El viaje como escapada

Por: Clara Boluda Vías.

Esta frase coloquial avanza un escándalo: parece que hay algo de lo que huir cuando uno se va de viaje. Y no es para menos, porque todo apunta a que ese monstruo desagradable que queda atrás es, precisamente, nuestra propia vida, el monótono compromiso adquirido con lo cotidiano.

Decir rutina es torcer el gesto. En el día a día se niega lo mejor de nosotros mismos, la potencialidad más ansiada: lo que podríamos llegar a ser en una factible –y facturable– edénica libertad. Al fin y al cabo, en una cultura que exacerba la individualidad, la estandarización resulta repudiada a nivel estético como un grisáceo código de barrotes que, además, coarta un nuestra más genuina autenticidad. Por algún designio sinuoso, no obstante, pareciera que tratemos a esa rutina como algo por completo ajeno a nuestra propia elección.

Así visto, el viaje será un territorio privilegiado para romper las cadenas de lo cotidiano. Será el territorio donde la espontaneidad sí que es posible, o lo que es lo mismo, donde todo es posible. Sólo el hecho de imaginarlo desde una silla de oficina hace posible el milagro, el pacto ficcional. Es, en definitiva, el –cursilísimo– triunfo del proyecto ilusionante, tan dado a volar en círculos, pero siempre sobre la misma baldosa. 

De hecho, la expresión tiempo libre parece sacudir unos grilletes que no tienen solución. La organización entera de nuestros proyectos vitales gira en torno al trabajo, como una confirmación más del pragmatismo instintivo de la economía liberal. Recordaba MacCanell, un estudioso del turismo de masas, como a partir de los años 50 el trabajo de los otros comenzó a convertirse en un espectáculo, en un nuevo fetiche, de modo que resultaba perfectamente razonable visitar con la cámara al cuello una infraestructura rodeada de operarios como una fábrica de la Ford. Este nuevo hábito turístico no tardó en incorporarse a las aulas con evidente moralina, para regodeo de escolares pletóricos por saltarse un día de clase. Como parte de su educación, resultaba un modo de contemplar trabajo de los otros como parte de una sociedad compacta y satisfecha.   

Eran otros tiempos, por supuesto. Entonces, alcanzar los punteros frutos del Estado del Bienestar suponía un avance pragmático de calidad de vida y –no lo olvidemos– un motivo de orgullo y de estatus social. Tener una lavadora y pasar el verano en Oropesa era el sumun de un modo de vida que aceptaba con perfecta naturalidad la aglomeración de un target turístico de brocha gorda: montaña, playa, museos. El cambio ha sido palmario. Resulta curioso que tardásemos décadas en entrar en el territorio del confort, para ahora querer salir pitando de él –provisionalmente– con el auspicio eufórico de coaches, blogs de autoayuda y eslóganes de anuncios de vaqueros.

Basta con mirar alrededor. El concepto de masa provoca una disuasoria mezcla de repelús y resquemor, quizá porque su público natural –la clase media– se sigue reconociendo en él del modo más burdo: haciendo colas y pagando a plazos. Hemos pasado de la eficacia del turismo de masas (amortización de viajeros por traslado y alojamiento) a un modelo efectista basado en la promesa de experiencias cada vez más genuinas y personales disimuladamente dispuestas al por mayor.

Ya se sabe, donde se alcanza el manierismo, la decadencia asoma. Allá donde se alargue un ripio, un arabesco, ya sea como actitud, deleite o mampostería, sabremos que estamos ante un desgaste moral y estético, ante una paulatina pérdida de significado. Ahora esa decadencia apunta a donde más duele, al más sagrado compromiso contraído con uno mismo, con el propio conocimiento: la experiencia, en adelante reducida a mero asunto de marketing, un gancho más para el sector servicios.

Que el más evidente artificio sea consumido como sinónimo de autenticidad sólo confirma la decadencia de una sociedad cansada de sí misma, de su propio bienestar. Así, que uno presuma de haber pagado por la experiencia de pasar dos noches en cutrísimas chozas de bambú para participar en una cosecha de arroz en Camboya –que normalmente tardaría meses– es algo que provoca una desconcertante alternancia de pasmo, aprensión y pitorreo en la generación de nuestros padres, tal vez traducida en un comentario de Facebook, siguiendo la estela de otros tantos.

Porque con la llegada de las redes sociales la novedad del espectáculo ha llegado, precisamente, por la otra cara del trabajo: es el ocio de los demás el que pasa a ser transformado en fetiche. La competitividad llega a las propias vacaciones. Hay que estar a la altura de la felicidad ajena, como un convenio más contraído con la sociedad. La moral y el gozo, antes arengados como enemigos irreconciliables desde el púlpito, ahora van bien prietos de la mano: resulta inmoral no ser feliz. Como dice el filósofo Pascal Bruckner, la felicidad ha pasado a convertirse en una obligación, como una extensión más del confort capitalista.

Así entendido, el viaje no sólo servirá de escapada, sino de escaparate. Instagram y Facebook expondrán al mundo un catálogo de atardeceres radiantes, exóticos destinos y sonrisas corregidas en la tercera toma, a modo de campaña de marketing de la propia vida. Sin contexto que medie, sin nota a pie de página, la imagen configurará una nueva realidad, la realidad soñada, ahora insertada con un tino escenográfico que, ciertamente, suena a playback repetido. A voz ajena. Siguiendo a Dominguín mientras se abrochaba el cinturón con los ojos en blanco: no basta con vivirlo, también hay que contarlo. También en las redes sociales. Y quien dice Ava Gadner dirá una isla paradisíaca en el sudeste asiático.

Nadie dijo que fuese fácil –ni barato–: queremos hacer cosas diferentes a nuestro propio día a día, pero también distintas al ocio de los demás. La originalidad luce como el más exuberante galón de prestigio. Toda nueva experiencia se traducirá en estatus social, en carne de anecdotario, por lo que cabe medir con la debida atención el coste de oportunidad que supone quedarse tranquilito en el sofá de casa. El viaje será, en definitiva, un espectáculo idóneo para dar testimonio de una nueva realidad, una ficción, ahora confundida con una felicidad abarrotada de gerundios y coordenadas. A cada lado de la pantalla, cada cual asumirá su papel como un reojo que se busca entre bambalinas con el móvil saltón. Así no habrá escapada posible. Será un modo de desconectar con el cable aún tirante. Un irse, pero quedándose. La huida sin portazo, pero por la puerta grande del megapíxel.

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