El método Bunbury

Así se llama el libro de Fernando del Val que saldrá dentro de unos días, si es que no lo ha hecho ya, y que antes de su aparición ha levantado una notable polvareda en los medios de comunicación. Doy por hecho que usted, lector de La Retaguardia, sabe de lo que estoy hablando. Si me equivoco, búsquelo, por favor, en Google o donde sea. 

Lo resumo: el mítico cantante Enrique Bunbury, magister ludi del rock español, ha incluido varias decenas de frases de escritores ‒yo, entre ellos‒ en las letras de  algunas de sus canciones (cuarenta y siete creo que son) sin citar la procedencia y eso lo ha convertido en ecce homo de los aristarcos de ceño fruncido, culo prieto, pedigrí progre y talante hiprógrita (ocurrente neologismo acuñado por una amiga mía) que se escandalizan por todo lo que les parece políticamente incorrecto. Bunbury lo es, a mayor honra de la libertad y de la disidencia, y yo también.

Fernando del Val es un buen poeta, un buen escritor, un buen periodista y un excelente entrevistador. Lo sé por experiencia propia. En su libro Si te acercas más, disparo, que apareció hace tres años y en el que recoge las confesiones de un manojo de escritores ‒confesonario, lo llamé yo, de hecho, en su día‒, figura la transcripción, noblemente literaturizada, de la conversación que años atrás habíamos mantenido en un lugar de España de cuyo nombre no quiero… ¡Huy! A punto he estado de cometer yo también el mismo pecado del que se acusa a Bunbury: nada menos que citar el comienzo del Quijote sin mencionar la ficha biobibliográfica de la novela y de su autor. Sírvame de disculpa la dificultad de elegir la edición en la que figura esa frase, de todos conocida e incorporada por ello al imaginario popular, y que yo, hace aproximadamente setenta años, también grabé en la cera de mi memoria infantil. Ha habido unas cuantas ‒ediciones, digo‒ en el historial de esa obra, ¿no?

Parece ser que la anécdota, pues anécdota y no categoría es, del supuesto lapsus cálami de Bunbury da pie a Fernando del Val para pasar revista a las razones y sinrazones literarias ‒olvidemos las jurídicas‒ de un tema tan jugoso como el plagio, las fuentes, los antecedentes, la imitación y la inspiración. Hablar de todo equivale a recorrer la práctica totalidad de la historia de la literatura. Ésta es una aurea catena en la que todo lo que no sea tradición, como dijera D’Ors, es plagio, y viceversa. Tengo para mí que Bunbury se ha acogido a la primera opción y no a la segunda. Por eso me honra, en vez de escarnecerme, que haya utilizado algunas frases de mi novela El camino del corazón (Planeta) en las letras de sus canciones. Al hacerlo sin citar mi nombre ni el título de esa obra me incluye nada menos que en la Tradición, territorio de lo sagrado, y me excluye de la invisibilidad de las notas a pie de página, que pertenecen al territorio profano de la erudición. ¿Qué querrían quienes ahora se abalanzan a la yugular del cantante? ¿Que la carátula de sus discos, sucinta por definición, asumiese el formato de una tesis doctoral? ¡Por favor! Un poquito de sensatez.

En infinidad de ocasiones he dicho que escribir obliga, entre otras muchas cosas, a generalizar sin ánimo de hacerlo, pues lo contrario constreñiría a un casuismo que convertiría todos los textos literarios en un esbozo de guía de teléfono;  a exagerar, de igual modo que lo hace el torero que en el momento de la embestida del toro carga la suerte para transmitir emoción; y a citar, moderadamente y a veces con solapamiento o voluntad de centón, sin incluir esos impedimentos al espontáneo desarrollo de la lectura que son los paréntesis y las notas a pie de página.

No hablo sólo de palabras, de frases o de párrafos… Hablo, sobre todo, de emociones, de imágenes, de conceptos y de ideas. ¿Hay sobre la superficie de la tierra, bajo la bóveda del cielo y a todo lo ancho de la historia de la literatura, amigo Horacio, un solo escritor ‒Bunbury, además de cantante, lo es‒ que no haya incorporado a su obra las ideas, los conceptos, las imágenes y las emociones existentes en los literatos que le precedieron? ¿No hizo eso ‒pondré sólo un ejemplo‒ Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre que jamás habría escrito sin haber abrevado antes en la fuente del Eclesiastés? ¿Y no lo hemos hecho tantos otros? ¿Se me acusará de plagio si escribo Lasciate ogni speranza sin mencionar a Dante o aludo al mar de color de vino sin aludir a Homero?

Dicho queda. Enrique, sigue citándome sin citarme cuanto quieras. Mi obra literaria está a tu disposición y a la de todos sus lectores, si los hubiere.

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