito exasperada. 

Exasperada, porque me siento extranjera en mi propio país, porque estoy lejos, porque no concibo el sufrimiento, la espera estéril, la indefensión, la impunidad de un sistema que los italianos parecen aceptar sin más. No lo entiendo, nunca lo he podido entender. Y me enfado. Y le cuelgo. A mi primo. Y ni siquiera me quedo a gusto, porque me habría encantado tener uno de aquellos teléfono antiguos de cable acaracolado y disco numérico para estampar el auricular en la carcasa de plástico.   

Me arrepiento enseguida. 

¡Qué culpa tendrá él de haber nacido allí! 

¡Qué culpa tendré yo de vivir a dos mil kilómetros! 

¡Qué culpa tendrá B. de ser vieja, y de que a nadie le importe su destino! 

Continuará…

    

8 comentarios sobre “Undécima semana en los diarios de Ayanta

  1. Pues contradigo a tu padre, me gusto mucho mas la de la semana anterior. Ten cuidadito vuelta a casa, ya estamos cerca de la antigua normalidad, eso nada de nueva. Viví en Italia Nord año 1980, y te entiendo, aquí entonces éramos aprendices del caos y yo muy jovencito, pero cada año nos vamos superando e igualando, ¿Y donde puede uno huir?

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  2. Buenas noches Ayanta!!!Me emocionas con tus cosas, con todas…y ya lo de tu querido padre( yo también le aprecio)……..va más allá.Me toca, me duele porque el mio se le asemejaba en las formas, en los dichos….ellos están (el mío ya, estaba) tan “alto” que no se paran un poco a sentir a la que tienen en frente , funcionan así….(un poco narcistas) en fin, les queremos así también, a pesar de…
    Siento lo de tu tía ,sigue rezando…
    Todo mi aprecio Ayanta.

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  3. No sé qué decir… pero me lanzo, a ver qué sale. Es como surgen esos textos que parecen inspiraciones proféticas. Sin saber qué va a surgir. Sólo en La Nada puede emerger El Todo.

    Tanto Todo para Nada. Ya se verá.

    Lo paranormal es sólo lo que “la ciencia de las máquinas”, aún no han podido corroborar sobre El Conocimiento ancestral. También venido de la observación, por cierto.
    Esa en la que el observador y lo observado son lo mismo.
    Como un diario. No sólo cuenta, también desvela… a uno sobre sí mismo.
    Ese es el secreto de El Guerrero para atravesar El Apocalipsis. Continua crisis, Transmutación. Cosas de El Uni-Verso, ¿no crees?
    Quien reza, cada cual a su manera, bien lo sabe.
    Disculpa que te tutee. Si es que se tercia disculpa.

    ¡Ah!, La próxima vez, si me permites un consejo profesional, las llaves del coche las llevas en la mano, cuando camines por la calle.
    Bien cogidas en tu puño, con la punta asomando entre los nudillos de los dedos
    corazón y anular.
    Transforma tu miedo en rabia.
    Así las enseño a mis alumnas de Defensa Personal.
    Pero no es profético. El control del entorno da la ventaja determinante. Es con lo que juegan los simiescos atacantes.

    ¡Muchas gracias!, por tu generosidad con tu tiempo, talento y sabiduría.

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