Saliendo de Matrix sin mordaza

Por: Alberto Valenzuela.

¿Qué hace un tipo como tú en un sitio (web) como éste?, se preguntarán algunos. Lo cierto es que como individuo perteneciente a una generación adoctrinada en lo políticamente correcto soy consciente de que abrir esta puerta es adentrarme en el laberinto del  estigma (sobre el que escribió el sociólogo Erving Goffman). Una vez que uno empieza a analizar fenómenos que ejemplifican una realidad descarnada y por muy contrastados que estén los datos, las conclusiones del análisis irán irremediablemente chocando contra el muro del pensamiento único y el dogma de lo políticamente correcto. Ese mantra de tabúes inviolables.

Hubiese preferido, como el tipo calvo del filete falso, quedarme dentro de Matrix, bebiendo ambrosías que aniquilan neuronas en esos garitos oscuros de paredes desconchadas. O haberme refugiado en las limpias discotecas de pulcritud distópica, pero por desgracia, el simulacro en el que vivimos inmersos es cada vez más burdo. No hace falta ya que vengan ni Baudrillard ni el negro Morfeo para desenmarañar las siempre crecientes nebulosas de falacias que nos roban el aire. Basta con estirar los brazos como Neo para comenzar a apartar bits de desinformación e ir despertando así de la claustrofóbica dictadura del lenguaje instrumentalizado y el pensamiento limitante en el que nos hemos ido dejando encapsular.

Resulta complicado mirar hacia otro lado cuando nos lastran el alma con mentiras y nos ahogan con mordazas. Sin embargo, entrar en la espiral de las verdades incómodas tiene un elevado coste social. El peaje de ser reacios al constructo dogmático de las supuestas bondades del globalismo nunca resulta vitalmente barato ni sabemos cuánto puede mancharnos o estigmatizar nuestra imagen. Nos exponemos así a esos “dos minutos de odio” por parte de los aborregados habitantes de Oceanía en la esencial novela de George Orwell, hoy convertida en una asfixiante realidad virtual. Una unidimensionalidad hegemónica postmarcusiana. Un totalitarismo cada vez menos sutil donde nuestro lenguaje se va coartando, recortando y modificando. Lo que fue una vida libre se ha ido convertido en una  mera supervivencia callada.

La neobolchevique Eurasia orwelliana de 1984 es hoy un espacio tangible donde la nueva ideología hegemónica va perforando gota a gota nuestras conciencias con el triunfalismo de su falaz bonhomía moral. Es decir, si escribes en ciertos medios o criticas algunas políticas disparatadas, automáticamente serás tildado de excéntrico alarmista políticamente incorrecto, en el mejor de los casos, o de  facha en el peor escenario. Sin embargo, y a pesar de todo, cada vez somos más individuos (sin que necesariamente tengamos ideologías afines) los que hemos despertado de un largo letargo y nos vamos dando cuenta de que los únicos verdaderamente trastornados son los que tripulan la nave.

Hablando de naves: bien sean cohetes interestelares, aerodeslizadores electromagnéticos o simplemente embarcaciones metafóricas, conviene recordar que Giordano Bruno predijo la existencia de exoplanetas (sostuvo que existían otros planetas que giraban en torno a sus estrellas fuera de nuestro sistema solar) y por ello fue asesinado el 17 de febrero del año 1600 por la Inquisición romana. La Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Física en 2019 a los astrofísicos Michel Mayor y Didier Queloz (compartido con James Peebles) reconociendo así el descubrimiento, publicado en 1995, del primer planeta fuera del Sistema Solar. Han dado la razón, tres largos siglos después, a Giordano Bruno. 

¿A cuántos de nosotros va a quemar la nueva Inquisición del pensamiento único por seguir escribiendo que gran parte de nuestras élites dominantes están destruyendo Europa con sus políticas suicidas? En aquella ocasión al menos, y a diferencia de ahora, el sumo pontífice de entonces tuvo dudas sobre lo acertado de la sentencia.

La nueva Inquisición laica marca a fuego en las redes sociales, en los medios de comunicación de masas y en las universidades. Además, en la medida en que decidas ir a contracorriente sin encajar tu crítica dentro del marco estrecho de alguno de los partidos políticos actuales, serás visto como un ente extraviado y por tanto proclive a ser juzgado por los nuevos acólitos del adoctrinamiento hueco. Ese es el listón bajo fijado adrede. Los compartimentos estancos y las burdas etiquetas de centro, izquierda y derecha son encuadrados por los que se benefician de la división cainita de los europeos. No caigamos, ni ahora ni nunca, en la cortina de humo de la resurrección perenne del guerracivilismo (que en España con tanto acierto instrumental para sus fines rescató un expresidente sin programa ni biblioteca). Seamos intelectualmente autónomos pero exijamos sobrevivir como civilización.

Evitemos la alternancia única. No les permitamos a los que nos gobiernan que nos sigan troquelando el sistema educativo y perpetuando lo que el filósofo francés Jean-Claude Michéa denominó una escuela de la ignorancia dedicada a la producción sistemática de consumidores inmaduros, una masa anómica presa fácil de los discursos enlatados.  La Matrix se refuerza así creando falsas polaridades que no son verdaderas oposiciones ni auténticas alternativas. Esa es la guerra falaz en la que quieren que vivamos inmersos y divididos, sumisos y obedientes. 

Ya lo decía hace muchos años, en una época donde la opresión era menos eficiente, Wright Mills: «Sed inteligencias que afrontan por sí mismas los problemas del hombre y de la sociedad, […] no renunciéis a vuestra autonomía moral y política aceptando en los términos de cualquier otra persona la practicidad antiliberal del ethos burocrático ni la practicidad liberal de la dispersión moral». Parece sin embargo que un importante sector de la falsa progresía de hoy lleva varios lustros renunciando –con cada vez menos vergüenza– a la autonomía moral, remplazándola por la autoridad moral. Se erigen así en policía de la nueva normalidad totémica. De la misma manera, el neoconservadurismo neoliberal se doblega a los mercados y a los intereses no europeos, sometiéndose a la practicidad liberal de la dispersión moral.

Existe también una nueva extrema izquierda totalitaria (que no es nueva en su defensa del totalitarismo, sino en su carcasa 3.0) que pretende además evitar cualquier tipo de crítica interna o externa mediante la bestialización o la nazificación (o fachización, si se me permite el neologismo) del elemento crítico: «En las guerras civiles el proceso de naturalización del enemigo, de “ellos” –que son, al fin y al cabo, nuestros compatriotas– suele incidir de manera especialmente enérgica en la extranjerización (o bestialización) de los adversarios, a los que (para alejarlos psicológicamente de “nosotros”) se les acusa, por ejemplo, de ser “sicarios de Hitler y Mussolini”…, categorías deshumanizadas, deslegitimadas, contra las que resulta mucho más sencillo activar y mantener una conducta violenta».

Lo que el filósofo judío alemán Leo Strauss denominó reductio ad hitlerum se ha convertido en la verdadera nueva normalidad. Presenciamos la destrucción de Europa en silencio sumiso, bajo la constante amenaza de ser tachados de nazis peligrosos si en algún momento levantamos la voz contra los atropellos diarios y la merma de libertades que vamos experimentando.

El argumento ad hominem de algunos ideólogos perseguidores consiste en que ustedes no puedan opinar de política si comen sobrasada. Para la nueva policía del pensamiento el no ser veganos les hace ya seres perversos, sospechosos y por tanto indignos de tener una opinión sobre cualquier tema, sea cual fuere. Así por ejemplo, dentro del nuevo delirio en el que vivimos inmersos, algunas asociaciones –gendarmes de la nueva corrección política– han comenzado a exigir que se retiren cuadros del Museo del Prado por no ajustarse a los preceptos morales del 2020. ¿Seré ahora injustamente acusado de reaccionario o secuestrador mitológico de mujeres por oponerme a que se esconda a Rubens en el trastero? Esa es la paranoia en la que realmente vivimos presos.

Por ese motivo, hoy más que nunca hace falta escribir en espacios de libertad porque nuestras palabras y mentes se encuentran más oprimidas que nunca. No me hace falta comulgar con todo lo que este periódico defienda, siempre y cuando se nos permitan crear barricadas para proteger las paredes de nuestro continente, de nuestra civilización y modo de vida. Ya que no va a preservarse sólo por la mera inercia de la costumbre. De hecho, la historia de Europa está llena de cicatrices que atestiguan que la paz no ha sido una constante histórica frecuente en el Viejo Continente y jamás se ha logrado sin sacrificio. Sacrifiquémonos pues, comencemos a pensar, a protestar, a exigir cambios y a ser motor de los mismos, precisamente para evitar guerras futuras. Evitemos que nos quiten el techo una vez que nos han ido destruyendo las paredes. 

Primero nos dijeron que la globalización era imparable (“la izquierda” en un primer momento se opuso, luego se convirtió en su adalid. La “derecha” siempre la abrazó, priorizando el PIB sobre sus ciudadanos). Ahora nos dicen que Covid 19 no tiene patria ni origen (o que no es importante que nos centremos en ello). También añaden que hacer críticas a la gestión gubernamental es antipatriótico. Igual de estúpido me parece abrazar todos los argumentos, por descabellados que sean, de los que critican la gestión del gobierno, o negar los escasos aciertos que el actual gobierno de España pueda tener. Me estoy cansando de ese lenguaje simplificador de nosotros y ellos. ¿Quién se beneficia realmente de ideologizar la crítica?

Cada vez se nos restringe más el lenguaje y la libertad. Algunos sin embargo, no queremos que se nos amordace, ni geolocalice. Tampoco deseo que me taxonomicen y mucho menos aún que me lobotomicen e intenten encuadrar en una ideología o un compartimiento estanco para acallarme. No permitamos que nos impidan hablar de ciertos temas por espinosos que sean, no toleremos que modelen nuestro vocabulario. Es necesario que podamos volver a tener una voz libérrima y crítica contra las imposiciones que dependen de agendas exógenas y que van en detrimento de la supervivencia de nuestra identidad.

Hemos de poder rebelarnos contra la censura impuesta por los grupos de presión que sirven a intereses de colectivos intolerantes y totalitarios. Eso no nos hace ni fascistas ni seres del averno aunque les duela a muchos reductores de cabezas que se sientan en los escaños de nuestros parlamentos.

Fuente: elmanifiesto.com

2 comentarios sobre “Saliendo de Matrix sin mordaza

  1. La película Matrix, je, je. Sólo la vi una vez, hace un siglo, y me dije cuando vi cruzar una calle a una mujer vestida de rojo: mira qué chula va, sin saber que es una simple marioneta. ¿Rebelarse ella? ¡Quía! Si alguien se lo hubiera dicho, que no era la tía fetén que creía ser, sino una vulgar marioneta, no cabe la menor duda de que no se lo habría creído. Y yo me pregunto: si no se lo quiere creer, si se niega a conocer la verdad, ¿no es como para decirle “pues anda y que te zurzan”? Es una duda que tengo.

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