La peste de Roma

Por: Julio Ocampo.

“Roma se convierte inevitablemente en un espejo y una medida”. Así concluye el escritor Kyle Harper su libro titulado: The fate of Rome: climate, disease, and the end of an Empire. Una reflexión sobre cómo tres pandemias importantes; entre los siglos II y VI; colapsaron el Imperio Romano. Lo hicieron coincidiendo con devastadores cambios climáticos, cataclismas de la época. Obviamente no fueron los motivos principales de su final en Occidente, pero que la naturaleza eructara supuso un espejo para ver que algo no se estaba haciendo bien. 

Para comprender todo en profundidad es necesario evitar términos como culpa, inocente, bueno o malo, causa-efecto. Cada cosa es la consecuencia de otra… Y así sucesivamente. Ni es verdad que el auge del Cristianismo terminó con el Imperio Romano en Occidente ni que las pestes o los cambios climáticos crearon una hemorragia tal en la demografía decisiva para su caída. Fue todo mucho más profundo, lleno de asteriscos y ramificaciones. Eso sí que debería ser un espejo, una medida para poder aplicarla, extrapolarla a día de hoy, cuando la naturaleza ha decidido vomitar de nuevo. 

Según la revista italiana de geopolítica Limes, en el Imperio se contabilizaron casi cuarenta pestes desde el año 187 a.C. hasta el 599 d.C. De todas ellas, tres lo diezmaron especialmente: la peste Antonina en el siglo II, la de Cipriano en el III y la de Giustiniano en el VI, menos de un siglo después de la desintegración en Occidente. La primera pandemia fue la viruela, y su causa estuvo relacionada a un modelo de poder imperial que transformaba a los ciudadanos en súbditos. Pudo ser el ejército la causa principal de la difusión. La segunda, por su parte, se debió a un patógeno desconocido y la última supuso el inicio de la peste bubónica. Todas ellas; además de las invasiones bárbaras, guerras civiles, intercambio comercial con África y Oriente, arribo de animales exóticos, hedonismo y narcisismo sin escrúpulos; produjeron una de las primeras caídas de Roma, que pasó –en pocos siglos- de tener un millón de habitantes (hubo que esperar a la Revolución Industrial en Londres en el siglo XIX para ver algo igual) a un pequeño poblado peligroso, insalubre y maldito. “Con Marco Aurelio hubo muchísimas víctimas. Fue la primera grande, y vino acompañada de una pequeña glaciación que hizo más letal el virus. Éste llegó de las batallas en Oriente. Fue Galeno (médico de corte) la fuente de la época. Sin embargo, con Giustiniano la glaciación fue feroz en toda Europa. Eso lo agravó todo creando una crisis económica, política y militar”, apunta Alessandro Bertolino, arqueólogo e historiador italiano. Parecía imposible que la capital de un estado de 75 millones de habitantes –representaba una cuarta parte de la población mundial de la época-, que se extendía del 65º al 24º paralelo terminara por desintegrarse. Fuentes de la época sostuvieron que todo comenzó con el ataque de Roma contra los Partos y el saqueo de Seleucia (Irak), hecho que provocó la ira del dios Apolo, quien mandó la peste Antonina (se estima que murieron más de 2000 personas diarias). Fue quizás el primer intento del hombre en simplificar y etiquetar, o reducir todo, para poder comprenderlo. 

Pandemia mediática

A partir del siglo III se dio en Roma una situación de ingobernabilidad, guerras civiles y ejércitos que se dividían por regiones. Con Diocleziano, quien masacró numerosos cristianos en su feroz persecución, se inventó la Tetrarquía (Dos Augustos y dos César), algo que no ayudó demasiado a la unidad. “La maniobra del Constantino de abrirse al Cristianismo en el siglo IV fue más que nada política. Para reforzar un imperio en crisis. Un Imperio que había pasado de la belle epoque con Trajano a la angustia imperial a partir de Commodo y hasta Diocleziano”, argumenta Domenico Palombi, profesor de Arqueología en la Universidad Sapienza de Roma. Un progresivo remar para morir en la orilla, debilitado paralelamente por las epidemias, los incendios como el de Nerón, la fragilidad humana y una crisis en la filosofía política de laica confianza en el imperio. Roma tenía necesidad de trascender, y ahí aparecieron primero los nuevos cultos orientales (Giove, Dionisio) y después la religión cristiana. Si los primeros pasos del Imperio estuvieron fundamentados por Tácito, Svetonio, Tertulliano, Plinio el Viejo y Plinio el Joven, entre otros, fue Ippolito quien profetizó el final del mundo en el año 500. No se equivocó, porque catorce años antes cayó el Imperio Romano en Occidente. La hecatombe, pese a que en Oriente perduró diez siglos más, fue de una magnitud similar. 

“Las epidemias marcaron pasajes fundamentales no sólo en la ciencia y la medicina, sino también en la cultura y la civilización. Los eventos catastróficos siempre marcaron la historia del hombre”, resalta Alessandro Meluzzi, psiquiatra, criminólogo, además de presbítero y arzobispo de la iglesia ortodoxa italiana. Fue diputado por Forza Italia, miembro de la masonería del Grande Oriente de Italia… Y apasionado de Roma. “Era una civilización sofisticada, muy urbanizada, con grandes mercados que traían comida de todo el mediterráneo. Muy moderna… Tras las guerras góticas, la peste de Giustianiano, la toma de Totila la demografía desciende enormemente”, aclara. Italia pasó a ser rural y llenarse de bosques, quizás una profecía de lo que podría suceder hoy día tras el coronavirus. 

En el siglo XIV Boccaccio contó la peste que puso fin a la Edad Media -a la sociedad tribal- y trajo el Renacimiento, el Humanismo en Italia. La pandemia del siglo XVII dilapidó la Guerra de los Treinta Años… Luego, superado el trauma, vinieron Galileo y el Iluminismo. “Pero la del Covid”, termina el profesor Meluzzi, “no es una verdadera pandemia. Su cifra de muertes es similar al de una fuerte gripe. Sí que ha sido, hasta el momento, la más mediática de la historia de la medicina, pero el impacto demográfico no ha sido el peor de todos”. Quizás el espejo de que algo se está haciendo mal, tanto en la naturaleza, como en el capitalismo, el liberalismo o incluso en la desmedida sobreinformación y globalización que reina en el siglo vigente. Ya no se cree en el dios Apolo, pero la humanidad sigue queriendo comprender todo, de forma simple. De forma simple, y cada minuto. Habrá que mirar nuevamente a Roma para intentar descifrarla en toda su extensión para poder conocer el presente e ilustrar el futuro inmediato. Quizás en las antípodas de un forzado consumismo del que la gente abusa insaciablemente para sentirse ciudadanos del mundo. Sobre la insatisfacción y los desequilibrios –de los nobles romanos- ya se encargó Séneca de hablar, y además lo hizo muy bien. 

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