La historia y la política

Por: Pedro Conde Soladana.

He aquí dos saberes que podríamos imaginar como dos ciencias mellizas en su nacimiento. Hoy, y a estas alturas de  los tiempos, socialmente disociadas y distantes por la ignorancia generalizada de una gran mayoría de ciudadanos que, al final, son objetivo de ambas, y  protagonistas, aunque no lo quieran, de las mismas. Tal disociación contradice lo que vendríamos a proclamar como un principio o hecho natural en el desarrollo de la Humanidad: el progreso. Al tiempo que esa Humanidad avanza en sus creaciones materiales, entiéndase también tecnológicas, hasta extremos insólitos, las que llamamos ciencias humanísticas parece que hubieran reducido su existir al círculo de unas élites a las que no una menor parte de la sociedad viene a ver como raras, si no extravagantes, (¡mira a lo que se dedica ese!), como si el becerro de oro le echara un mirada lastimera, ignorando que el meollo de saber y del progreso tiene su origen precisamente en esas ahora despreciadas y arrumbadas ciencias humanísticas. Claro que al progreso le ha nacido un hijo tonto, el progresismo; pero lo de que es tonto lo desconocen los secuaces de este, los “progresistas”. El tal hijo compite con su padre como un líder descerebrado, un botarate que evidencia su estado mental de desequilibrio. ¿Cómo definir a la reata progresista? Por el alboroto, como un gallinero; por el efecto de sus actos muchas veces nauseabundos, como un muladar.

Esa excrecencia que le ha brotado a la Política en su epidermis, el progresismo, es uno de las nefastas causas que la corroe, como un tumor maligno que la separase de su hermana melliza, la Historia. Ésta ya no es para aquélla una maestra; o si lo es, se conforma con ver a su antigua pupila vagar como una adolescente desnortada, libertina y en bragas.  

Anotada la deteriorada relación entre ambas, nos adentramos ahora en el terreno de la Política actual, de la que habría que destacar, entre otras características perniciosas, una, restallante por su evidencia: la mediocridad. Tan abundante como despreciable y estomagante. 

Es inevitable preguntarse el porqué de este panorama tan desolador. Si hemos avanzado tanto y en tantas ciencias y saberes, cómo es que en la Política, a la que se ha llegado a definir como arte, hemos derivado hacia un circo en el que los payasos no se saben el papel y las fieras han hecho huir al domador. Al evocar como arte la Política, recordemos que se le han aplicado complementos como: el arte lo posible, arte de la convivencia, arte estratégico, hasta arte de los imposible. ¿Qué ha pasado para que después de tanta hipérbole complementaria la Política, con mayúscula, haya quedado en una pedestre acción y actuación propia de políticos zarrapastrosos?

Pero volvamos un momento a la Historia. Relacionando ambas, ésta ha perdido su papel de lazarillo para con una Política que no deja de caminar. Y ahora resulta que el ciego no conoce al lazarillo y, si ha oído hablar de él, es muy de lejos. ¿Basta de metáforas!, ¡hablemos claro! Los políticos de estos tiempos, en su gran mayoría, no conocen la Historia de su nación y les importa un rábano conocerla. Lo mismo que hace el hijo que reniega de su madre. ¡Y así nos va!

En la próxima entrega, hablaremos de esta democracia enfermiza y demediada, tema en el que encontraremos más porqués al desastre y a la ciénaga sobre la que flota actualmente nuestra nación.

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