La divorciada

Por: Yanire Guillén.

¿Qué viene después de la separación? Esta es la historia de un divorcio. Uno cualquiera.

Considero pertinente aclarar que no hay costumbre, tradición o idea general en la que yo crea tener más razón que los demás. 

_ Me parece cosa muy lógica el disfrutar cuando se puede.

_ Sí, pero es más lógico asegurar el disfrutar para mucho tiempo.

Baroja en “Los amores tardíos”

La persona engañada siempre se ve reflejada, casi retratada, con trazo velazquiano, en todas las historias de desamor. Esto va a doler. Duele leerlo, duele escribirlo y duele vivirlo. Pero de las cosas que duelen se sale más fuerte casi siempre. En este texto escucharás estruendos dentro de ti. Sentirás martillazos en el estómago. Presenciarás una cama matrimonial asediada. Lo que viene tras el divorcio es un exilio en Soledad. Recordar a tu marido constantemente a tu lado, su ausencia se hace insoportable. La niña hace preguntas… y tú preferirías respirar cenizas ante que contestar.

Bueno, pues un día estás casada y tienes una familia y al otro día eso se acabó. Imagina esta escena:  estás haciendo cola en el supermercado mientras tu marido te dice al oído que va a por helado. Tu hija empieza a dar saltitos y sale corriendo tras él. Les ves alejarse y volver hacia ti con la cara de ilusión de un corredor que llega a meta. La meta eres tú. Llegar a ti con algo que saben que te hará feliz. Les acaricias sus caras y piensas en cuánto les quieres. “¿Se podía querer tanto?”.

Se fue. Dijo que necesitaba vivir otras cosas. Nunca quiso explicar cuáles. Pero yo no cabía en ellas. “Hay otra persona”. De todo te enteras después, te rompes todos los días un poco descubriendo cómo se desarrollaron las cosas. Cuánto tiempo llevaban juntos. Si ella sabía que estaba casado. No paras de hacerte preguntas. Y lo peor que te puede pasar es encontrar las respuestas. Créeme, es mejor no ponerle fotogramas. Tus ojos enlutan para siempre.

_ ¿Qué tiene Pepita?

_ No sé qué tiene; pero se encuentra triste y de muy mal humor. Vuelve a pasar los días llorando.

Otro trago amargo has de pasar. ¿Más amargo? Sí, vienen los dos juntos a buscar a la niña. ¡Mi niña! ¡Nuestra niña! Apenas puedes hablar, jamás has sentido semejante nudo en la garganta. Le explicas a la niña que se va con papá y una amiga a pasar unos días. Llora. Se resiste. Su padre la coge en brazos y le da un beso. La tranquiliza. Ella te dice adiós. “Adiós, mamá”. No puedes llorar. No puedes llorar. No puedes llorar.

Les ves marchar. La otra mujer les coge de la mano. Tratas de que no te consuman los celos. ¿Son celos? Ya ni siquiera sé que es este dolor intenso que me dobla el cuerpo y me deja encogida tras la puerta, con un llanto desconsolado y un grito atrapado que pronto saldrá y se escuchará en todo el universo: “¡Es mi familia!”. Impotente. Muda. Rota.

Buscar casa, papeleo, abogados, peleas. Odio, más odio. Mucho rencor. “¿Por qué nos haces esto?”. Durante un tiempo eres un soldado en guerra. Juicios, vistas, más juicios. Si logras encontrar un resquicio del amor que hubo, todo se arregla y os dais el adiós definitivo. Cedes, claro que cedes. Necesitas que la guerra termine. “Quiero vivir en paz”.

Ah, pero ese niño que asiste a la separación de sus padres. Al principio, cada día, donde quiera que esté, le explota una mina bajo sus pies. Un estruendo ensordecedor que lo destroza todo. Es un caos premonitorio que le ayuda a ubicarse en el nuevo orden de las cosas. No sabe qué puede preguntar, qué debe callar… busca desconsolado el pasado, (una foto, un recuerdo). Detesta la precisión con la que el presente le arrebata cada día lo que más quiere: “¿No podemos vivir como antes?”

Lo superan. Aprenden a vivir con ello. Incluso son felices. 

Empiezan a sucederse los acontecimientos cotidianos. Primer día de colegio tras la separación: ya no somos tres. Mi hija me coge de la mano y me mira: le echa de menos. Entonces te das cuenta de que se ha hecho muy fuerte, mucho más fuerte que tú. Un día, la profesora te cuenta alguna floritura de la niña. Quieres llamar a su padre y contarle. No lo haces, le escribes un escueto mensaje. Los teletipos que nos enviamos los padres divorciados informando de una novedad.

Algunos lo llevan mejor. Pero sí, esa frialdad… está ahí.

¿Te vas haciendo una idea de lo que es la separación? Es renuncia. Durante un tiempo tenéis dos casas, pero ningún hogar. Una mochila siempre preparada para ir de casa de papá a casa de mamá. Un cuadrante con las vacaciones. Un “¿con quién me toca este año la Navidad?”.

¿Y tú? Aquel dolor deja de ser palpitante, te tiene invadida, sedada. Ha colonizado todo tu organismo y te gobierna la inercia. Esto se cura. Quiero que sepas, que tengas muy claro, que esto se cura. 

He visto a gente, sobre todo a padres, perderlo todo. Por eso me irrita tanto la frivolidad con que la gente habla del divorcio. He visto familias que se querían, separarse por una simple dificultad. Por eso hablo del divorcio. He visto parejas que se separan porque uno de los dos sucumbe al antojo del sexo con otro. Por eso hablo del divorcio. He visto matrimonios felices, robustos; familias llenas de vida, enfados, peleas y reconciliación. Por eso hablo del divorcio.

Pasa el tiempo. Aún te faltan las coordenadas de tu nueva vida. Cada página de tu agenda es como el mito de Sísifo. Esto también mejora. Un día te das cuenta de que el divorcio no mina ninguna capacidad tuya. Cómo no vas a salir adelante. Lo harás porque eres la misma. Dice el personaje de Yessica Chastain en Molly´s Game, tras superar un trauma, que había nacido “Yo S.A.”. Pues algo así. Sustituyes la depresión por tristeza; el miedo por prudencia; la soberbia por amor propio; el odio por indiferencia.

Aprendes la lección y sigues. Crías a tu hija sana y feliz. La parte que te toca. Porque esto se reparte. Hay otra familia cuidando de ella. En otra casa, con otros muebles, otros horarios, otros hábitos. Son esos días en los que tú empiezas a decir bobadas como “tengo tiempo para mí”. No es una bobada. 

Ese tiempo es para ti y sólo para ti. Para volver a erguirte, mirar hacia atrás, ya no con lágrimas, solo nostalgia. Te pones en pie y no te duele nada. Ese tiempo es tuyo para volver a amar. Ese tiempo es tuyo para, incluso, poder escribir estas palabras.

Un comentario en “La divorciada

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