El vino del estío

Así tituló Ray Bradbury un libro de relatos en el que narra las vacaciones de verano de Douglas Spaulding, un niño de doce años, en la ciudad ficticia de Green Town. Estamos en 1928. Leí esa obra, si la memoria no me enreda, en la cárcel de Carabanchel. Era verano. Las estaciones no se encarcelan. Su lectura me cautivó. El título lo dice todo: los veraneos infantiles son pródigos en cuanto al crisol y la fragua de las emociones se refiere. Lo que en ellos ocurre se inscribe en la cera de de los sentimientos para siempre. Es un vino de alto voltaje cuyos efectos embriagadores no se desvanecen nunca. Su resaca, tampoco. Se trata, quizá, de la más adictiva de las drogas. La Señorita Nouvelle Vague editorializa sobre ella en este número de La Retaguardia y yo la imito. No veo razón alguna para que los editoriales de la prensa escrita cavilen siempre sobre los tediosos asuntos de la política, la economía y la sociología con alguna que otra pasajera incursión en el barrizal de las catástrofes ambientales, meteorológicas y sanitarias. Nosotros, como los filósofos y los poetas románticos, preferimos las razones y sinrazones del corazón a las sinrazones y razones de la razón. Antes que periodistas, aunque también lo seamos, somos escritores. Escribía César Vallejo: «Un obrero se cae y ya no almuerza. / ¿Innovar luego el tropo, la metáfora”». Pues sí… ¿Por qué no? Basta ya de pandemias, de reyertas políticas y de desastres laborales y económicos. Ocúpense otros de esas cosas. La Retaguardia mira a Homero, a Dante, a Shakespeare, a Hölderlin, a Keats, a Tennyson, a Leopardi… La Señorita Nouvelle Vague y yo estamos preparando un Manifiesto Romántico. Sturm und Drang: falta nos hace. Hablaba yo, y habla ella, del verano, que ya está en ciernes. Será como el paso de un ángel. Si exterminador o vivificador, ya se verá. Durante él todo lo sucedido en los últimos meses parecerá tan volátil como un sueño. Nos advierten de que quizá los virus reanuden su ofensiva. Yo pienso vivir como si así no fuese. Está por ver. Siempre he acomodado mi vida a la norma de no plantearme problemas hasta que los problemas se planteen. El verano es una frontera, un territorio off limits, en el que los niños afilan las espadas de lo que será su vida. Es un período crucial, un bosque animado, un jardín de senderos que se entrecruzan, un zafarrancho de emociones, un agreste escenario de libertad, un ensayo general del amor. De lo que en él suceda o deje de suceder depende todo lo demás. Tengo para mí que Eva mordió la manzana a finales de junio y que el  otoño empezó cuando la expulsaron, junto a Adán, del Paraíso. Es posible que este verano, a causa de las inclemencias sanitarias, políticas y económicas que todo lo han vuelto del revés, se parezca a los de mi infancia. Voy a hacer todo lo posible para que así sea. Tengo ochenta y tres años, pero Stevenson dijo que siempre se muere joven. La Señorita Nouvelle Vague, que anda por los veintisiete, y yo somos, según ese cómputo, coetáneos y por ello nos hemos enrolado en esta tarea juvenil y común. El próximo miércoles, cuando salga el próximo número de La Retaguardia, ya será verano. Pienso apurar hasta la última gota de ese vino: el del estío. Háganlo ustedes también. Levanten esa copa. Vuelvan a ser niños. Despreocúpense. Lean el libro de Bradbury y este semanario. Nazcan otra vez. 

5 comentarios sobre “El vino del estío

  1. Muchas veces he recordado una de las escenas finales de la película de Orson Welles Ciudadano Kane, el momento en que recuerda su juego infantil con el trineo. Su cara de tristeza y amargura por no poder recobrar esos momentos de despreocupación, en los que por su inexperiencia vital no era consciente del paraíso que tenía: su madre, su trineo… También yo, conforme me fui haciendo mayor, me fui obsesionando con un par de recuerdos infantiles que identifico con el paraíso, y esperaba poder volver a los lugares donde se ubican antes de morir, pero he visto en Google Maps que han desaparecido y me he llevado un gran disgusto, porque nada para mí tenía tanta importancia: si los volvía a ver podría ya morir tranquilo. A falta de ello, pues sí, creo que tiene usted razón: recuperar el talante de la infancia (no estoy diciendo infantilizarse, cuidado) y poder vivir, en la medida de lo posible, como de niño se ha vivido, con una infancia de las de antes (con buena parte de ella al aire libre y entre árboles y pájaros y tal), no sería mala cosa que se considerara un sueño que merece la pena intentar alcanzar. A ver si, para empezar, este verano se apiada de nosotros, en el supuesto de que seamos dignos de piedad, que es una peligrosa generalización en la que me incluyo.

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  2. He olvidado, en el comentario anterior, y eso que me había anotado la frase en un papelito que me he puesto delante de las narices para no olvidarlo, que me ha parecido una feliz forma de describir el verano lo de que el verano es “un agreste escenario de libertad”. Parece escrito por un escritor (es broma). Lo que particularmente me gusta es la elección de la palabra “agreste”. Es exactamente como a mí me parece que debe ser para que pueda ser un escenario de libertad: agreste. No parece tener pinta de que vaya a poder ser así ni mucho menos, al menos el que ahora empieza, pero mientras hay vida hay esperanza y que sea lo que Dios quiera.

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