La peste

Por: Mercedes Sánchez.

Unas palabras sobre el autor. La controversia con Sartre. 

Una de las premisas del pensamiento filosófico de ambos partía del famoso “Compromiso”, es decir la obligación que debe tener el intelectual para intervenir en los conflictos sociales. Este último eligió la vía de la justicia lo que le abocaba a lo colectivo. Camus, partiendo de similares premisas antepuso la idea de libertad. Por tanto le llevaba a considerar al hombre individual, a la persona dentro de la sociedad.  Es una constante en su obra esta idea. En La Peste aparece reiteradamente, como no podía ser de otra forma.

¿Por qué elegí La Peste? Me he preguntado.  

Es indudable que me dejó huella cuando la leí cuando era una adolescente y tras esta última lectura he de reconocer que para bien. Todo el mundo me dice que la ha leído, pero en otro tiempo.  Así ha sido también mi caso. Volver a ella ha merecido la pena. Aunque el tema es arduo y asusta.

Es una crónica de lo que no existe pero puede sobrevenir, según la enigmática frase de Daniel Defoe que el autor nos da entrecomillada  en la entradilla de su novela.

Tiene trazas de ser una crónica, así lo dice reiteradamente  en el texto.  La intención de cronista del anónimo narrador aparece en la primera página y en la última, así como en el tono aparentemente aséptico, diríamos, con que se construye toda la novela.  Es más que una crónica, bastante más que una buena narración sobre una terrible hipótesis y el autor debió ser consciente del mensaje. 

El aliento que mueve la narración va más allá de un sucedido. Posee la fuerza del episodio bíblico al que se nos remite: el terrible cuarto jinete del Apocalipsis. El cuarto jinete; la muerte, a quién acompaña el hambre, la guerra y la peste.

Con una aparente sencillez, en donde se esconde la autentica grandeza de esta novela, se nos presenta al ser humano inerme ante la naturaleza y ante Dios. Hoy en día pensar, discutir sobre el trascendentalismo religioso no se lleva; hace sesenta años sí era importante y se trata aquí con bastante rigor, en las dos acepciones del término.

Dentro de su excelente esquematismo narrativo, de la pureza y compasión con la que se acerca a esa población doliente, el autor abarca a la humanidad entera. La soledad del hombre, la enfermedad, la ternura en los vínculos familiares, el compañerismo, la rebeldía en definitiva, la lucha tenaz de unos cuantos contra la plaga.  

Nos avisa el texto; esto sucede, ha sucedido y volverá a suceder: “y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. 

Alguien me dijo o yo leí, que en esta novela la plaga es un simbolismo alertador contra el nazismo. Es posible. Aunque podría ser que aludiera al comunismo. Conociendo su trayectoria no descarto que lo fuera para todo totalitarismo que impone sus reglas. Porque percibo que en ese hombre llamado Albert Camus -y ahí está su obra filosófica para demostrarlo- le importó por encima de todo esa palabra tan atrayente y esquiva:  libertad.

La novela en sí, el modo en que se cuenta es bastante convencional dentro del impacto de la epidemia imprevista. 

Es una buena narración, por supuesto.  El asunto, la peste, se va abriendo ante nosotros con una lógica paulatina, primero aparece una rata muerta, luego va a más. 

A los personajes, nítidos, bien trazados los vamos viendo comportarse, pensar, actuar con su personalidad bien marcada, entrañables todos, los ves, los reconoces. 

Una curiosidad, Cottard, el personaje que se encuentra feliz con la peste porque así la justicia se olvidará de él. En dos pinceladas nos dice el autor que mató a alguien en una playa bajo un imponente sol, deduzco que años más tarde será el protagonista de El Extranjero. Aquí es el personaje insolidario, insensible que luego será Mersault.

Ya hacia la mitad del libro asocié que el narrador sería el Dr. Rieux, quien trasunto del maestro que le sirvió de guía en su dura infancia en Argel y a quien dedicó su premio Nobel. 

Rieux, sin cambiar de tono dijo que “él era un hombre cansado del mundo en que vivía y sin embargo inclinado hacia sus semejantes y decidido, por su parte, a rechazar la injusticia y las concesiones”.

El lirismo que invade todas y cada una de estas páginas no se compadece con la idea de crónica en que insiste a cada rato el narrador, posiblemente porque así nos acerca, nos involucra más en el tema. Por ejemplo: “Un cielo, entremezclado de agua y sol, vertía una luz más  joven”.

Siendo -el narrador- “el historiador de los corazones desgarrados

La ciudad desierta, flanqueada por el polvo, saturada de olores marinos, traspasada por los gritos del viento, gemía como una isla desdichada” y otros tantos más.

No sé qué tiene esta novela porque va más allá de todo lo que he intentado expresar, hay más, algo que no sé definir del todo pero que sería  así como que, tras “superar la epidemia” me encuentro con que la experiencia de la lectura me ha vuelto más esperanzada  ante la vida, me ha trasmitido la compasión que rezuman las palabras con las que ha ido creando el autor su relato, nunca antes, ni las otras dos veces en que la leí, en la adolescencia, en la juventud y ahora.

Ninguna otra lectura me ha hecho sentir el reconocimiento de que los seres humanos somos uno enfrentados a nuestra suerte y que nadie se queda inerme ante la plaga, trasunto del Mal, de la Muerte, ya que siempre habrá gente anónima que lucha y ayuda.

Aquí encuentro la respuesta a la pregunta que me hacía al principio, por qué me incliné por elegir esta obra tan descarnada que juega magistralmente con la ficción / verdad para que nos sirva de consuelo ante la desvalida condición humana y a que “algo se aprende en medio de las plagas”. Creo que algo he aprendido yo también.
Sin saberlo, también había otra razón, compartir lo que un día leí: “Compañerismo, lo que se dice compañerismo de verdad igual al del Campo de Concentración no lo conocí ni en los frentes, ni cuando era libre ni en ninguna parte”. Memorias de un guardia de la República. Manuel Sánchez Sepúlveda, mi padre.                                             

Un comentario en “La peste

  1. Pues aquí uno que no la ha leído y que duda que alguna vez la lea, a pesar de lo muy recomendable que pueda ser su lectura. Es una lectura sombría, ¿no? Si en el mundo hay mucha desgracia, pues nada nuevo bajo el sol. Y como es inevitable que así sea, ¿por qué no mejor centrar la atención en iluminar la propia existencia lo que buenamente se pueda? Hay formas de conseguirlo, basta para encontrarlas el sentido común y son muy sencillas. Cierto es que no dan para mucho, pero menos da una piedra.

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