Lorca y el Orgullo

Doy por cerrado el capítulo del resquemor estival con una última entrega. La que hoy leen. En Madrid hay varios mojones que salvar durante el verano. El primero es de las horas crueles de calor. El segundo es el del Orgullo. Todos los años sabe Dios cuántas personas acuden puntuales a su cita en el desfile. Los que no nos sumamos, aguardamos tranquilitos (al menos yo) en nuestras casas respetando y celebrando que cada cual pueda arrebujarse entre las sábanas con quien mejor le pinte. Hasta ahí, bien, aunque cada año me pregunto qué sucedería si los que no participamos en esa masificación decidiésemos celebrar un orgullo hetero. ¿Hay, por cierto, bandera que nos represente? ¿Se me echará encima el lobby LGTBI por lo que aquí digo al no caer en la endogamia de la que ellos, les guste o no, son víctimas? Disculpen que me vaya por las ramas. No es ese último detalle el que me produce cierta desazón. Mi pesar con esa reivindicación viene porque, cada año, de forma machacona, la comunidad de LGTBI recurre a la figura de Federico García Lorca para enarbolar en él una lucha que, a mi juicio, ya está más que ganada. Hace pocos días, encontrándome yo en la Plaza de Santa Ana, tomando un refrigerio con una amiga, viví una de las escenas más grotescas que recuerdo. Lorca tiene en esa plaza madrileña una estatua. Está mirando al Teatro Español y resiste, impasible, todo tipo de embestidas. También la que yo presencié. Quedaban dos días para que se celebrase el Orgullo, y aunque este año la epidemia impidió el desfile, no pudo frenar los grupos de chicos y chicas (no sea que vengan a censurarme los del lenguaje inclusivo) que, portando banderas de color arcoiris se acercaron al poeta. Los vi venir. Rodearon la estatua, la envolvieron en una de sus banderas, le pintaron los labios y le colgaron un cartel que decía: “Yo también soy homosexual”. Me quedé más blanca que la horchata. No es la primera vez que la figura de Federico sufre una aberración semejante. Hace dos años, un 8M, un grupo de feministas lo disfrazó con delantal y plumero. Ya ven, Lorca vale para todo. Ora figura de reivindicación feminista, ora palomo del Orgullo Gay. ¿Creen ustedes que es necesario? Debo decir que Federico es mi niño bonito. Comencé a leerlo a los nueve años y a los diez sabía de memoria su Romancero Gitano. Él me acompañó durante toda mi vida, convirtiéndose en parte de mí. Con él aprendí que una alegría puede gozarse al máximo, pero también que al poco rato puede experimentarse la más profunda de las penas. Ahora estoy terminando una tesis doctoral sobre su poesía. No quiero saber más que nadie, pero no puedo evitar subrayar el absurdo comportamiento de quienes se empeñan en utilizar a alguien que sólo quiso ser poeta. He hecho una pausa en la redacción de este editorial para dar una vuelta por Twitter. No ha sido una buena idea. Sigo, por gusto y defecto, a muchas cuentas que, cada día, comparten interesantísimos fragmentos literarios. Hoy, no. Hoy, 28 de junio, el prota era Lorca. Y venga Sonetos del amor oscuro para arriba, y venga Federico homosexual para abajo. Qué pesadez. Me pregunto si todos aquellos que hoy han recurrido a Lorca para tuitear podrían citar alguno de sus versos. Me pregunto si habrán leído, por ejemplo, Poeta en Nueva York, para comprobar que Federico era mucho más que plumas, marabúes y afeminamientos. Me pregunto si hoy, en el 2020, alguno de los jóvenes que cubrió a Lorca con aquella bandera en la Plaza de Santa Ana podría dirigirse sin sentir odio ni rencor a alguien que no comparta plenamente sus ideas. Me pregunto si sabrán que Federico sí fue capaz. Me pregunto si sabrán que José Antonio Primo de Rivera (sí, sí, el de la Falange) y Lorca, pese a quien pese, fueron amigos. Me pregunto si habrán leído alguno de los discursos del poeta para no tener que reducirlo siempre a la misma causa. Me pregunto por qué habrán de contemplar siempre desde un punto de vista ideológico a un poeta libre que vive en todas las bibliotecas del mundo y que trabó amistad con casi todos los que se cruzaron en su camino fuesen de un lado o de otro. Y, como siempre, la respuesta a todas mis preguntas, la tiene él. Él, que hablaba de la Cultura, como manera de resolver los problemas de “un pueblo lleno de fe, pero falto de luz”. Él, que defendía en los años treinta las bibliotecas como “una voz contra la ignorancia, una luz perenne contra la oscuridad”. Si viese el país que ahora tenemos…

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