El origen de los vascos

Por: Francisco López-Seivane.

Si, yo también aprendí en mi infancia, como todos los españolitos de posguerra, que los primeros pobladores de la Península fueron los celtas y los iberos. Aquellos habrían entrado por el norte y los segundos procederían del sur. Pero, al parecer, las cosas no fueron exactamente así y ningún historiador que se precie sostiene ya esa tesis. Por lo que se ve, ambos pueblos llegaron desde el norte o, si se me apura, desde el Este, aunque la versión oficial, en lo que se refiere al origen de los iberos, duerme actualmente en España en un limbo de indefinición histórica. Así las cosas, aproveché una de mis estancias en Georgia, la “otra” Iberia, para indagar un poco. Si pueden perdonarme el tono ligeramente doctoral de este artículo, comprobarán que los resultados de mis pesquisas dejan abiertos muchos interrogantes que tienen que ver con el origen de los vascos y que los especialistas debieran aclararnos cuanto antes.

El gran río de Georgia es el Mtkavari, que, procedente de Turquía, forma un amplio arco sobre el mapa y se engrandece con las aguas procedentes del Cáucaso antes de dirigirse, ya muy poderoso, a Azerbaiyán para morir en el Caspio. Como ocurre con todos los grandes ríos, fue cuna de civilizaciones y lugar de asentamiento de los mas remotos pobladores de la región, particularmente los iberos, un pueblo que siempre se instalaba en las riberas de los cauces fluviales (Iber, quiere decir río). Los griegos llamaban Iberia (el país de los iberos) a la mayor parte de la Georgia actual, de la misma forma que, más tarde, denominarían también así a nuestra Península, al encontrar en ella a los mismos pobladores hablando el mismo idioma y ocupando el valle del Ebro (Iber), el del Segura, y prácticamente todos los cauces que vertían al Mediterráneo, incluyendo el Ródano (Esquilo escribió en el siglo V a.c. que “el Ródano corre por las tierras de Iberia”), aunque a la llegada de los romanos, siglos más tarde, Iberia ya “tenía su confín en los Pirineos” (Estrabón). 

Mariam Lordkipanidze, decana de la facultad de Historia de la Universidad de Tbilisi, dirigió mis pasos a Uphlistsije, el más antiguo asentamiento conocido de los iberos caucásicos. Curiosamente, se encuentra muy próximo a la ciudad de Gori, el nido de la serpiente, el lugar donde nació Stalin. Se trata de un gran promontorio de piedra caliza que domina el curso del Mtkavari. Hay que trepar un trecho por la holladura formada en la blanda roca antes de llegar a las cuevas excavadas en lo más alto. Salvando las distancias, lo que contemplaron mis ojos podría muy bien compararse con la parte menos monumental de Petra, aunque aquí las vistas son magníficas sobre la amplia vega del río. Las estancias, generalmente comunicadas entre sí, mostraban en su interior numerosos huecos tallados en el suelo, seguramente para almacenar el agua, encender el fuego, etc., así como algunas filigranas, de naturaleza netamente artística, en los techos. Hace, pues, cinco mil años que los iberos habitaron este lugar, un importante asentamiento de la época, sin duda alguna, cuando en nuestra Península ni se les conocía ni se les esperaba. 

Posiblemente de aquí partieron en algún momento histórico, empujadas no se sabe bien por qué (una catástrofe natural, un terremoto, una invasión o la búsqueda de nuevos yacimientos de cobre), las tribus que se extenderían más tarde por España, el sur de Francia y la Italia de los latinos, poblando las orillas del Mediterráneo, desde el Tiber (T-iber) al río Tinto (antiguamente, río Iber). 

Nicholas Marr, un reconocido lingüista georgiano, nacido de padre escocés en la época de los zares, sostenía, ya en el siglo pasado, que, al igual que las tribus de pastores nómadas se movían siempre en busca de nuevos pastos, los iberos, grandes metalúrgicos, habría emigrado del Cáucaso en busca de nuevos yacimientos minerales para su industria, algo que, como era de dominio público ya entonces, abundaba en la Península Pirenaica. Esta tesis es corroborada por numerosos arqueólogos españoles actuales que admiten que los iberos trajeron a España los conocimientos y la técnica que permitieron establecer una cultura de la fundición de los metales en el norte de la península en el período neolítico. 

Algo que seguramente compartiría el profesor español Miguel Fusté, autor del análisis de los restos humanos hallados en la Cueva de Urbiola (Navavrra) en los años cincuenta. Los esqueletos, una treintena en excelente estado, se encontraron en una antigua mina de cobre del neolítico, por lo que se les denominó “hombres verdes”, ya que sus restos aparecían cubiertos de sales de cobre. Al parecer, habían muerto víctimas de un desprendimiento. Según el estudio realizado por el profesor Fusté en el Laboratorio de Antropología de la Universidad de Barcelona, en la cripta de Urbiola había restos de, al menos, treinta y cinco personas, de las cuales, el sesenta por ciento no llegaba a la edad adulta. La mayoría pertenecían al tipo mediterráneo grácil, abundante en el valle del Ebro, y al pirenaico occidental, predominante en la montaña. Junto a ellos, Fusté distinguía un tercer grupo perteneciente al tipo armenoide o caucásico. Este último correspondería probablemente a una pequeña población de prospectores de metales que se extendió por la península al final de la Edad de Bronce. Según se decía entonces, estos misteriosos viajeros del neolítico procedían de Oriente y aparecen también en otras cuevas del norte de España, casi siempre ligados a las explotaciones de cobre. 

El historiador francés Baudrimont sostiene, por su parte, que “los iberos de Occidente emigraron desde el Cáucaso, denominando Iberia a su nuevo territorio”, mientras Philippon, otro acreditado estudioso de la cuestión, va más lejos y aventura que “los iberos, al llegar a los Apeninos, se dividieron en dos grandes grupos, el uno descendió a la península Itálica, y el otro se extendió por la Galia, penetrando por las dos vertientes de la cordillera pirenaica en la península entonces ocupada por los tartesos”. Como lo mío son los viajes y no la historia, no quiero aventurar teorías ni adentrarme en un territorio que pertenece a los especialistas, así que me limitaré a compartir estos interesantes hallazgos que arrojan una luz nueva sobre lo (poco) que sabemos de nuestros antepasados.  

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