Semana XIII en los diarios de Ayanta

16 de Junio

Me equivoqué. Tenían razón ellos, los de los libros que leí. Tolstoy, Stendhal, Zweig. Y todos los demás. Los de las películas que vi, los de las sinfonías que escuché, los de las poesías que canté. No me engañaron, era verdad. El amor existe. Lo sé porque hay un hombre que es capaz de cruzar una Europa apestada, cerrada, prohibida, para venir a mi encuentro.

Y es que aquel hombre tuvo una idea descabellada, dictada por el querer: conducir desde París hasta Madrid. Se montó en el coche con un paquete de tabaco en el bolsillo. Sólo se detuvo en el puesto fronterizo. Un policía le miró sospechoso en la noche. Él bajó la ventanilla, sonrió, le enseñó un certificado laboral. Falso, por supuesto. El policía se dio cuenta, pero le dejó pasar. Tenía demasiado sueño para andarse con tonterías.  

Por una vez las estrellas se pusieron de nuestro lado. 

Subió la ventanilla. Pisó el acelerador despacio, y se fue rápido. 1.268 Km, de un tirón. Doce horas y treinta y cinco minutos mirando la línea discontinua de la carretera. Miles de migas de pan que le indicaron el camino de mi casa. Y lo consiguió. Llegó.

Como Clark Gable cuando atravesó Atlanta en llamas. 

Le descubro al otro lado de la cancela. No quiero abrazarle, besarle, agradecerle. No, lo único que quiero es desmayarme en sus brazos. Porque soy una antigua, como decía mi madre. Y una cursi, como dice mi padre.

Subimos a mi cuarto, se ducha. Le espero tumbada en mi cama, bajo el tragaluz. Escucho un agua que lo limpia todo. El sumidero se traga la soledad de golpe. Hay un hombre en mi baño. ¿Y ahora qué?, me pregunto. ¡Qué vergüenza! ¡Qué ganas de salir corriendo! ¡Y qué ganas de dejarme ir! Un poco, al menos. 

Sale del baño envuelto en una toalla. Nada me intimida más que la falta de intimidad. Se acuesta a mi lado. Está agotado por el viaje. Apoyo mi mejilla en su pecho todavía mojado. Me acaricia el pelo. Respiramos. 

-No pienso desnudarme- le digo.

-Yo tampoco- me contesta. 

Vimos pasar las nubes y los pájaros por la claraboya. El cielo azul cambió de rosado a negro. Y las hojas del árbol se platearon de luna. Vi su espalda reflejada en el cristal y mis piernas amarradas a su cintura. Vio mis lágrimas y las besó una a una. Se las comió. Y el hombre que siempre me gustó, y al que nunca hice ni caso, me gustó. 

Me enamoró. 

17 de Junio

Mañana me iré en coche hacia Italia. Es la única manera. Los aviones anunciados a partir del final del Estado de Alarma son en realidad una estafa de las compañías aéreas. Permiten comprar el billete pero, pocas horas después, envían un correo en el que anuncian la anulación del vuelo. Hacen caja a costa de los pasajeros y posponen sin fecha un viaje que, en la mayoría de los casos, responde a una urgencia personal. 

Como no sé conducir, el hombre que siempre me gustó se ha ofrecido a dejarme en la frontera entre Francia e Italia. Allí cogeré un tren que me llevará a Roma. Y él regresará a París. 

Saldremos a las tres de la madrugada, al terminar el directo radiofónico. 

Siento que las distancias se han dilatado, mis dos países ya no están a dos horas, sino a dos días. Vuelvo a la infancia, cuando alcanzar a mi gente querida suponía una expedición inacabable en tren, o en coche. Viajaba pertrechada de bocadillos y libros. Y miraba desfilar el paisaje. Cambiaban los colores. Pasaba del verde italiano al albero español. Del bosque al desierto. De un idioma a otro. Y se me agolpaban las nostalgias. Porque nunca pude tenerlo todo a la vez, nunca me sentí completa en ninguna parte. Siempre fui dos mitades hilvanadas. Un costurón que recorre mi cuerpo y que, ahora más que nunca, me parte el alma.

He tenido un sueño. 

Estaba al lado de mi madre, agarrada a su falda. Delante de mí, unos barrotes blancos, moteados de óxido. El viento en la cara, el pelo húmedo en la boca. Mis sandalias mojadas de un agua que iba y venía. Desde la proa del barco mirábamos el mar. Mucho mar. Gris, verde y azul.

He llamado a mi padre. 

Me ha dicho que no fue un sueño. Que fue verdad. Que mi madre y yo íbamos a su encuentro, de Génova a Barcelona. Era tan pequeña que ahora sólo lo puedo recordar dormida.

¿Y si todo lo que sueño ya lo viví?

18 de junio

Hoy estoy nerviosa. Apenas he dormido. Tomo una pastilla de cafeína para soportar el día intenso que me espera. Me produce una ligera taquicardia. En realidad no sé si es por la pastilla o por esta sensación de final de etapa que, por un lado me alivia, y por otro me mata. 

Tengo la manía de recordar los momentos difíciles y heroicos mucho antes de que éstos terminen. Lo antecedo todo y llego al final de mi propia vida a destiempo. Soy capaz incluso de ponerme nostálgica con sucesos que pude vivir, y no viví. También con los que otros vivieron. Los reconstruyo con detalle. Y hasta se me empañan los ojos de lágrimas como si fueran ciertos. Como si fueran míos.    

A lo largo de la tarde, mientras hago la maleta, riego las plantas, vacío la nevera y hago un sinfín de cosas, van apareciendo por casa mis amigos. Los que me han acompañado durante estos meses raros, inhóspitos, malignos. Alicia, A. y su marido L. También aparece E. Lleva una mascarilla tuneada, con el cuello de cisne del detergente pato para el inodoro. Sostiene que es una gran idea, que hay que patentarla porque, si se desenrosca el tapón amarillo, es posible respirar oxígeno y no dióxido de carbono. 

Nos sentamos en el patio, hablamos bajito, como si viviéramos en la Cuba castrista. Les explico mi viaje ilegal hacia Roma, a cuatro días de que acabe el Estado de Alarma. Me aseguran que, después de haber ido todo tan mal, ahora todo irá bien. Les creo. Les prometo enviarles una foto con el cartel de Italia en la frontera. 

Imagino al hombre que siempre me gustó haciéndola, al alba, despeinados, desmadejados por el viaje. Y se me encoge el estómago de emoción. De nuevo ando un paso por delante de mi propia historia.

Les beso. Se van. Me voy a la radio. A las tres de la mañana salgo del estudio. Veo las luces encendidas del coche que me espera en la acera. Caterina y Pep se bajan por sorpresa. Han venido a despedirse. Nos abrazamos como si me marchara al exilio, como si no fuera a volver.

-¡Buen viaje, compañera!

-¡Buen viaje, mamá!  

  Él me espera sin mirarnos. Siempre tan discreto. Subo al coche, cierro la puerta.

-¿Lista?- me dice con una sonrisa de hoyuelos.

Arranca. Saludo hacia atrás. Pep y Caterina se hacen pequeños. Abrimos camino por la carretera desierta. Un aire templado entra por la ventanilla. Apoyo mi cabeza en su hombro. Y rezo. De nuevo. Por mi tía, por mis hijos, por mi hermana, por mi padre. Por mí, por él. Por todos nosotros. 

Para que nos vaya bonito y los dioses nos protejan.  

Despedida con Caterina en el coche, al salir de la radio.

19 de junio

El nuestro es un viaje a través de las tinieblas. Como si corriéramos por un túnel oscuro y estrecho, en busca de una claridad inalcanzable, que se aleja más y más a cada paso. 

Tengo una sensación infernal. 

En la carretera sólo hay camiones iluminados de rojo. Y gasolineras cerradas, y puntos de luz parpadeantes que son molinos. Y un cielo bajo, encapotado, sin estrellas. Vamos rápido. A una velocidad mayor de la permitida. Concentrados. En silencio.

Vemos dos coches de policía apostados en la carretera. Se me acelera la sangre. No nos paran, a pesar de que somos el único vehículo particular que pasa veloz, en medio de una noche que se me antoja eterna.

No duermo ni un minuto. Mascamos chicle. Comemos patatas fritas. Fumamos. Pasan las horas. Entramos en Cataluña. Llegamos a la frontera en pleno día. Anestesiados ya por el cansancio. Pongo mi mano sobre la suya. Cambio las marchas con él. Se vislumbra el puesto fronterizo, observo cómo se acerca sin casi respirar. 

-No hay nadie, no hay nadie- le digo bajito.

En el otro lado, sí. En la entrada de Francia a España están controlando los coches. Uno a uno.

-No mires- me dice tranquilo.

No miro. No me hace falta. Recuerdo las veces que he pasado por este lugar sin siquiera fijarme. Todas las veces que he vomitado, mareada de tanto kilómetro y de tanto calor. Con mi madre en un coche destartalado. Con mi padre en un Land Rover absurdo, lleno de gatos y de mujeres. Con amigos y tiendas de campaña. Con Mario y Caterina detrás, y Luis y yo cantando las canciones de los payasos. Como si la vida fuera eso. Pura alegría de viajar. De irse, de llegar, de volver.

Sin embargo, nunca imaginé esta versión apocalíptica del mismo recorrido. Me pongo las gafas de sol. Estoy pálida. Tengo sed. Humedezco mis labios. Los noto secos, agrietados. Cierro los ojos como si me despeñara subida en una atracción de feria. No quiero ver nada más. No quiero sentir nada más. 

-Ya está, Ayanta. Ya está- me dice sin dejar de mirar al frente.  

Y por fin lo veo. Un cartel rodeado de estrellas europeas. Francia, estamos en Francia. Tierra libre. ¡Al fin! 

Aparcamos en la primera estación de servicio, desenganchamos el cinturón después de ocho horas sin parar. Y nos damos un beso. No encontramos las fuerzas para salir del coche, tomar un café con leche,  ir al baño. Estoy drogada de cansancio, de miedo, de incertidumbre. Suena el teléfono. Es mi hijo Mario. Me dice que quiere verme. Me pide que paremos a dormir en su albergue, muy cercano a la frontera italiana. Le digo que no puedo, que no tengo a nadie que me lleve hasta allí, que cogeré un tren para ir directa a Roma. Cuelgo con la tristeza de no poder realizar su deseo, que es también el mío. 

La última vez que le vi fue en Navidades.

-¿Dónde está?

-¿El qué?

-Tu hijo.

-En un pico tan alto que, desde allí arriba, en los días claros, se ve hasta Córcega.

-Vamos. 

-¿En serio?

A las seis de la tarde comenzamos a subir el puerto de montaña. Cada curva es un escalón hacia el paraíso. Mario nos ve aparecer por la carretera serpenteante. Corre hacia nosotros, rodeado de monte y de piedras y de viento. Agita los brazos. Hace el tonto. Salta y ríe como un cachorro. Me tiro del coche. Me coge en brazos. Damos vueltas. Y me siento pequeña. Viva, feliz. Fuerte. Inmensa. 

Sería capaz de atravesar el mundo entero mil veces hasta dar con él. Con Mariolino, mi hijo. Porque soy su madre. 

Y eso no lo cambia ni una pandemia, ni un meteorito que caiga desde el punto más lejano del universo.   

Con Mario y su chica en el refugio del monte.

20 de junio

El hombre que siempre me gustó me deja en una estación de tren del norte de Italia. Nos despedimos en el andén. Parecemos dos enamorados. No consigo despegarme de su cuerpo. Me resulta imposible renunciar a él de nuevo. Huelo su cuello. Acaricio su espalda debajo de la camisa. Mi agradecimiento es infinito. Llega el tren. Me coloca la mascarilla en la boca. Y subo. Y le veo desaparecer. 

Últimamente pierdo todo lo que encuentro.

Quizá luego encuentre todo lo perdido.  

En el vagón solitario hace un frío del demonio. Han decidido matar los virus por congelación. Y, de paso, enfermar a los pasajeros. Escribo. ¿Qué más puedo hacer? Tan sólo relatar lo vivido.

Cuatro horas después, llego a Roma. Me espera Sandra, mi hermana, con su Seat Panda en marcha. Me monto deprisa, con la maleta en brazos y el ordenador entre los dientes. No nos da tiempo ni a saludarnos bien porque ya pitan e imprecan los romanos. Nos lanzamos por las callejuelas empedradas. Una vez más me sorprende el aspecto cochambroso de la ciudad. Roma se cae a pedazos y nadie hace nada por remediarlo. Basura, grafitis, estatuas rotas, obras sin terminar, agujeros en las aceras, árboles caídos. 

Vamos a mi casa, a  nuestra casa, a la casa de la infancia. Todos siguen viviendo allí, menos mi hermana y yo. Es un palacete rojo, de principios del siglo XX, rodeado por un jardín. Un lugar fabuloso que ha sobrevivido a la destrucción de la belleza.  Nos esperan mi primo y su mujer, y también Cesare y Brighitte, vecinos que son familia. Han preparado espaguetis con almejas, han comprado unas mozzarellas que son una obra maestra. Y también helado. Helado de verdad, helado italiano. Cenamos juntos. Reímos, brindamos.  

Sólo falta mi tía. Su apartamento tiene las contraventanas cerradas. Y huele a alcanfor.

Estación de tren La Spezia.

                21 de Junio

Mi primo y yo entramos en el hospital donde está ingresada mi tía. El mismo en el que vi morir a mi madre y a mi abuela. Las visitas no están permitidas a causa del virus, pero en Roma nadie respeta las reglas, así es que nos dejan pasar, aunque sólo hasta la entrada. Leone sube a recogerla. 

Espero. Tardan muchísimo. 

Les veo aparecer. Ella camina despacio, del brazo de su hijo. Está muy cambiada, ya no es la mujer poderosa que saludé en el aeropuerto cinco meses atrás. Ahora es una viejecita de cristal, con la piel pegada al hueso, los ojos acuosos y la mirada perdida. 

Viene hacia mí, pero no me reconoce. Tampoco me oye cuando le digo que soy yo, que he llegado, que he venido en coche, que he tardado dos días, pero que lo he conseguido, que ya estoy aquí.

Me bajo la mascarilla y entonces sí, entonces abre los brazos temblorosos, como una niña, y la estrecho. 

Y lloro sin llorar. Otra vez. Y nos sentamos en las escaleras porque han cerrado la sala de visitas. Y se cansa. Y poco después la acompaño de vuelta a su cuarto. La ayudo a tumbarse en la cama. Le digo que tiene que comer. Me dice que ya comerá cuando vuelva a casa. Ya, pero es que si no comes ahora, no volverás a casa, pienso. Pero no se lo digo, porque ya no digo nada, porque ya no sé qué decir. De pronto, me vuelve a mirar como si fuera la primera vez que me ve.

-Pero ¿cuándo has llegado? ¿Cómo lo has conseguido?- me pregunta preocupada.

Me acerco a su oído y le cuento en tres frases mi viaje ilegal. Escucho el ruido de su sonrisa. 

-Gracias- me dice buscando mi mano. 

-Por eso ahora tienes que comer- insisto -¿Qué te apetece? ¿Quieres que te traiga algo de casa? ¿Te preparo un caldo?

-Está prohibido traer cosas- contesta muy seria.

Y se queda adormilada.

De pronto, vuelve a abrir los ojos, ladea la cabeza, me mira.

-Aunque, después de tu viaje, ¿quién te prohibe nada? 

Continuará…

3 comentarios sobre “Semana XIII en los diarios de Ayanta

  1. ¡Que intensidad! Me alegro muchísimo de tu aventura, siempre supe que eras más fuerte de lo que aparentas. Sabía que se te lograría ver a tu tía. Cuando tu padre en una entrevista desveló que habías viajado a Italia en coche, hasta supe que por fin verías a tu hijo. Sigue luchando y dando ejemplo. Yo te acompaño…

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