La Granja de Orwell

Por: Teresa Cabarrús. Corresponsal en Londres.

Al hilo del primer asalto de boxeo que el grupo de presión B.L.M. (Black Lives Matter) nos ha endosado desde la muerte de George Floyd en Mineápolis el pasado 25 de Mayo, la oleada de protestas incontroladas y orquestadas que sus correligionarios nos están obligando a digerir sin sal de fruta ha puesto en el tapete algo más peligroso de lo que muchos se atreven a creer y admitir: quién posee el derecho a hablar. Quién detenta la superioridad moral.

Está claro que volvemos otra vez a Orwell y a su granja. No hemos salido nunca de ella. “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.  Animal Farm, esa sátira, tan necesaria y acertadísima sobre el falso paraíso comunista y su doctrina totalitaria que el autor británico escribió, está más vigente que nunca a pesar de cumplir 76 años. 

Recientemente, el F.B.I. ha desclasificado el expediente sobre George Orwell. Entre los papeles se encuentra la carta de una editorial neoyorquina que ruega al Director de la Agencia, Edgar Hoover, que apoye el lanzamiento de “Animal Farm” en el mercado literario dado el contexto que estamos viviendo (sic). El contexto era haberse despertado del letargo que alababa a Stalin y que vaticinó Churchill, la Casandra de aquellos tiempos, y a quien Roosevelt, Truman, Eisenhower y el resto de Occidente se empeñaron en ignorar.

Pocos entonces y pocos ahora quieren darse cuenta de que la civilización  occidental está bajo la órbita de la opresión y la mordaza.  De que hay un baremo supremo establecido por un nuevo pseudoevangelio del que es filial el B.L.M.: el movimiento wokeness. El mismo que nos está tomando las medidas para hacernos el traje y calzarnos su nuevo manifiesto; midiéndonos, calificándonos y seleccionándonos bajo criterios arbitrarios de todo tipo. 

El fenómeno 

Derivado de la consigna “mantente despierto” e inicialmente nacido con una legítima, respetable y clara vocación de concienciación social respecto a la problemática racial en Estados Unidos, en nuestros días el wokeness está cocinado en los fogones del populismo nihilista y se mueve por tres principios básicos: ignorancia, resentimiento patológico y explotación de un sentimiento de culpa acerca del pasado histórico, impuesta sin analgésico. 

Desde comienzos del siglo XXI, este tsunami activista ha expandido sus horizontes para definirse, mutatis mutandis, como “el estar alerta frente a cualquier agravio social, económico, profesional, cultural o político por motivos de raza, credo, género,etc”. 

Coadyuvantes y paladines de esta causa son el feminismo, colectivos de orientación sexual,  étnicos y religiosos, plataformas políticas y antisistema, incluyendo sindicatos universitarios, y diversos foros de pensamiento e investigación. De tinte fundamentalmente anglosajón, esta corriente  ha sido mimada y promovida por individuos de todo calibre profesional y social y auspiciada por una pléyade bañada en el buenismo de nuestra Era. Hasta aquí, este es el planteamiento. El nudo y el desenlace, a la vista están.  

¿Ejemplos? Esta misma semana, el Banco de Inglaterra, la Iglesia Anglicana y cadenas de restaurantes se han disculpado públicamente por cualquier vinculación directa o indirecta con el comercio de esclavos.

En Agosto de 2019, el Diario The Guardian recogió la noticia de que la Universidad de Glasgow iba a pagar 20 millones de libras esterlinas “como compensación por la riqueza derivada del comercio de esclavos, del que se benefició en el pasado”.  Para animar este cotarro, una asociación estudiantil de la Universidad de  Cambridge sugirió que se cambiase el programa de estudios filosóficos porque era “europeo”; que Kant, Nietzsche, Leibniz, Russell & Cía. estaban desfasados y sobrevalorados. Así, como contrapartida  propuso el estudio de filósofos africanos (¿?)

En esta nueva dimensión del mea culpa, no es raro encontrarse en palacios y mansiones pertenecientes a Patrimonio Nacional frecuentes menciones, folletos y exposiciones alusivas al origen ilícito de la fortuna de las familias que edificaron dichas propiedades por su vínculo con la esclavitud. 

En el Reino Unido existe de facto un asedio sin tregua al conjunto de las instituciones, de la sociedad, de las artes y la cultura, de la educación,  de los medios de comunicación,  de la economía, etc. bajo el paraguas de Leyes ad hoc (Igualdad y Diversidad & Sanidad y Seguridad). Enmascarado bajo un aura de victimismo, legalidad y modernidad acorde con los tiempos, el nuevo axioma se esconde en tribunas de pensamiento, como es el caso de R.O.T.A. (“Race On The Agenda”). Ésta es la nave nodriza de otra multitud de criaturas que sirven su objetivo, englobadas bajo el manto protector de C.O.R.E. (“Coalition Of Race Equality Organizations”). Estremece ver el politburó que tienen montado. Su página web muestra una lista de 17 entidades, verdaderas apparatchiks extendidas a lo largo y ancho del país y que presionan mediante campañas incesantes. Sus voces se han hecho oír con relación a la pandemia actual. El pasado 5 de Junio, la C.O.R.E. escribió una carta al Ministro de Sanidad, Matt Hancock, en la que pedía “abordar el recuento reciente de la tasa de mortalidad racial desproporcionada”.

Para finalizar y, como último ejemplo del grado de infiltración del dogma wokeness, les traigo un programa de televisión que emite la BBC: Question Time. Durante sesenta años, Tiempo de preguntar ha sido uno de los buques insignia en la parrilla nocturna de esta cadena y se ha forjado una reputación más que aceptable en la audiencia. Su formato es muy simple: preguntas y respuestas acerca de un tema escogido por el moderador. Los invitados suelen ser un elenco de artistas de la farándula, políticos, periodistas, escritores y celebridades asentadas o efímeras. Los asuntos a discutir suelen referirse a los problemas y preocupaciones que afectan a la ciudadanía y van de la Ceca a la Meca. 

Sin embargo, como decía Mercedes Sosa, “todo cambia”: ahora temas irrelevantes y, generalmente controvertidos, que buscan una polémica fácil e instantánea, conviven con los realmente importantes. 

Y así, sucedió  una noche. Sin Clark Gable ni Claudette Colbert, pero con otros actores. Se incendió el plató, se prendieron las redes y el resto de los medios  porque se debatía si la ex Duquesa de Sussex, Meghan Markle, habría abandonado el Reino Unido por racismo. Uno de los contertulios, Laurence Fox, actor de sobradas credenciales y miembro de una reconocida dinastía teatral, fue vejado por una persona de la audiencia, a la sazón profesora universitaria y miembro de la franquicia británica del wokeness; ésta le asestó unas cuantas pullas sobre la clase, género y raza del actor. Imaginen el resto.  

¿Cuál fue el crimen de Fox? Disentir y discrepar,  no disculparse por su apellido, por sus rasgos físicos y su clase social. Toda su familia y amigos no sólo han sido atacados verbal y físicamente, sino que están siendo hostigados y perseguidos por la prensa, principalmente The Guardian y The Daily Mail. 

El antídoto 

Como corren malos tiempos para la lírica y hay demasiados golpes bajos, valga la licencia musical, necesitamos un rayo de esperanza. La propuesta de resistencia a este monumental mejunje planetario viene de la humilde mano de dos personas, Douglas Murray y Andrew Doyle. Juntos han aunado fuerzas y planificado una gira por el país, titulada Resisting wokeness. Es un evento que invita al debate civilizado, a cuestionar lo cuestionable, a poner las cosas en su sitio con humor, guante de seda y mano de hierro. Sin concesiones. 

El primero, Douglas Murray, es periodista, autor literario y corresponsal de guerra, entre otras cosas. Ha venido, visto y no sé si vencido, pero desde luego ha escrito sobre el asunto que nos ocupa: el bozal que nos quieren colocar. Fue el único que defendió a Laurence Fox en la prensa y fuera de ella.  Su libro, La locura de las masas, trata con inteligencia, ironía y sarcasmo en dosis saludables este desatado frenesí  terráqueo.

El segundo, Andrew Doyle, comediante, autor y columnista, combina sus escritos (Woke: a guide to social justice) con su alter ego llamado “Titania McGrath”, parodia exhilarante e irreverente sobre los agitadores sociales de esta tendencia.

Todavía nos queda la antorcha y quien la sostiene. Ya lo dijo Orwell, “ Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”. 

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