Una mirada y una mano alzada

SALA DE VISTAS

Por: Eduardo Torres-Dulce.

En principio  doce tipos encerrados en una habitación hablando sin cesar no es una apuesta plausible para rodar una película ágil y emocionalmente tensionada. Si además el argumento proviene de un teleplay, una comedia de situación planteada para el formato televisivo, lo cinematográfico se tambalea. Si a eso  se le añade que la película es en un blanco y negro monótono, las dudas crecen. Y sin embargo 12 Angry Men (Doce hombres sin piedad, 1957) conmueve hasta el tuétano; te remueve hasta las entrañas. Su extraordinaria modernidad española es que trata sobre dos ideas que la sociedad española detesta  y prefiere ignorar. El derecho a un juicio justo y el derecho a la presunción de inocencia, dos derechos fundamentales , el primero expresado en el art. 24.1 CE y el segundo en el art. 14 CE. Esos dos derechos fundamentales son parte esencial del arco de bóveda del sistema democrático liberal que definimos como Estado de Derecho.

Esas dos ideas las refleja visualmente Doce hombres sin piedad, merced a un plano y a un gesto. En el plano no se fija casi ningún espectador por muchas veces que haya visto la película, el gesto pasa desapercibido en su profundo significado.

El plano cuenta todo el origen de la trama de la película. Se ha juzgado a un hombre muy joven, un chaval  de la población hispana de Nueva York, por parricidio, por matar a su padre con una navaja  de resorte. En principio un crimen, un parricidio, detestable, producto del lumpen suburbial de unos barrios de aluvión plagados de emigración de primera o segunda generación. El plano pasa desapercibido porque es casi el plano inicial de la película. El jurado se retira a deliberar, doce hombres comunes con sus vidas a cuestas que por ley deben decidir simplemente votando, la vida o la muerte de una persona. Sin más. Ese plano es un plano general, un plano en principio neutro. Pero para un espectador que quiera mirar, observar, y ver, descubrirá la clave del cine, el continente que apenas visita la pintura,  las miradas en el interior del plano, y en , otro casos la mirada off frame, fuera del cuadro de la pantalla, una tarea  que pergeñan al alimón primero el  director en el montaje y luego el espectador cuando casi intuitivamente,  de una manera poética,  ensambla ese conjunto de planos, miradas y emociones, apropiándose la película para su intimidad y recuerdos. En ese plano, el acusado mira a los jurados que se retiran; unos le devuelven la mirada, otros la hurtan, otros simplemente la ignoran camino de la sala donde se reunirán para dictaminar el veredicto. Ahí, en ese plano, está, amén de la magia del cine, con un director, Sidney Lumet, en principio más educado para los diálogos y las ideas que para las imágenes, la esencia del  Derecho; un conjunto de normas para resolver conflictos humanos, individuales y colectivos, que jamás debe perder de vista el equilibrio proporcional de no ignorar a las minorías ni extrapolar que tras cada norma debe haber una realidad social consensuada ampliamente y tras cada conflicto, un ser humano que vive en ese conflicto.

El gesto ocurre en cambio en la sala de jurados. El caso parece tan claro, el chaval es claramente culpable, que todos quieren votar cuanto antes y salir de esa sala en la que siente el aire recalentado de una tarde neoyorquina tormentosa. Uno tras otro todos levantan la mano para, a requerimiento del presidente y portavoz del jurado, estimar al acusado culpable del crimen del que se le acusa. Bueno, todos no. Un tipo de aspecto tranquilo, se parece extraordinariamente  a ese norteamericano, tranquilo, decente, lincolniano, que solía encarnar Henry Fonda, levanta la mano para decir  que necesita discutir el asunto, que quiere debatir esas opiniones de sus compañeros del jurado que piensan que el chico es culpable. El no afirma que crea que sea inocente pero cree firmemente en el mandato constitucional que impone que nadie puede ser condenado beyond a reasonable doubt; y el tiene dudas. Lo que les pide a sus compañeros es que ejerzan de jurados, que hablen, que debatan, que discutan, lo que harán incluso rasgando sus vidas, sus prejuicios , sus deseos, algo que consigue magistralmente el guion de Reginald Rose. El Derecho es, imperativamente, debate, contradicción, y sobre todo argumentación racionalmente expresada. Lo contrario es pura burocracia u hoguera de prejuicios y falsificadas presunciones estrictamente personales o fabricadas mediáticamente. Ese hombre tranquilo lo que pide, lo que exige a sus pares en el jurado, es que cumplan con su obligación y debatan las pruebas que ha presentado el fiscal y ha rebatido la defensa. Nadie es culpable ni puede ser tratado ni tenido por tal, por muy horrendo que social, moral, económica, política o religiosamente nos parezcan sus acciones, sus actos, definidos como delitos, si la acusación no es capaz de probarlo en una forma razonada desgranando pruebas legítimamente obtenidas y así lo estimen la sentencia de un Juez o Tribunal, o el veredicto de un jurado. Ese ciudadano prototipo de lo que el viejo Código Civil liberal designaba como el honrado padre de familia, es eso, un ciudadano consciente de que lo es, un ser humano libre y sin prejuicios capaz de enfrentarse con firmeza y racionalidad a las zonas más oscuras de los prejuicios sociales, de grupo e individuales, que están emponzoñando la tarea de considerarnos y convivir como  ciudadanos, seres humanos libres e iguales.

Un comentario en “Una mirada y una mano alzada

  1. Extraordinario artículo. Para enmarcar, como se suele decir. Me suena haber visto esta película, pero si la he visto, la tengo borrada de la memoria por completo. Creo que también vi una obra de teatro en el antiguo programa de TVE Estudio 1 en la que había también un grupo de hombres sudorosos reunidos en una sala durante la mayor parte del tiempo. Uno de ellos era José Bódalo. Igual era una adaptación teatral de la película. Qué películas y qué obras de teatro, Dios santo. Las caras de angustia en la imagen usada para ilustrar el artículo lo dicen todo al respecto. Eduardo Torres-Dulce, el fiscal cinéfilo que ama a John Ford, se lee en internet con motivo de un libro suyo sobre el genial director. ¿No fue él quien dijo lo de “Soy John Ford y hago películas”? Me tendré que comprar el libro para averiguarlo. Si está escrito con esta prosa y esta hondura, no tengo la menor duda de que va a merecer la pena.

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