Tanto todo para nada

Por: Fernando Sánchez Dragó.

Ésa es la frase que campea en el frontispicio del semanario digital La Retaguardia que fundé, desde la celda impuesta por el cautiverio, hace ya más de un trimestre. El pasado miércoles salió su décimo tercer número (laretaguardia.com). Lo hice para mantenerme vivo mientras el mundo se derrumbaba más allá de mi balcón. Parecía aquello una voladura controlada. Quizá lo era, e incluso planificada por quienes prefieren el control a la libertad, pero voy a pasar de largo ante tan duro dilema. No es éste el lugar ni el momento idóneo para resolverlo. La frase citada procede de un soneto de Pepe Hierro incluido en su libro Cuaderno de Nueva York, que apareció en 1998, cien años después de que el mundo hispánico, y sólo él, también se derrumbara al independizarse sus últimas colonias. El soneto en cuestión era premonitorio y parece escrito esta misma mañana, mientras llegan de China ‒¡siempre ella!‒ noticias alarmantes sobre la reaparición del virus. En efecto: tanto todo para nada. Eterna historia: la de los ciclos del devenir humano que una y otra vez se muerden la cola como si fuesen pescadillas enroscadas y enrocadas. España edificó laboriosamente un imperio al hilo de tres centurias que se vino abajo de un envite el Año del Desastre. El resto del Planeta, a partir de 1789, se incorporó, entre guillotinas, escabechinas, guerras, sangre, sudor, lágrimas y revoluciones, a ese sueño de la razón y de la Ilustración que condujo a la democracia liberal y el libre mercado. Andan ahora éste y aquélla en entredicho. También lo están la ciencia, la educación, los valores morales, el sentido común y la evidente incapacidad de todos ellos para sofocar los amagos apocalípticos que surgen por doquier. La última palabra en días como éstos la tienen siempre los poetas. Por eso reproduzco aquí el lacerante soneto de Hierro: «Después de todo, todo ha sido nada, / a pesar de que un día lo fue todo. / Después de nada, o después de todo, / supe que todo no era más que nada. / Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada! / Grito ¡Nada! y el eco dice ¡Todo! / Ahora sé que la nada lo era todo / y todo era ceniza de la nada. / No queda nada de lo que fue nada. / (Era ilusión lo que creía todo / y que, en definitiva, era la nada. /  Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada». Perdonen el pesimismo y atribúyanlo al dolorido sentir y la elegíaca perspicacia de un poeta visionario.

Columna publicada en La Razón el 21 de junio de 2020.

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