Duodécima semana en los diarios de Ayanta

8 de Junio

Me levanto de la cama, me ducho, extiendo crema hidratante en mi piel, rocío mi cuello de colonia, me recojo el pelo, coloreo mis mejillas, me pinto los ojos, repaso con un lápiz el contorno de mis labios. Contemplo los vestidos colgados en mi armario. Elijo uno, me lo pongo. Calzo mis pies con unas sandalias de tirita fina en el tobillo. Me miro en el espejo, aliso la falda. 

Y me doy cuenta de que todo esto lo hago por ti. 

Porque te espero hoy, como te esperaba ayer, y te esperaré mañana. Aunque no exista ninguna posibilidad de que aparezcas sin avisar, llames a mi puerta, me des una alegría. 

¡Con lo que me gustan a mí las sorpresas!

Y así pasan los días. Por la mañana me visto para él, por la noche me desvisto para él. Y el hombre que siempre me gustó nunca llega. Y hay días buenos, pocos, en los que me digo que debo aprender a esperar. Y hay días malos, muchos, en los que me digo que ya está bien de esperar. Que estoy harta. Que no tengo siete vidas como mis gatos. 

La verdad es que me asaltan las dudas. No me fío de mí. Nunca supe elegir con tino a mis amantes.

¿Y si este tío es un aburrido, un conformista, un cobarde?¿Por qué no se monta en el coche con lo puesto, y cruza la aduana a escondidas, y conduce mil horas sin dormir, y se cuela por la puerta trasera de mi casa, y arranca una rosa de mi jardín, y me prepara un zumo de naranjas rojas, y me lleva a la cama un opíparo desayuno sobre una bandeja con patitas? ¿Eh? ¿Por qué no? ¿A qué espera? ¿A que se desate la Tercera Guerra Mundial? ¿A que explote una central nuclear? ¿A que caiga la Bomba Atómica en la Puerta del Sol? 

¿No es acaso suficiente con una pandemia?

Anoche me dijo que el 15 de junio no podíamos vernos en la frontera, tal y como habíamos quedado. Resulta que le tocan los niños. Y no puede cambiarle el turno a su ex, no vaya a ser que le persiga de nuevo por la carretera pero, esta vez, con un machete entre los dientes. 

¿Por qué nada de lo que leí en los libros, de lo que vi en el cine, de lo que me contaron, de lo que imaginé, sucede en la realidad?

9 de Junio

Tres y cuarto de la mañana. Llego de la radio. Me tropiezo con las deportivas que mi hija ha dejado tiradas en medio del salón, como suele. No me rompo la crisma de milagro. Busco cobijo en la cocina. No sé si fumarme un cigarro o comer algo. Cojo dos huevos de la nevera semivacía. Los bato con la mirada fija en la encimera. En realidad, debería irme a dormir. Estoy muerta.

Enciendo el fuego. Sigo batiendo los huevos, ahora con la mirada fija en el redondel rojo de la vitrocerámica. Desprende un calor agradable, que calienta mi cara y me produce todavía más sueño. Pero las ganas de una tortilla francesa vencen al cansancio. Echo el huevo batido. Empieza a salir un humo negro que invade toda la cocina. 

He olvidado poner la sartén.

10 de Junio

Y la cosa no terminó ahí. La cosa ha seguido esta mañana. Me he despertado hambrienta, he dado de comer a Nina y a Bowie su pienso favorito, al tiempo que ponía a tostar un croissant para mí. Pero no he calculado bien y se ha quemado. Lo he tenido que rascar con un cuchillo en la pila quemándome los dedos. Por fin me siento a desayunar y, en un mal gesto, vuelco la taza de café con leche. Se ha hecho un charco tan grande encima de la mesa que parecía que hubiera derramado cinco tazas, en lugar de una. El café con leche ha caído en cascada sobre mis pantalones, la silla y el suelo. Lo friego todo y me cambio de ropa. Después cocino toda la mañana. Canapés, brevas y melón con jamón, albóndigas de pescado, patatas a lo pobre, mayonesa casera, tarta de fresas. Viene toda la familia a almorzar. No nos hemos visto desde el inicio del confinamiento.

Mi padre sólo comió melón, nada de lo que había preparado le gustaba. Mi hija, tampoco probó bocado. Dice que los fritos hacen que le salgan granos. Mi hermanito y mi sobrina viven del aire, así son los niños. Mis dos madrastras están a régimen, porque el encierro les ha hecho perder la línea. Y a mí, con tanto trajín, se me había pasado el hambre. La única que dio buena cuenta de las viandas fue Aixa, mi hermana. 

Se lo agradecí en silencio. 

Yo, cada vez que organizo una comida o una fiesta, pienso que va a ser un desastre, que no va a venir nadie. Y que, si vienen, se van a enfadar entre ellos. Porque se lo toman todo muy a pecho, porque hablan de política, porque son un crisol de generaciones que se observan con sospecha. Así es que me paso las horas desviando conversaciones potencialmente peligrosas, limando ironías que puedan resultar ofensivas, intentando que se sientan bien. Les doy la razón a todos porque he llegado a un punto en el que nada me importa nada. Ni el contagio, ni el 8M, ni los negros en Alabama. Ni siquiera el pelo naranja de Trump. 

Soy una ansiosa. Tengo complejo de perro ovejero. 

Y al final se van, tan contentos. Los saludo en el quicio de la puerta, miro cómo desaparecen tras la esquina de mi calle y ya pienso en qué comida voy preparar la próxima vez que nos veamos, ahora que podemos. Porque ha sido bonito. Porque les echaba de menos. Porque son mi gente. Porque nada me gusta más que contemplar sus rostros. Y adivinar en qué nos parecemos. 

En qué nos pareceremos. 

11 de Junio

De pequeña solía ir con mi abuela de visita a casa de una amiga suya, de ascendencia malasia, que me tenía fascinada. Por cómo iba vestida y por la decoración oriental del salón en el que nos aguardaba, recostada entre grandes cojines dorados y con un cigarrillo de larga boquilla entre sus dedos, saboreando un té picante, especiado. 

En aquella época leía las aventuras de Sandokán y me creía Lady Marianne, y soñaba con ser raptada por aquel pirata de ojos verdes y larga melena. Y como siempre he sido muy fantasiosa estaba convencida de que, durante la merienda, aparecería por sorpresa el famoso tigre de La Malasia, galopando por el pasillo, en ralentí, con los músculos marcados bajo su impresionante pelaje.

A la espera de que llegara el hombre de mis sueños, me dedicaba a merodear por las estancias, mientras las dos mujeres seguían con su cháchara interminable. 

El comedor parecía un jardín. Olía a selva y a canela. Frondosas plantas tropicales pendían de las estanterías, se enredaban en las lámparas, esparcían sus hojas en el suelo. 

Me encantaba sentarme en la mesa ovalada de cristal, rodeada de espejos enfrentados. Veía mi imagen reflejada miles de veces, desde todos los ángulos posibles. Por delante y por detrás, de perfil, de escorzo. Un viaje infinito en el que descubría a las mil personas que habitaban en mí, y a las que nunca había conocido.

Mi Ayanta favorita era la que se parecía a Lady Marianne, el amor imposible de Sandokán. La llamaban la Perla de Labuan porque tenía la piel tan blanca como el nácar. Tan blanca como la mía.

Una de aquellas tardes mágicas, le vi. Tenía un turbante, iba descalzo, a pecho descubierto, con unos bombachos asiáticos. Corría hacia mí, desde el otro lado del espejo. Cruzó la luna de un salto. Y posó sus los labios en los míos.

Fue el primero de mis besos. 

12 de Junio

Recorro la lista de contactos. Apellidos de amigos, de familiares, de conocidos, desfilan en la pantalla del móvil. Busco a alguien que pueda ayudarnos a encontrar una cama en un hospital para mi tía. Es repugnante. Aún así, lo hago. Nadie debería verse obligado a conseguir un enchufe en cuestiones relacionadas con la salud. Pero no me queda otra. No puedo quedarme pasiva ante el desbarajuste de la sanidad italiana y sentirme luego responsable de un desenlace fatal, que nunca me perdonaría.

Se ilumina un nombre: Matilde. Es una amiga con la que he compartido todos los veraneos de mi vida. Y es una de las personas más buenas, optimistas y generosas que conozco. Nuestras familias se frecuentan desde antes de que nosotras naciéramos. Es directora de cine y, hace unos años, encontró en su archivo una grabación antigua, en blanco y negro, en la que mi madre cruzaba delante de la cámara. Apenas unos instantes. No más de un parpadeo. Es el único recuerdo en movimiento que tengo de ella. Cuando me lo mostró, tuve que verlo varias veces seguidas para conseguir alargar lo más posible aquellos segundos de vida. Fue un gran regalo. 

La llamo. 

Le explico la situación. Me dice que conoce bien a la directora del pabellón de ginecología de una clínica romana de renombre. Una casualidad increíble. 

La llama. 

Pocas horas después, mi primo me envía una foto de B. en la cama del hospital. Mira a cámara muy seria, muy guapa. Siempre ha sido una señora con categoría, capaz de mantener la compostura en cualquier situación. Observo la foto, me fijo en sus muñecas, en sus manos. Están tan delgadas que parecen las patitas de un gorrión. Y veo lo que no quiero ver. Siempre me pasa. Es como si mis ojos emitieran rayos X. 

Es como si su corazón fuera el mío. 

Noto el esfuerzo de seguir viviendo en cada uno de sus latidos. De mis latidos.    

13 de Junio

A veces pienso que me habría gustado que mis hijos nacieran en una familia convencional. Con unos abuelos que les adoraran y les llevaran al cine y les concedieran todos los caprichos. Y una bandada de primos y sobrinos los domingos. Y unas comilonas tremendas en Navidad. Y un matrimonio de los míos, uno al menos, tampoco es tanto pedir, que hubiese funcionado.

Sí, me habría gustado.

En mi familia somos demasiado artistas, excéntricos y ególatras como para perder el tiempo comiendo palomitas en el cine con un nieto o un sobrino. Yo, sin ir más lejos, jamás he llevado a Maya, la hija de mi hermana, ni siquiera a tomar un helado. No tenemos término medio, somos de todo o nada. O bien nos vamos de viaje a Laos todos juntos, o no nos vemos en tres meses.

  Por eso yo, en estas semanas desgraciadas, en las que me he sentido tan sola, me he dedicado a hablar con una hoja de papel porque no nos podíamos ir ni a Laos ni a ninguna parte. Y porque me he dedicado a espantar a todos los hombres que se me han acercado.  

¿Se puede caer más bajo?

14 de Junio

No hay nada más triste que un hijo triste. Y Caterina está triste, porque las cosas que le pasan ya no son cosas de niños, sino de mujer. Aunque su piel mantenga la ternura de la infancia y fluya más leche que sangre por sus venas. Tiene veinte años. Mil ventanas por abrir. Y un mundo por descubrir que no es ni blanco ni negro, como ella cree.

No me queda tan lejos. Lo recuerdo bien. 

¡Qué difícil me resulta darle malas noticias! Hablarle de lo complicado que es envejecer, de la enfermedad, de la muerte. Del final. Justo ahora, cuando todo se despliega ante ella como un principio, lleno de esperanzas y de ilusiones. Nada me apetece menos que pisotear el nido que construimos su padre y yo con tanto cuidado, para que se sintiera bien. Caliente y protegida. 

Malos tiempos para los jóvenes. Y para los viejos. Y para los padres. 

¿Cómo convencerla de las bondades de la tolerancia, de la paciencia, de la aceptación? ¿Cómo enseñarle a ser generosa sin pretender nada a cambio, a abandonar las posturas rígidas, a escuchar aunque no te escuchen, a tolerar las ideologías diferentes, a llamar a la puerta después de un portazo, a mantener el sentido del humor ante un comentario hiriente, a encontrar el resquicio por donde entrar y hacerse un hueco, a olvidarse de la timidez adolescente, a no enfadarse, a dejarse conocer, a mostrar quién es, a mirar la vida de frente, pero con una sonrisa? 

¿Cómo enseñarle a dejar de ser joven?

Hoy ha habido un brote de coronavirus en el el hospital donde está ingresada mi tía. Han prohibido las visitas. A media mañana la han encontrado sentada en la cama, vestida, con el bolso en el regazo, dispuesta a marcharse. 

-¿Dónde va?- le ha preguntado sorprendida una enfermera.

-Me han dado el alta- le ha contestado B.

Me asalta una tremenda inquietud por los efectos devastadores de la soledad. Ni siquiera puede hablar por teléfono porque se ha quedado completamente sorda. De nuevo, me veo abocada a relacionarme a través del maldito WhatsApp. De nuevo, mis peores presagios se hacen realidad. A lo largo de estos meses, lo que más dolor me ha producido ha sido imaginar la enfermedad y la muerte de nuestros ancianos solos, en una habitación fría, inhóspita, irreconocible. Me resulta inaceptable. Y sin embargo, así ha sido. Así es. Así estamos ahora. 

Se lo cuento a Caterina. Me mira demudada. Con esos ojos negros llenos de lágrimas que se me comen. 

-¿Y yo qué hago, mamá?

Me lo pregunta en serio. Y espera.

Y yo no tengo una respuesta. 

15 de Junio

Estoy escribiendo. Llaman a la puerta. Es muy temprano. Detesto que me interrumpan. Será el cartero. Abro la puerta. Y le veo, enrejado por la cancela. Lleva una pequeña mochila al hombro. Es él. Es el hombre que siempre me gustó. 

Y al que nunca hice ni caso. 

Continuará…       

6 comentarios sobre “Duodécima semana en los diarios de Ayanta

  1. Me ha encantado el diario del 14 de junio. Es un relato corto pero denso porque contiene en pocas palabras los sentimientos y vivencias más importantes en la vida.

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  2. La verdad que me sorprendió el FIN, en lugar del continuará…
    Seamos comprensivos con el gran trabajo que supone sacar cada número del semanal; errar es humano.
    Por lo demás creo, como tu padre, que tu diario no puede terminar en Madrid; sería más pleno si pudieras completarlo con tus vivencias en tu viaje a Italia, como mínimo cuando te reunas con el resto de tu familia. Sería un buen colofón para lo que todos deseamos, que lo puedas conseguir con éxito. De no hacerlo nos dejarías como lectores incompletos.

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