Deconstruyendo la posmodernidad: apuntes de cuarentena

Por: Antonini de Jiménez.

La irrupción del Covid-19 ha sacudido con la fuerza de un huracán buena parte de nuestros hábitos y creencias. En el campo de lo ideológico ha puesto sobre la mesa los delicados pies de barro que sostienen el pensamiento posmoderno (izquierda posmoderna), desvelando el obsceno secreto de su mirada cosmopolita y democrática. Muchos hemos criticado la trivialidad que acompaña la razón posmoderna, más concentrada en reconfortar “la pesada carga del hombre blanco” que en servir de puente a la razón y la convivencia pacífica. Sin embargo, el Covid-19 ha exhibido descarnadamente el conflicto ético y científico de esta corriente intelectual. Cuando el miedo acecha los acontecimientos son atraídos por la jerarquía que ocupan para restaurar la vida humana. En estos casos uno identifica aquellas cosas que tienen una importancia incondicional de las que se justifican por su exceso y banalidad. Suele el miedo, dada su irrenunciable facultad esterilizadora, despojar el velo a las cosas y presentarlas en su hiriente contradicción.

La izquierda posmoderna resulta ser conservadora y autoritaria. Enmascarada tras la triada “buenista” que encarnan las corrientes ecologistas, feministas y animalistas aspira a una monolítica realización del bien y la verdad. Para ello se dota de la influencia del sentimiento como sofisma de la razón para luego sostenerlo sobre dos fraudes; la multi-disciplinariedad y el multi-culturalismo. El primero apela al servicio de una supuesta preclara razón donde la verdad viene forjada desde el consenso tácito de las distintas disciplinas. El segundo, en cambio, lo hace sobre el libre juego de las identidades y su conformación en el campo de las relaciones de poder.

Empecemos por el primero. En las últimas décadas no ha dejado de hacerse oídos la necesidad de integrar saberes bajo un mismo ánimo “sistémico” capaz de hilar las distintas fronteras del saber. Desde el sintagma de la complejidad no hay ciencia llamada a prosperar que no combine un suculento aperitivo de distintas disciplinas destinadas a reconocerse mutuamente. La ruptura que ello supuso frente al fantasma conservador, un seccionador de pensamientos, está llamado a ser superado por el sagrado bálsamo de las culturas. Un final feliz se prometían sus inspiradores hasta que llegó la pandemia. Entonces la academia se volvió sobre sí misma y reconquistó aquellos años cartesianos prohibidos; si en autores tan posmodernos como Edgar Morin o René Passet la economía servía a la ciencia de la vida, ahora en cambio, ambas entidades se hacen irreconocibles la una a la otra. La vida primero, la economía después se convierte en el lema de los que han atizado por largo los principios de la ortodoxia académica. Lo que esta incoherencia revela no es más que el fuerte conservadurismo intelectual que palpita bajo el alegre y universal rostro de la multidisciplinariedad. No es casual que la propagación de estas ideas haya ido de la mano, en las últimas décadas, a una hiperespecialización de las ramas del saber científico y de los planes de estudios universitarios. El llamado a la complejidad lejos de ser enemiga de una ciencia cada día más especializada se convierte en su fiel escudera y oculta con amable eficacia su perniciosa influencia.

Además de conservadora la posmodernidad es sobre todo autoritaria. Para ocultar este hecho se ha servido del simpático concepto de la multiculturalidad. Un término vacío que, sin embargo, guarda para sí grandes ráfagas de sentimentalismo capaz de alentar los espíritus descarriados. Todas las culturas del planeta son celebradas excepto aquella (blanca occidental) que busca imponerse frente a las demás. Se elogia la diversidad como último atributo de la humanidad “mejorada” y la imparcialidad se relega al cajón oscuro de esos pasados sin memoria. Las culturas se someten a la influencia del relativismo moral donde todas son tan respetables como realmente ninguna. La verdad se trocea entre libres opiniones y su autoridad queda relegada a su interlocutor. El talento es una cuestión de perspectiva y los progresos son círculos concéntricos que atañen en exclusiva a cada protagonista.

Pocos son los economistas que no hayan incorporado la perspectiva posmoderna a sus razonamientos. Un Arturo Escobar elevado por la inspiradora crítica de autores como Aldo Ferrer, Samin Naim o Martha Nussbaum, da la bienvenida al mundo del posdesarrollo. Un híbrido entre queja y consternación fulmina cualquier alternativa realista al imperante modo de vida occidental. El mecanismo es siempre el mismo: ocultar la inutilidad de sus planteamientos bajo el infame recurso que favorece la denuncia sin pruebas, esto es, la conspiración. Cuando no es el FMI, es el gobierno de USA o un club de minorías encerradas en el castillo de una montaña quienes acuerdan el destino del mundo. La llamada “década perdida” en Latinoamérica fue un ejemplo de la fuerza ejercida por estos alegatos. Cada economía se alimentaría de atributos intransferibles y reacios a instaurar modelos hegemónicos. Sin embargo, la larga marcha de este híbrido de culturas duró la llegada de la cuarentena. Esa América Latina, otrora recelosa, ha aplaudido sin injerencias aquellas políticas de reclusión instauradas por el viejo Occidente; esta vez, parece que no fueron suficientes las enormes distancias económicas y culturales que las separan. Ni una preocupante economía informal, ni la escasa flexibilidad laboral para adaptar el teletrabajo ni tan siquiera el raquítico estado de protección social de garantía ha sido suficiente para que esos Estados apliquen sin vacilación las políticas “imperialistas” de aislamiento. Lo que se esconde tras el buenismo idealista de la posmodernidad es la vocación autoritaria que arrastra la multiculturalidad. Se favorece la diferencia mientras no traspase la influencia del relato. Celebre su diferencia a condición de que actúe con “responsabilidad”- reza el lema poscultural. ¡Libérate, pero obedece! La multiculturalidad exprime el fracaso de sí misma y ante la imposibilidad para implantar una alternativa realista al capitalismo se basta con imaginar (hacer como sí…) la existencia de mundos paralelos. A fin de cuentas, su fin no es otro que servir de alternativa simbólica a la fracasada hipótesis del socialismo de mercado.

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