‘Oblivion’, de Joseph Kosinski: un collage del canon de cine de ciencia-ficción a la medida de Tom Cruise

Por: Javier Redondo Jordán.

La ciencia-ficción está de moda. Desde hace años, Hollywood parece haberse puesto de acuerdo. Cuando se estrenó Oblivion (Joseph Kosinski, 2013), todos los grandes nombres de la industria cinematográfica protagonizarían, con apenas unos meses de diferencia, una superproducción que abundaba en el género. Poco antes habíamos tenido a Tom Hanks y Halle Berry en El atlas de las nubes (de los hermanos Wachowski y Tom Tykwer), a Kirsten Dunst en Un amor entre dos mundos (de Juan Solanas), a Bruce Willis en Looper (de Rian Johnson), a Colin Farrell en el remake de Desafío total (de Len Wiseman), a Charlize Theron en Prometheus (de Ridley Scott), y a Jennifer Lawrence en la trilogía de Los juegos del hambre (de Gary Ross). Y a partir de entonces veríamos a George Clooney y Sandra Bullock en Gravity (de Alfonso Cuarón), a Matt Damon en Elysium (de Neill Blomkamp), a Harrison Ford y Ben Kingsley en El juego de Ender (de Gavin Hood), y a Will Smith e hijo en After Earth (de M. Night Shyamalan). Incluso el cine español parece haberse sumado a tiempo a esta tendencia, con José Coronado y Quim Gutiérrez en Los últimos días (de David y Àlex Pastor), Maribel Verdú en Fin (de Jorge Torregrossa) y Michelle Jenner en Extraterrestre (de Nacho Vigalondo). Sólo Brad Pitt parecía haber perdido el tren de la ciencia-ficción, estancado desde hacía años en su visión del universo zombie por los múltiples retrasos de Guerra Mundial Z, de Marc Forster, que finalmente encontraría su momento en 2013 y notable éxito.

Con una película hecha a su medida, Tom Cruise regresaba a la ciencia-ficción, que tan buenos frutos le había ofrecido en el pasado, en busca de un reconocimiento que en el último lustro le había sido esquivo. En Oblivion, todo orbita en torno a él, rodeado de la gente adecuada. Para empezar, Joseph Kosinski, director del pintoresco largometraje de ciencia-ficción TRON: Legacy y autor de la historia original de la novela gráfica en la que se basa Oblivion. Sobre los cimientos firmes e incondicionales de los lectores de cómics, una adaptación cinematográfica parecía una apuesta segura. Los gastos corrían a cuenta de los productores de El origen del planeta de los simios. Claudio Miranda, reciente ganador del Oscar de dirección de fotografía en La vida de Pi, firma en Oblivion, como anteriormente lo hizo en TRON: Legacy y en la película de Ang Lee, un trabajo sobresaliente. Y acompañando a Tom Cruise, aunque sin la oportunidad de hacerle sombra, un elenco formado por el oscarizado Morgan Freeman, la chica Bond Olga Kurylenko y Nikolaj Coster-Waldau, popular entre los admiradores de la saga fantástica de Juego de tronos por su papel en la serie de televisión. La baza de la subcultura, como puede comprobarse, está bien jugada.

Oblivion tiene una factura visual impecable. Una de las razones que todavía quedan para pagar el elevado precio de una entrada de cine es poder experimentar un deleite semejante. Rodada con una resolución de 4K, la nueva cámara F65 de Sony dota a la filmación de una profundidad y nitidez que merece ser contemplada en una proyección IMAX. La fotografía de Claudio Miranda alcanza proporciones magníficas sobre una pantalla de esas dimensiones. Todo es majestuoso en Oblivion. Apabullante.

El argumento de Oblivion es sencillo: Jack Harper (Tom Cruise) es un técnico de mantenimiento de vehículos aéreos no tripulados que protegen instalaciones de extracción de recursos naturales en la Tierra. En el pasado, una entidad extraterrestre nos invadió, y tal como proclama la voz en off de Cruise al principio, «ganamos la guerra, pero perdimos el planeta». Los supervivientes se vieron obligados a emigrar a Titán, la luna de Saturno. No obstante, la Tierra aún conserva intactas algunas de sus fuentes de energía, que son transportadas hasta los asentamientos humanos allende el espacio. La victoria de la humanidad, sin embargo, no arrasó todo signo de vida en la superficie terrestre. Algunas colonias alienígenas sobreviven bajo tierra y sabotean las instalaciones. O al menos eso es lo que hasta ahora nos han contado, porque Jack Harper, durante unas maniobras, encuentra a una mujer en el interior de una nave alienígena derribada.

Por algún motivo que no queda claro del todo, después de la guerra se borró la memoria a toda la humanidad. Quizá para eliminar el recuerdo del horror. A pesar de que es precisamente esta circunstancia de «olvido universal» la que da título a la película, no se profundiza en sus causas. Su premisa fundamental es dudosa. Apenas se plantea en la introducción y ya nunca se resolverá. Oblivion nace, pues, coja.

A esto siguen otros deslices en el guion. No hay por qué darles mayor importancia, pero poco a poco, a medida que avanza la trama, comprobamos la profusión de homenajes que Oblivion rinde a casi todas sus antecesoras en el género de la ciencia-ficción. Voluntarias o no, las referencias a Wall-E (de Andrew Stanton), El último hombre… vivo (de Boris Sagal), Moon (de Duncan Jones), Blade Runner (de Ridley Scott), El planeta de los simios (de Franklin J. Schaffner), la trilogía de Matrix (de los hermanos Wachowski), Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno (de George Miller y George Ogilvie) y La guerra de las galaxias (de George Lucas) acuden a la memoria a lo largo del metraje. No se trata de los típicos prejuicios hacia las superproducciones que pretenden aglutinar en dos horas de cinta todo lo que resultaría atractivo a cada tipo de público. Pero es que ya no se puede ver cine con los ojos vírgenes. Un siglo de historia del séptimo arte pesa en las retinas de cualquier espectador adulto. Nuestra educación sentimental está tramada de celuloide, y quien juega con esos mimbres no está exento de sospecha. Hacer cine después de 2001: Una odisea en el espacio, hacer ciencia-ficción después de Blade Runner. Ésa es la cuestión.

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