La censura existe, existió y existirá…

…pero en nuestras manos está atajar ese liberticidio. Valga un ejemplo. EL 5 de octubre de 1989 se emborrachó Arrabal en El mundo por montera. Yo lo dirigía. Es ésa la merluza más famosa de la historia de España. Mi tocayo hizo de todo, se quitó los zapatos, se sentó en la mesa, derribó el centro de flores, se fue a mear, volvió, se encaramó sobre el respaldo de su silla, confesó al escritor argentino Mario Satz que su mujer, Lys, estaba enamorada de él y lanzó la curiosa teoría etimológica de que «milenarismo» viene de Milena, la extraña novia de Kafka. Kafkiano, en efecto, y delicioso, fue todo aquello. Una película de los Marx. Arrabal, al término de la misma, se desmayó y tuvimos que traer a una enfermera. Llegué yo a casa a eso de las tres de la mañana. Me fumé un par de porros y vi el programa, que se emitía en directo, pero que mi mujer había grabado. A las ocho sonó el teléfono. Era Diego Carcedo, director de Informativos, que me conminaba a presentarme de inmediato en su despacho. Serían las nueve cuando entré en él. La subdirectora era María Antonia Iglesias, que después sentaría cátedra de insultos sabatinos en La Noria. Diego, ceñudo, me espetó:

– ¡Estás convirtiendo tu programa en un circo!

Una semana antes, Arrabal, siempre él, se había arrodillado frente a Juan Antonio Bardem conminándolo a abjurar del comunismo en nombre de la Virgen. Cosas que suceden en las mejores familias. ¿A quién no se le ha emborrachado alguna vez un amigo en el salón de la casa?

Diego estaba furibundo…

– ¡A partir de ahora queda prohibida la presencia de ese payaso!

Mi respuesta fue inmediata:

– Ahí tienes mi dimisión y la de todo mi equipo.

Se asustó. Aquello podía transformarse en un escándalo.

– Bueno, bueno… No te pongas así. Basta con que no lo traigas en un mes.

La propuesta me pareció razonable, sobre todo considerando que a Arrabal no le tocaba salir hasta varias semanas después. La acepté.

María Antonia no asomó la gaita. Estaría debajo de la mesa ‒por su tamaño cabía‒ o espiando por el ojo de la cerradura. 

Abandoné el Pirulí. Eran las diez de la mañana. No había pegado ojo y ya no pensaba hacerlo en el resto del día. Necesitaba carburante para aguantar hasta la noche y celebrar el triunfo de la libertad de expresión y de opinión. Entré en el bar más cercano y pedí un chinchón. Luego, otro. Eso es lo que había bebido Arrabal en el mejor programa de televisión del que se tiene recuerdo. Me cabe el honor de haberlo dirigido. Salí pisando melocotones.

Así fueron las cosas y así se las cuento hoy. Quienes entonces mandaban eran socialistas, eran de izquierdas, eran progres y, por ello, puritanos, a más no poder. La Inquisición existe. No bajemos la guardia. ¡Ya están aquí! ¡Ya están aquí! Pero algún día se irán.

(Hoy, en nuestra sección Apague y Lea, incluimos, enterito. aquel programa. Es tronchante, pero también altamente aleccionador. No se lo pierdan).

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